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Danilo Kiš

Salmo 44

Acantilado

9,5

128 págs.

15 €.

David Aliaga

 

No he leído "Salmo 44". He asistido a su historia como un pedazo de carne aún sangrienta colgada de un gancho en el almacén del matarife. Me he desangrado con Marija y he sentido mi vida apagarse, secarse la piel, como la de la joven y frágil Polja cuyo cadáver quedará atrás, tendido en el camastro infecto de un konzentrationslager con los dedos fríos y finos rozando el fin de la pesadilla. "Salmo 44" de Danilo Kiš es una de las más desgarradoras y bellas obras de ficción sobre la Shoá.

 

El autor serbio logra situarnos en el epicentro del horror narrándonos sus últimos estertores. Escoge ubicar la acción en los días en los que en los campos de concentración corre el rumor de la liberación cercana, de la derrota de los alemanes, de la posibilidad de fuga, cuando revive la esperanza y, como señala la protagonista, cuando es más duro morir. Los prisioneros judíos de Kiš son carne muerta, asesinada por la crueldad y la locura nacionalsocialista, que está volviendo a la vida gracias al ruido lejano de los tanques rusos avanzando por Polonia y Alemania.

 

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Marija, la protagonista, espera a que se produzca una evasión que le permita no tener que esperar a la entrada de los soviéticos en Birkenau. Maks es el nombre de una figura nunca vista, siempre descrita como capaz y hábil, un conseguidor que ha de hacer posible que ella y Zana escapen. Y Jakob es el horizonte, el médico judío que colabora forzosamente con los nazis pero que la salvó a ella y la dejó embarazada, el que es ahora un holográfico padre de su hijo. Kiš prende la mecha de la esperanza, dando lugar a una luz, que ilumina todo lo terrible que la rodea.

 

Porque resulta fácil –por más que terrible– pensar que el prisionero fuese capaz de continuar caminando por pura inercia, aguardar con resignación su destino, convencido de que no podía ser otro que, mañana, pasado, quizá el próximo mes –tal vez, mejor cuanto antes–, ser asesinado en la cámara de gas o con un tiro descerrajado en la sien, víctima de la grotesca investigación médica o cualquier otra perversión que se le ocurriese a un oficial. No había luz y, por lo tanto, todo quedaba sumido en las tinieblas. Pero si dos dedos sostienen una cerilla, los dedos de Kiš, su poética, la belleza de su escritura, y uno mira alrededor, entonces puede distinguir los millones de cadáveres de inocentes que han sido asesinados.

 

Asesinar. Ese es el verbo. No puede ser otro, ni podemos permitir que sea otro. Porque aunque Kiš titule su obra "Salmo 44" y con él se refiera a la oración en la que el creyente le pregunta a Adonai porqué lo ha abandonado, cabría hacer notar y corregir, la trivializadora tendencia a afirmar que judíos, gitanos o republicanos murieron en los campos de concentración, abandonados por su Dios, cuando en realidad, cada uno de los cadáveres que se incineraron o se pudrieron sobre el barro en Treblinka, Auschwitz…, fueron víctimas de asesinato, no porque Dios los hubiese abandonado sino porque miles de alemanes despreciaron su condición de hombres.

 

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Los nazis, los asesinos, aparecen de forma etérea el texto de Kiš. No encontraremos oficiales de las SS con cicatrices en el rostro o expresión severa, a excepción del cínico Doctor Nietzsche. Los culpables se ciernen sobre la narración a partir de la sombra terrible de sus actos. El serbio describe la barbarie de una forma extraordinariamente hiriente. El retrato del padecimiento de sus personajes, de la muerte, es doloroso. Consigue que la muerte suceda ante nuestra mirada, que no queramos cenar esa noche y nos acostemos no para dormir, sino para dar vueltas en la cama, inquietos, incómodos con una especie capaz de alumbrar tanta crueldad al tiempo que tanta belleza. Esos son los nazis ausentes de Kiš, privados de nombre, incluso de número o de uniforme a rayas, de cabezas rapadas o estrellas amarillas, porque son ellos quienes escogieron dejar de ser humanos y no sus víctimas, que lo fueron más que el resto expuestos a lo inhumano.

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David Aliaga

David Aliaga es escritor y periodista especializado en literatura contemporánea. Ha publicado la novela breve Hielo (Paralelo Sur, 2014) y el libro de relatos "Inercia gris" (Base, 2013), algunos de cuyos cuentos han sido incluidos en las antologías "Cuentos engranados" (TransBooks, 2013) y "Madrid, Nebraska" (Bartleby, 2014). En su faceta académica destaca el ensayo "Los fantasmas de Dickens" (Base, 2012), un estudio sobre lo sobrenatural en la obra del inglés. Ha traducido al catalán a Dickens y Wilde. Es colaborador habitual de Quimera, Qué leer y Blisstopic.