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Fundido en negro

Varias Autoras

Alrevés

7,4

218 págs.

16 €.

Texto y fotomontajes de Santiago García Tirado

 

Dos ha sido los criterios marcados por la editorial Alrevés al pergeñar esta antología de relato negro: debían ser de autoría femenina, y constituir un epítome de lo que el género ha dado en años recientes. La encargada de la selección, Inmaculada Pertusa Seva, cumple con ambos y da a la imprenta esta selección de nueve textos en torno al crimen escritos y protagonizados únicamente por mujeres. Para quien quiera investigar en la historia del género, la antología se presenta como un estudio concienzudo que le va a resultar útil. Si lo que buscan son resultados puramente literarios, el resultado es más bien diverso.

 

La antóloga abre el libro con una introducción de su cosecha, un texto riguroso que funciona a la vez como introducción a los nueve relatos y como ensayo breve en torno a la aportación femenina al género. Desglosa nombres, jalona el eje temporal con las distintas obras de cada una y, por si no fuese suficiente, añade una introducción a cada uno de los cuentos con sendas fichas de autora y protagonistas. Para subrayar el carácter historicista de la selección, los dos primeros textos son obras ya publicadas de las dos decanas del género (hablamos sólo de autoras): Maria Antònia Oliver y Alicia Giménez-Bartlett. Ambas presentan relatos de sus heroínas habituales ―Lònia Guiu y Petra Delicado― y ambas desarrollan tramas de corte convencional, con asesinatos, pesquisas, pistas desorientadoras, más la preceptiva resolución inesperada. El defecto las une también: ambas desconocen la esencia del género, porque a ningún habitual se le esconde que un relato no es una historia sincopada, un relato no exige un desarrollo, no es una novela en condensación. Lo dice Cortázar: el relato es a la novela lo que la fotografía es al cine, algo que se fundamenta en procedimientos similares, pero con resultado bien distinto. Un relato es un texto preñado de narrativa, pero cuando cristaliza no es novela, es otra cosa.

 

El humor es la aportación estrella en varias de las piezas, pero cobra dimensiones sobresalientes en el relato de Clara A. García, “Un perro llamado Úrsula”. Este sirve, además, como capítulo cero de su serie sobre Cate Maynes, de la que publicó un primer caso en 2012 y de la que pronto desvelará una segunda entrega. En “Un perro llamado Úrsula” todo es disparatado: el desaparecido es un perro de nombre queer, quien contrata a Cate es el chaval más feo que pueda imaginarse y los criminales son seres abstrusos que al final serán reducidos por Cate como en una venganza lésbica contra el género masculino (por sinécdoque). A Cate le sobra tiempo para reírse incluso de sí misma, lo que acaba de darle a la cosa un gancho inesperado, efectivo. Otra de las que opta por el humor como alternativa al relato de corte testimonialista es Susana Hernández, en “La ternura del jugador de rugby”. La propia autora irrumpe en la comisaría donde trabaja Rebeca Santana, su investigadora, y será objeto de pullas que soportará con estoicismo con tal de culminar la crónica debida a sus lectores. La veterana Isabel Franc es, a todas luces, el modelo del que parten las dos anteriores, y una de las pocas del volumen que ha entendido la peculiaridad del relato como género. En “Sin tratamiento de cortesía” sorprende al no plantear un asesinato, sí una incógnita que desentrañar, y la resolución a la que llega Emma García acaba siendo la más inesperada, por humorística. La propia detective acaba poniéndose de parte de aquellas a quienes investiga, algo que ―como en el caso de Cate Maynes― tiene visos justicieros.

 

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Muy dispar resulta, por otro lado, la cuestión de la relevancia temática de cada texto. Desde Cristina Fallarás, que entra sin concesiones en el asunto de los abusos a menores, hasta Carolina Solé, cuyo relato trata el esmirriado asunto de un robo de tablones en una aldea de la Cerdanya, los textos de esta antología revelan una desorientación notable. El timbre de voz narrativa me parece infinitamente menos importante que el olfato necesario para escoger el tema que ha de ser convertido en literatura, y en ese aspecto “Fundido en negro” hace evidente la necesidad de reorientar el ejercicio narrativo por parte de varias autoras: ¿Es inteligente recrearse en las variaciones constructivas a que da juego la nimiedad? ¿Escribimos para amontonar volúmenes sobre el acervo de lo ya escrito, o escribimos como un acto de indagación y duda, de apertura de posibilidades, de interpretación de un mundo?

 

En el texto de Fallarás, titulado “Yo pago, tú lo otro”, nos encontramos con la apuesta más arriesgada del libro en este aspecto. De un lado está su temática que, como ya hemos avanzado, se adentra sin pudor en un asunto sórdido de la clase acomodada biempensante; del otro está su estilo peculiar, donde da la máxima importancia a los diálogos sincopados, que fluyen como bofetones o pellizcos entre personajes, todos rápidos de reflejos y siempre a un tris de escaparse del propio lector. La resolución del caso que se le presenta a Victoria González, que opta por la vía extrajudicial, incruenta además, es la respuesta inteligentísima a una práctica judicial que a diario se inclina del lado del delincuente, de manera más escandalosa si éste es de clase buena. Relato negro S. XXI y en coherencia con su hora. Sírvanse ponerle a esta tendencia etiquetas molonas. Berna González Harbour es otra de las que mantiene bien orientado el navegador del género. En “Órdenes a la carta”, el asesinato de una prostituta en una piscina solitaria sacará a la luz una trama de corrupción política, muy en la línea de lo que depara nuestra prensa diaria (ay, la que va quedando). Máxima relevancia temática y un logrado tempo narrativo. Contra estos dos relatos, el final del libro entrega su antítesis en “El ladrón de vigas”, de Carolina Solé, un texto erróneo que se construye sobre un hecho nimio, se desarrolla sin riesgo y acaba declarando culpable del terrible crimen de latrocinio nada menos que al latino de turno, un tipo apocado que soporta la carga de tener que mantener a su señora, también latina y asidua de las peluquerías del valle. Si en ese relato se encuentran con un tema de relevancia cero, añádanle además el marco incomparable de una Cerdanya salpicada de poblados bulliciosos y extraigan conclusiones de la pasión que el tema puede despertar en los adictos al negro. Ni comentamos ese giro fascistoide por el que se declara enemigo de la paz cerdanyenca a un latino, en consonancia con ese tópico según el cual el mal en Cataluña siempre es una afección que viene de fuera.

 

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Un vistazo a los escenarios permite descubrir otro de los aspectos interesantes en una antología como la presente. La abrumadora mayoría de los textos encuentran en Barcelona el marco adecuado al negrocriminal, sólo uno se ambienta en Madrid (una relación de 5 a 1, que mejor no explotamos), otro más en la Cerdanya y otro lo hace en Océano, la ciudad ficticia donde, hasta la fecha, ejerce la pizpireta Cate Maynes. Sólo Rosa Ribas se atreve a ubicar su relato en el extranjero (Alemania), lo que la surte de materia adecuada para la trama de corte más exótico: mientras un grupo de chinos almuerza en una calle tranquila en Fráncfort, una mujer negra cae sobre la mesa, como llovida del cielo. “Angelitos negros” permite a la comisaria Cornelia Weber-Tejedor, la única internacional del elenco, investigar una trama compleja con rasgos de postmodernidad, elemento taumatúrgico incluido.

 

En resumen, la lectura de “Fundido en negro” conduce a diversas reflexiones, algunas de las cuales ya hemos ido apuntando. La primera tiene que ver con el hecho artístico en sí, y cuestiona la motivación última del escritor: una autora, un autor, tiene que contestarse siempre a la pregunta de si tiene sentido repetir esquemas que ya otros han practicado hasta el hastío. La segunda reflexión es efecto colateral de la anterior, y atañe a la temática en la que se sustenta un texto. Salvo que esté en juego exclusivamente el lado entertainment de una obra, no se comprende esa tendencia, al parecer general, a construir relatos sobre la abstracción del crimen, sin conexión alguna con necesidades o intereses de un momento histórico concreto (excepciones hay, las hemos alabado). Por último, y dado que esta antología se restringe a mujeres, convendría al menos replantearse la oportunidad de ese tono militante-catequizante en defensa del ideario LGTBQ-etc. que rezuman algunos relatos, toda vez que el S. XXI ha superado esa obsesión de quienes creyeron que la literatura podría ser arma, herramienta, medio y/o materialización de una forma cualquiera de utilitarismo. El arte se debe al arte, y para otros menesteres existen el periodismo, la movilización ciudadana, la agitación intelectual. Lo subversivo del arte ha sido, a lo largo del siglo pasado, su cualidad de innecesario: ni la escuela, ni la religión, ni el Estado han tenido formas de someterlo, y es bueno que el género negro siga ejercitando perpetuamente ese carácter tan suyo, tan subversivo.

 

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Comentarios
Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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