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Así empieza lo malo

Javier Marías

Alfaguara

8

540 págs.

21,50 €.

Marc García

 

Disuasorio para algunos, para otros tentador: lo primero que podría destacarse de “Así empieza lo malo”, la nueva obra de Javier Marías, es que transitar por sus páginas resultará de lo más reconocible para aquellos familiarizados con el novelista madrileño, quien, como los autores que afirma preferir, se mueve siempre dentro de los márgenes identificables de un territorio del que puede reclamar con justicia derecho de conquista.

 

Y es que todo sigue ahí: la prosa cadenciosa y reflexiva, discernidora[1]; la trama orquestada en torno al secreto, el rumor, la potencialidad de la palabra y el relato para modificar nuestras certidumbres y alterar nuestro universo, a la que impulsa la tensión dialéctica entre decir y callar, entre querer saber y decidir hacer oídos sordos; la estructura a caballo entre dos tiempos, en que, al modo en que ocurría en “Todas las almas”, la atemperadora madurez y probablemente tramposa memoria[2] reconstruyen y reconsideran hechos determinantes del pasado, en un juego de miradas y perspectivas; los apuntes históricos y culteranos, desde lo canónico[3] a lo recóndito[4]: incluso siguen ahí los interludios humorísticos, tan frecuentes en Marías como por lo general ignorados cuando se habla de sus obras, a mayor gloria de un profesor Rico de protagonismo creciente.

 

Y, sin embargo, lo que más pesa en “Así empieza lo malo”, lo que conecta a esta obra con las dos precedentes, y a la vez la singulariza, es su incursión en la posguerra como en un terreno lleno de cuentas pendientes, infestado de historias, públicas y privadas pero siempre sórdidas, que aún permanecen en la penumbra (similar a la ya acometida en “Tu rostro mañana”)[5], y, por encima de todo, el ahondamiento en la tendencia hacia una narrativa más compacta iniciada ya en “Los enamoramientos”. Lejos la estructura zigzagueante, vagamente episódica, de “Todas las almas”, los saltos espaciales y distintos bloques temáticos de “Corazón tan blanco”, los prolongados interludios satíricos-carnavalescos de “Mañana en la batalla piensa en mí” o los osados experimentos con el tiempo de “Tu rostro mañana”, que permitían que un volumen de más de cuatrocientas páginas se desenvolviera, girando en espirales imaginativas alucinadas, a partir de un único episodio en torno a una espada y un lavabo público… “Así empieza lo malo” es tal vez la novela más sintética y directa de Marías, la más lineal, lo que probablemente aliviará (con moderación, admitamos) a sus detractores, pero también puede decepcionar a los más afectos a sus excursos reflexivos, aquí atemperados, expurgados en buena medida (y que, sin ir más lejos, protagonizaban algunos de los mejores momentos de su anterior y por algunos injustamente menospreciada novela, “Los enamoramientos”, en páginas como las dedicadas a “El coronel Chabert” de Balzac).

 

El énfasis en lo narrativo de esta nueva entrega mariana contribuye a aclarar algunos equívocos en torno a la naturaleza de sus obras, a potenciar ciertas cualidades (quizá las más epidérmicas) de su narrativa y colocarle frente al riesgo, no del todo eludido, de incurrir en defectos y tropiezos. Tenidas por lo general por (poco más que) festines del estilo, ocasionalmente asimiladas de inmediato por unos cuantos lectores impacientes a la “alta literatura”, donde “alta” es un eufemismo entre acomplejado y despectivo tras el que hay que leer algo parecido a “plúmbea, solemne, barroca, rollera, aburridora”, lo cierto es que las novelas de Marías no solo exhiben un poderío inusitado y ya casi extemporáneo para la creación de personajes: también brillan en el diseño milimetrado y repleto de giros de tramas que suelen culminar en una o más revelaciones impactantes, de dispositivos que implican investigaciones y misterio, en los que hay seguimientos y escenas entrevistas y conversaciones oídas a hurtadillas (“eavesdropped”, según el narrador de “Todas las almas”). Hay que decirlo: la novelística de Marías (por otra parte presidida por una total inteligibilidad solo inasumible para aquellos que rehúyan las volutas de su estilo) se nutre de materiales más populares de lo aparente, emplea recursos casi de género, y consigue verdaderos page-turners, cuya capacidad vendedora no debería sorprender a nadie. En la voluntad de intensificar esta naturaleza magnética, Marías redondea ahora una novela notable, que se lee con una avidez ocasionalmente disgustada por la tendencia al giro fácil o teatral en exceso.

 

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Nos cuenta “Así empieza lo malo” un Juan de Vere ya adulto, que recuerda los tiempos en que (como hacía Juan Benet, mencionado en la novela, con su autor) le llamaban “joven”: tiempos en que servía de asistente para el veterano director Eduardo Muriel, que le encarga que se acerque a uno de sus amigos íntimos, el doctor Jorge Van Vechten, para tratar de confirmar o desmentir unos ominosos rumores en torno a su persona cuya naturaleza Muriel no especifica. A esta incógnita le acompaña otra: la que planea sobre el irremediable enfriamiento de las relaciones entre un implacable, rencoroso Muriel y su suplicante y desesperada esposa, infatigablemente empeñada en recuperarlo, y cuyo desencuentro descansa sobre un agravio hundido en el pasado[6]. Y todos los misterios de la novela gravitan en torno a la cita completa de Shakespeare que le da título, “Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”[7], símbolo del sacrificio indeseado que asumen algunos de sus personajes para evitar males mayores: hacer lo que a uno repugna y horroriza, asumir compromisos de los que querríamos huir, permanecer voluntariamente de espaldas a la verdad y hacerle oídos sordos o claudicar en la persecución de la justicia, ya concierna ésta a lo íntimo o a lo público. He aquí una matemática del daño que se extiende por el libro entero, revelando la lograda trabazón entre los diferentes planos de un texto que, en su epílogo, revela una cierta simetría entre el periplo biográfico de Muriel y el de un De Vere ya envejecido que apuntala la solidez geométrica, la exactitud compositiva de la novela.

 

En la obra sensorial que es “Así empieza lo malo”, no solo la escucha y la palabra, lo oído y lo contado y lo que no se quiere oír ni está permitido que se cuente, tienen peso: también lo adquiere la visión. Y es que algunas de sus escenas más memorables son las que conciernen a lo que un De Vere emboscado y clandestino atisba y logra entrever: reveladoras conversaciones nocturnas en que la intimidad del hogar se puebla de despreciativos reproches y lastimeras demandas; reiterados encuentros clandestinos de una lujuria seca y maquinal, desapasionada. Pero esa especie de cualidad visual de la novela no solo atañe a su ambientación cinematográfica (con cameos de Jess Franco, Herbert Lom, Jack Palance); también lastra algunas de sus escenas, casi como entresacadas de una película no demasiado lejana a los productos de serie B que rueda Eduardo Muriel, o incluso a algún melodrama excesivo o serial televisivo desaforado: una carrera (faldones de la chaqueta al aire) para evitar una muerte; un rostro que se asoma al cristal para escuchar la conversación que le atañe en el momento exacto, a cuyo final irrumpe, dramáticamente; una concatenación de desvelamientos de pertinencia desigual. Es un peligro, el de la vehemencia desproporcionada, el del desequilibrio de la estructura dramática por exceso de golpes de efecto, que suele sobrevolar las tramas intrincadas y sinuosas de Marías; pese a que no logra aquí sortearlo por completo, el desajuste magulla pero no alcanza a malmeter una novela seductora, magnética, adictiva y llena de hallazgos y vislumbres, de inquietud e intriga. Una novela, otra más, con el sello intransferible de Javier Marías;si es eso una bendición o una condena, aquí, sin duda, nos inclinamos por lo primero.



[1] En el apartado de consideraciones tan populares como desconcertantes acerca de Marías está la que atiende a la supuesta inexactitud de su estilo, algo que choca aún más por cuanto una de sus características es la voluntad de distinguir y afinar, desplegándose en secuencias coordinadas o disyuntivas, en muchas ocasiones ternarias, con una doble vocación de precisión y de apertura del horizonte de posibilidades. Los reparos gramaticales o léxicos, tan célebres ya cuando de Marías se trata, de críticos como Manuel García Viñó resultan atendibles pero al cabo fútiles, propios de quien mide la literatura con pie de rey. Muestras de una personalidad tan impetuosa como irreprimible, ni los anacolutos de Juan Benet (siempre tenido, pese a la distancia en verdad notable entre su propuesta y la de Marías, por el principal modelo de inspiración de este), ni la puntuación errática de Francisco Ferrer Lerín ni las libertades que se toma o los catalanismos en que incurre Gonzalo Torné (autor, por otra parte, de uno de los artículos que mejor diseccionan la textura estilística de Marías y con mayor tino contribuyen a explicar su conflictiva recepción, siempre entre la reverencia incondicional y el desprecio furibundo: “Javier Marías explicado a los jóvenes) serían homologables según este modelo: el poderío formal y alta gradación literaria de la obra de cualquiera de los tres (y de la de Marías con ellos), muy por encima de las de sus coetáneos más correctos y disciplinados, reclaman otra lente con la que mirarlas.

[2] He ahí las dudas y fluctuaciones de un narrador acaso no siempre al cien por cien fiable, que emborronan sugestivamente la superficie de lo contado.

[3] Con referencias pictóricas, y con Shakespeare proporcionando de nuevo el título a la novela y dando pie a un breve excurso sobre el escritor Edward de Vere, que sirve como correlato de la historia principal y cuya presencia no queda tan lejos de las apariciones de John Gawsworth en “Todas las almas y “Negra espalda del tiempo.

[4] La historia real de prostitución y espionaje del productor Harry Towers y su pareja, Mariella Novotny.

[5] Precedida por polémicas declaraciones de Javier Marías sobre la imposibilidad de ajustar cuentas ante los tribunales con la mitad de un país tras una guerra, en “Así empieza lo malo es difícil entresacar lecciones de moral. Las breves consideraciones del narrador al respecto sirven para trazar el decorado sobre el que se recorta la acción, que resulta imprescindible para la misma, y su matizada, tranquila pero resignada aceptación del mal supuestamente menor (y aquí puede uno disentir, y disiente, todo lo que sea necesario) que supone la amnistía frente a la posibilidad de una democracia saneada y funcional ocupa apenas unas páginas, tras las que regresa para amplificarse en boca de un personaje, cuando menos, cuestionable, cuyas consideraciones tienen un doble alcance individual y colectivo, en ambos casos egoísta. Al atribuir estas opiniones a alguien incómodo, pero complejo y no frontalmente villanesco, Marías, de acuerdo con su voluntad antidoctrinaria, elude la posibilidad de juzgar precipitadamente, complicándonos el acceso a la opinión. Sea como sea, su campo de batalla es el del relato y no el del juzgado: y es por eso que, en consonancia con su poética, reivindica el texto la necesidad de revelar, de difundir, de airear y dar cuenta para que todo se sepa y no se olvide nada.

[6] Una vez más, como en “Corazón tan blanco”, “Mañana en la batalla piensa en mí o “Los enamoramientos”, el matrimonio, la construcción y crisis de su sentido, está en el centro de la mirada escrutadora e inclemente de Marías.

[7] Que no es el único ritornello de una novela consecuente, como tantas otras del autor, con la concepción musical que de la escritura siempre tiene Marías, y que empieza por un estilo frecuentemente articulado y propulsado a base de reiteraciones y recurrencias: la frase “No, nada de besos; no, nada de palabras” empieza encarnando las consecuencias del resentimiento para terminar como símbolo de las fronteras que los secretos delinean entre los amantes, mientras que una “luna centinela y fría” actúa a modo de ojo omnisciente e impávido, testigo silencioso de lo que los personajes ocultan.

Comentarios
Marc García

Marc García (Barcelona, 1986). Licenciado en Humanidades (UPF) y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (UB). Ha colaborado en medios como Quimera, Qué Leer, numerocero, Revista de Letras, Hermano Cerdo, The Barcelona Review Panfleto Calidoscopio. Trabaja como editor de mesa, y es también corrector, redactor, traductor y lector editorial.

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