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Samanta Schweblin Siete casas vacías  

Samanta Schweblin

Siete casas vacías

Páginas de espuma

9

128 págs.

14 €.

David Aliaga

 

Decir hoy de un libro de relatos que en sus textos es más relevante lo que no está escrito que lo que narran las palabras significa poco más que afirmar que su autor ha leído, tiene un mínimo oficio y vive en el siglo XXI. Tratar de poner en valor la capacidad del escritor para disponer los elementos de su narración de forma que compongan una atmosfera opresiva y citar, qué sé yo, a Poe o cualquier otro maestro de lo ambiental, alude también a una mínima técnica y sensibilidad, exigible a cualquiera que se desempeñe en el oficio literario. Si además, se trata de un escritor sudamericano, uno puede traer a colación a Rulfo o Cortázar para compararlos con el reseñado en una hipérbole felatoria en la que incurrimos demasiado a menudo. Sin embargo, y pese a lo odioso de las comparaciones, quien ha escrito Siete casas vacías” no puede estar tan lejos de Rulfo o Cortázar como para que no se justifique escribir sus apellidos en la misma reseña y, desde luego, para hablar de los cuentos de Samanta Schweblin los halagos habituales se vuelven insuficientes.

 

Personarme en este artículo y dirigirme a ustedes aquí y ahora para decirles que Siete casas vacías” es uno de los mejores libros que van a leer este año, probablemente sea demasiado directo como para que le haga justicia al libro. Pero créanme, si leen a Schweblin los golpeará, se sentirán concernidos y obligados a dedicarle a sus cuentos algunas horas más de las que requiere su simple lectura. Y si no quieren creerme, baste con saber que un jurado del que formaban parte autores como Jon Bilbao, Andrés Neuman o Rodrigo Fresán le concedieron el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera de Duero.

 

El acta del certamen destaca la capacidad de Schweblin para “indagar en la normalidad rara o la rareza normal” y se refieren al contenido de sus cuentos como “costumbrismo perverso”. Perverso, morboso, desquiciado, pero oscuro en cualquier caso. Por la espalda de la cotidianidad realista con la que abren sus cuentos –una madre y una hija que conducen de regreso a casa un día de lluvia, una hermana pequeña que se intoxica bebiendo lejía en el cumpleaños de la mayor– repta una sombra escrita con maestría.

 

Los cuentos de la autora argentina nos presentan una normalidad que se resquebraja en grietas de incomodidad a las que habitualmente preferimos no atender. Actuamos como el hombre que recoge del jardín de su vecina la ropa del hijo difunto que su esposa arroja periódicamente por la ventana en “Para siempre en esta casa” o como la hija sobrelleva y trata de tapar la locura de la madre en “Nada de todo esto”. Schweblin nos desenmascara, conduciéndonos por el pensamiento de sus personajes, que caminan relativizando la locura y la normalidad para, de pronto, colocarnos en sus zapatos durante el instante de revelación en el que la extrañeza se revela y desata un huracán sobre la zona de confort en la que habitamos, celosos de que nada ni nadie cambie de lugar el florero.

 

Samanta Schweblin

 

En otros cuentos, como “Mis padres y mis hijos” o “Un hombre sin suerte”, la escritora nos interpela para que nos preguntemos si lo que se considera una locura es realmente tal cosa o, como enunciaba Narcís Oller en el título de uno de sus cuentos, pregunta, “On són els boigs?”. ¿Los locos son los que están en el manicomio o los que se han conjurado para mantenerlos encerrados?

 

En “Un hombre sin suerte”, el texto con el que Schweblin ganó el premio Juan Rulfo, la atmósfera, el tono y el poso que los telediarios y los periódicos han dejado en nuestra conciencia pensamos en todo momento que estamos asistiendo a un perverso episodio en el que un lascivo pederasta acompaña a una cría de ocho años a comprar unas bragas, haciéndose pasar por su padre, con abyectas intenciones. Mientras el texto sucede, no hay margen de duda, la narración de Schweblin está afectada por una sombra terrible y esperamos el fatal desenlace, las fauces del vomitivo pedófilo sobre el cuerpo inocente de la pequeña. Y así lo interpreta la policía, que lo detiene nada más verlo, y los padres de la cría, que intentan agredirle porque si su hija, a la que quitaron la ropa interior para usarla como bandera blanca y que los dejasen avanzar por la carretera para llegar antes al hospital, ha desaparecido con un hombre adulto durante unos minutos y regresan juntos al hospital con ropa interior nueva, están seguros de que el tipo es un pederasta. Porque no nos cabe en la cabeza que pueda haber un ciudadano amable que si se encuentra a una niña sola y sin bragas la acompañe a una tienda para comprarle unas y que no vaya más sin ropa interior. O ni siquiera, un loco inofensivo. En “Mis padres y mis hijos” la ex mujer del protagonista monta en cólera y se desespera también por la desaparición de su pequeño, que en este caso debe de correr por ahí con sus abuelos, dos ancianos a los que califica como locos  porque tienen el hábito de pasearse desnudos. Mientras tanto, el hijo de los ancianos y padre del pequeño asiste a la furia de su ex sin terminar de comprender qué tiene de malo que sus padres anden desnudos con su nieto.

 

Ni en un caso ni en otro he encontrado una respuesta a los planteamientos de Schweblin en sus relatos. Mientras escribo, sigo dándole vueltas y pienso en releerlos, porque creo que “Un hombre sin suerte” no puede tratar sólo de la desconfianza patológica de nuestra sociedad, ni he terminado de resolver –o sí, pero prefiero pensar que no– si yo sería capaz de pensar en la posible amabilidad de un tipo que desaparece con mi hija para comprarle unas bragas nuevas porque yo la he abandonado en una sala de espera sin ropa interior. Me pregunto sobre si no pensaría yo también que mis padres están locos si cuando llegase a visitarlos me los encontrase desnudos en el jardín o si no intentaría mirar para otra parte si el dolor de mi mujer por la pérdida de un hijo se convirtiese en locura.

 

“Siete casas vacías” es un volumen dolorosamente concerniente y perversamente escrito que nadie debería dejar de leer. Y aún más, nadie debería limitarse únicamente a leerlo.

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David Aliaga

David Aliaga es escritor y periodista especializado en literatura contemporánea. Ha publicado la novela breve Hielo (Paralelo Sur, 2014) y el libro de relatos "Inercia gris" (Base, 2013), algunos de cuyos cuentos han sido incluidos en las antologías "Cuentos engranados" (TransBooks, 2013) y "Madrid, Nebraska" (Bartleby, 2014). En su faceta académica destaca el ensayo "Los fantasmas de Dickens" (Base, 2012), un estudio sobre lo sobrenatural en la obra del inglés. Ha traducido al catalán a Dickens y Wilde. Es colaborador habitual de Quimera, Qué leer y Blisstopic.

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