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El atlas de ceniza

Blake Butler

Alpha Decay

5,1

192 págs.

18,90 €.

Brais Suárez

 

“El atlas de ceniza” (2010), la segunda novela de Blake Butler, demuestra hasta qué punto el mal de muchos es el consuelo de tontos. Butler, insomne consagrado, reincide en los temas de su primera obra, “Ever” (2009), para intentar mantener a su público en el horror de la vigilia a través de historias macabras, personajes desgarradores e imágenes grotescas, mutiladoras, oscuras como el sueño que él no es capaz de concebir. Si bien hay que entenderla como un paso previo a novelas más definidas como “Sky Saw” (2012), “El atlas de ceniza” sí deja intuir las pesadillas de un desvelo inabarcable que más tarde retratará en sus memorias “Nada” (2011), pero, sobre todo, las firmes convicciones formales y lingüísticas que recorren toda su obra.

 

Con la confianza de quien sabe qué quiere hacer, Butler va en este trabajo un paso más allá de todos los géneros que no se corta en explorar para segregar una mezcla de los dos con los que más se prodiga, la novela y el relato, y construir una “novela en historias”, una especie de pesadilla en sí misma que traza, a través de un conjunto de relatos inconexos, lo que se puede divisar como la frontera entre el sueño y la realidad, entre lo abominable y lo terrorífico, o entre la cordura y el desquicio. Como concepto, como experimento literario, resulta una obra inquietante e incluso innovadora, pero ¿qué hay de la ejecución y del resultado?

 

Juzgarlo se plantea como formar parte del jurado de un desfile de modelos aliens. Quizá sea cuestión de acostumbrarse a su belleza para apreciarla, pero, en un primer instante, ninguno gana.

 

Él mismo pone el punto de partida al definir su estilo como “preapocalíptico”, lo cual no podría ser más acertado desde el momento en que, mientras el apocalipsis ofrece una devastación absoluta que nadie puede sufrir (ni disfrutar), lo previo a este estado llega cuando hay alguien susceptible de sentir la ceniza del aire, las inundaciones, las patadas de sus hijos o las quemaduras de las paredes. Ahí llega Butler. No se trata de incendiar; se trata de que alguien se queme. Y, desde este punto de vista, la dirección de la obra, relato por relato y escena por escena, se antoja algo así como la esencia de la serie que Mark Rothko preparó para el restaurante Four Seasons de Nueva York, con la idea de crear “algo que destroce el apetito de cada hijo de puta que algún día coma en este salón”. Igual que Rothko, Butler parece dispuesto a abrir un abismo en el que el lector pueda percibir un cinco por ciento de esperanza en medio de otro 95 por ciento de hijoputismo, perversión y ruina; un ínfimo cinco por ciento que es insuficiente para poder agarrarse a él, pero lo bastante como para hundirse con la frustración de no ser capaz de asirlo mientras brilla en la superficie.

 

También, igual que en la pintura, el gran logro de la prosa de Butler reside en la evocación, en su habilidad para dar una impresión a través de las tonalidades, líneas y brillos que configuran una novela en historias pero también unas historias en escenas. El poder sugestivo, aún cayendo con frecuencia en lo pobre de la evidencia, lleva al lector a través de las palabras hacia el insomnio. Se trata de un significado connotativo cuyo ejemplo más palpable es el título, en el que “ceniza” se presenta como una sustancia que baña la tierra, pero también como la expresión de un estado de ánimo triste y atormentado.

 

Y es que, precisamente alrededor de unas imágenes poderosas y brillantes, se va trazando el mapa de cada relato. Es una escena poética, delicada, onírica. Es un soplo de descanso, en medio del desvelo, que representa la belleza de la decadencia y permite a Butler abrir ese 5 por ciento de pureza en medio de la maraña de sus relatos. Es un breve instante en el que el americano despliega el estilo melancólico de quien ya asumió una desgracia. Pero pronto vuelve a lo desgarbado y redundante del 95 por ciento restante. He ahí el problema de Butler: la maldad de los personajes y lo horroroso de sus escenas trasciende hasta la calidad de sus historias. Confiado en que “el lenguaje ha de hacer todo el trabajo”, Butler aburre. Pierde la sutileza y repite una y otra vez las mismas situaciones, dándoles un aire trascendental que satura en vez de abrumar y tira hacia atrás en vez de empujar a seguir leyendo.

 

Ahora bien, una vez se supera, una vez se acostumbra uno a la belleza de los aliens, se entiende una especie de distopía y su carácter admonitorio. El maltrato de los niños a su madres, la obsesión deshumanizadora por la tecnología, la polución, la falta de comunicación, lo despiadado de los humanos y la hostilidad del planeta son unas constantes que sugieren una exageración de la situación actual (al estilo de “La carretera”) y dan un toque de atención sobre el futuro.

 

En definitiva, “El atlas de ceniza” resulta interesante como concepto o experimento literario, pero no tanto por su ejecución y desarrollo. Amparado en su concepción de “novela en historias” acaba siendo como uno más de sus relatos, una escena redundante que no conduce a ninguna parte, pero que puede servir como excusa para deleitarse con fugaces momentos de brillantez estilística y alguna que otra imagen tan deliciosa como un plato (y no un cuadro) del Four Seasons de Nueva York. O hasta tan placentera como una buena siesta.

Brais Suárez

Brais Suárez (Vigo, 1991) acaba de estrellarse con su idea de vivir escribiendo aun sin ser escritor. Dos periódicos gallegos se encargaron de dejarle claro que mejor le iría si recordara mineralizarse y supervitaminarse, lo que intenta gracias a colaboraciones esporádicas con algunas revistas y otros trabajos más mundanos que le permiten pagarse su abono anual del Celta y un libro a la semana. Por lo demás, viajar, Gatsby y estroboscopia lo sacan de vez en cuando de su hibernación.

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