Menu
B-2BYViW8AAou-A  

Elegías Doppler

Ben Lerner

Kriller 71

8,4

149 págs.

12 €.

Santiago García Tirado

Foto Matt Lerner

 

Con dos libros recién editados en español Ben Lerner toma posiciones en dos ámbitos tan diversos de nuestras librerías como el de narrativa y el de poesía. Aunque conviene señalar que Lerner practica también la crítica, y que ejerce además de teórico de la literatura, lo que unido a su faceta creativa citada podría parecer excesivo. Y es que Lerner es excesivo. Cualquiera que leyera en su día “Saliendo de la estación de Atocha” (Mondadori, 2013), lo habrá constatado sobradamente, aunque siempre podrá vivir la misma experiencia si opta por acercarse al nuevo poemario-antología “Elegías Doppler” con lo mejor de su obra hasta la fecha. El volumen se presenta con estudio preliminar (imprescindible) de Ezequiel Zaidenwerg y edita Kriller 71, as usual.

 

Puede que al lector español le desconcierte al principio la escasa veta lírica que atraviesa la poesía de Lerner, mientras se lanza a una serie de textos de vocación conceptualista ―que pueden echar para atrás a los incautos― y que combina con el ejercicio de la filosofía en sentido amplio. Observen: la antología se abre con el primero de sus poemarios, “The Lichtenberg figures” (alumbrado en 2004 por un Lerner chinorri de sólo 25) donde se encomienda al auspicio del (brillante y rompedor) aforista alemán. Lichtenberg, oigan, y a tan corta distancia de kindergarten. Desde ese primer tanteo, la antología que acaba de dedicarle Kriller 71 recorre toda la producción del de Topeka hasta llegar a sus más recientes apuestas, una serie de inéditos que permiten constatar cómo ha sometido su técnica a un continuo pulso por consolidar idearios y ceremonias. Son precisamente esos últimos poemas los que constatan su evolución hasta abrir, ahora sí, su escritura a un lirismo más reconocible.

 

lerner

 

Lerner se autoafirma muy al principio como inadaptado, por tanto, necesariamente poeta. La metáfora sigue el procedimiento de Baudelaire al hablar del albatros ninguneado entre la brutalidad del puerto y busca una imagen actual, la del “Astronauta” que “al volver casi siempre cae en una depresión” por verse arrancado del medio para el que ha nacido. Esa incapacidad para aclimatarse a los requerimientos políticos de una humanidad embrutecida, colocan al poeta en la tesitura de replicar, o disolverse en la nada. Lo que asume el poeta Lerner será ―o no estaríamos hablando de él― su condición de creador, lo que le llevará a recorrer una amplia cartografía temática. El propio arte, para empezar. De acuerdo, el arte actual se define transgresor, provocador, desestabilizador, pero sólo en la medida que el sistema dominante le exige serlo y frente a la que―oh, paradojas― se le niega la posibilidad de réplica: “Lo que queda, tal vez, de innovación/ sea un conservadurismo en paz con la contradicción,/ mientras el cielo transgrede su marco/ pero obedece al museo”. Si “Saliendo de la estación de Atocha” comenzaba precisamente en ese edificio diseñado en el Absolutismo para albergar y exigir veneración por lo indiscutible, era porque allí el autor se veía impelido a poner en tela de juicio la llamada “experiencia profunda del arte”, lo mismo que plantea en su poesía cuando vuelve una vez y otra a problematizar el arte tal como se ha enseñado en los últimos tres siglos. ¿Es  libre al gobernarse en cada época, qué aporta en el actual estadio evolutivo del sapiens, incorpora en algún modo una dimensión política? Con semejante planteamiento no puede parecernos violento que otro de los territorios explorados por el poemario sea la política, lo que a menudo se traduce en una crítica social a lo americano, a su patriotismo burdo (“Cómo nos mira el tío de la patria desde el póster”), o a la violencia institucional que ha mutado como uno de los genes distintivos en el americano medio (“El cielo se vuelve/ verde visión nocturna. El color del asesinato”). También la política es clave en sus obras narrativas: si en la citada “Saliendo de la estación de Atocha” había un bloque dedicado a las movilizaciones por el 11-M en Madrid, en la reciente “10:04” (Reservoir books, 2015) aparecen las correspondientes al Occupy Wall Street.

 

Su recorrido de vocación filosófica ―tal vez el componente temático que más puede ejercer de barrera ante un lector necesitado de satisfacciones inmediatas― culmina en un poema clave para el libro y para toda su producción, “Elegía didáctica”. Utiliza allí un modo de razonamiento de efecto potente siguiendo la lógica del non sequitur, algo en lo que toma como modelo confeso al irrenunciable John Ashbery, y en lontananza al Wittgenstein ―también joven y revoltoso― del “Tractatus”. La seducción del poema es de raíz intelectual, pero emocionalmente acaba siendo devastador. Se trata de un poema cumbre, desde luego, soberbio, que recomiendo leer varias veces. Y disfrutar, si es que la acepción admite semejante práctica. Sigue en su vocación filosófica, y como Ashbery ―por cierto, el título de su primera novela no es sino un verso del poeta neoyorkino― se plantea si es posible otro modo artístico que no sea la mímesis, una versión formal distinta de la consagrada por la historia del arte; se pregunta también a la manera de Schlegel si es posible una poética que incluya narración y poesía, si hay forma de captar la transcendencia que el exceso de realidad acaba opacando; qué concepto de identidad define Novalis cuando afirma que “El sentido que se ve a sí mismo deviene espíritu”. Se trata ―y bastan estos ejemplos para constatarlo― de una propuesta poética original y no fácilmente digerible que indaga por igual en cuestiones de fondo y en cuestiones de forma, batallando con todo, envidando a la poesía a  una polémica en la que uno de los dos deberá doblegarse, y desde luego no parece Lerner dispuesto a que la lucha dure unos pocos asaltos.

 

Es imprescindible para entender a Lerner conocer también su narrativa, si es que se quiere cerrar el círculo ―hasta donde eso sea admisible en un poeta joven― de sus propuestas temáticas. Ezequiel Zaidenwerg explica en el prefacio que en esta antología Lerner ejecuta un paseo formal en el que transita toda la historia de la poesía occidental, y en ese sentido sus novelas parecen consecuencias paralelas de ese tránsito. Así en la primera, “Al salir de la estación de Atocha”, el polo de atracción confeso era John Ashbery; en la segunda, “10:04” el protagonista ha vuelto la mirada hacia el idealismo colectivista de Whitman. En ambas novelas, al hilo de lo que hace en su poesía, se plantea también el problema de la ficcionalidad, cómo requerimos de una cierta ficción en la comprensión del mundo, cómo nos pertrechamos de relatos, propios o ajenos, y cómo  modifican a la vez nuestra posición frente a la realidad. La lista de temas concomitantes es larga, y hay que recorrerla poema a poema. Es posible incluso que, por separado, cada una de sus obras resulte insuficiente ―es lo que parecen delatar algunas críticas, apresuradas en mi opinión― pero no cabe duda de que en conjunto forman un proyecto poético de envergadura que es recomendable deconstruir. La crítica americana se aprestó a encumbrarlo tras su primer libro, y acaso le suministrara así un tóxico inmerecido a esa edad temprana, pero ese jaleo desde los palcos no vuelve inválida la propuesta del poeta Lerner. Es ambiciosa intelectualmente, aunque desde luego no apta para la lírica urgente de muros y tuits. 

Comentarios
Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.