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Sergi Bellver

“En el Nuevo Drama no engañamos a nadie”

 

Milo J. Krmpotic' / Foto de M.

 

Pese a su carácter visceral, pese a lo extremo de muchos de sus temas e imágenes, en efecto hay honestidad (y pasión) en “Agua dura” (Ediciones del Viento), la primera colección de relatos de este escritor y antólogo barcelonés. Como también hay más de una pieza notable y, de fondo, un intenso trabajo en el tratamiento de los paisajes, los símbolos, los campos semánticos… Aspectos, todos ellos, que Bellver comentó con generosidad durante esta prolongada charla.  

 

Las afueras de Ámsterdam, Brasil, Londres, Moscú, Islandia... “Agua dura” cambia constantemente de escenario geográfico. ¿Obedece eso a las necesidades particulares de cada historia o hay una aspiración general más allá?

En algunos casos, la propia historia demandaba unas coordenadas espaciales y temporales determinadas, en otros, como en el relato que abre el libro, “Propiedad privada”, quise crear un ambiente fronterizo y ambiguo que tanto podría ubicarse en Arizona o California como en Almería, hasta el punto que busqué nombres de personajes y lugares que pudieran escribirse igual en castellano que en inglés y cuajaran en una u otra toponimia. Pero, en general, la semilla de la mayoría de relatos ha brotado desde otra parte: de un sueño inquietante del que tomé notas antes de caer de nuevo en el duermevela, de la revisión de algunas lecturas que habían logrado marcarme con los años o, incluso, de una primera frase surgida de repente en mi cabeza y que marcaba ya desde ese instante el territorio natural del cuento, como el descubridor que hizo pie en una orilla extraña sin imaginar aún el continente al que había llegado. Además de todo eso, del mismo modo que “Agua dura” es, en cierta manera, un libro un tanto desolado sobre la familia, quiero pensar que propone también un deliberado y raro cuaderno de viajes. Ayer mismo, tras un encuentro público en Madrid, un gran escritor al que admiro muchísimo me decía que en mis relatos el paisaje y las descripciones tienen un papel relevante y casi inusual en la narrativa de hoy en día, tan seca y notarial a veces. Lo cierto es que trato de convertir el entorno en un refuerzo ambiental de los conflictos y pulsiones de los personajes y, sobre todo, del sentido de la historia.

 

Y tú, que has vivido a caballo entre Barcelona y Madrid, ¿no les acabas de ver el punto literario? ¿Las sientes, quizá, demasiado cercanas?

Tomar distancia siempre mejora la perspectiva. Hay un Madrid soterrado y gris que aparece a ráfagas en el relato “Islandia”, y, aunque no lo especifico en el texto, cuando escribía el breve cuento “La manada” tenía en mente el clásico edificio de ascensor decimonónico del centro de Madrid. Pero es cierto que, quizá por las ganas de jugar, quizá por mi pasión por el viaje, muy anterior a la literaria, apenas he escrito sobre las dos ciudades en las que he vivido, ni en este libro ni desde que empecé a dedicarme en serio a la literatura en 2007. Sé que Madrid cobrará protagonismo en mis futuros relatos y tengo un motivo de peso para la gran ausencia escénica en este libro: una Barcelona distópica pero absolutamente reconocible es el espacio principal de la novela en la que estoy trabajando desde hace años y, simplemente, no quería repetirme.

 

Divides los relatos en tres apartados y no me cuesta ver la diferencia entre el primero y el segundo: realismo (aunque a veces malsano) frente a fantasía (o política ficción), extensión media frente a textos más breves... Pero tanto la pieza que cierra la parte dos como las de la parte tercera retoman las constantes iniciales. ¿Buscaste, pues, un efecto cíclico o hay alguna distinción que me estoy perdiendo?

El orden de los relatos está muy pensado, otra cosa es que haya acertado o no, algo que tendrá que decidir el lector, pero la explicación a esos tres bloques es sencilla. En el primero reúno tres relatos más o menos largos que nacen del poder de las imágenes, en varios sentidos pero sobre todo desde un punto de vista decididamente cinematográfico, y que beben también del mundo de los sueños. Lo onírico está muy presente en esos textos, de manera evidente en “El nudo de Koen” y “Los ojos de Sarah”, ya que los protagonistas parecen vivir en un territorio anfibio entre la realidad y el sueño, y de un modo no explícito en “Propiedad privada”, que es ese relato que, como te he comentado al principio, partió de un sueño que tuve hace tiempo y del que tomé notas de inmediato, sin apenas levantarme de la cama. Luego en el relato elijo la vía realista, aun con una fuerte carga simbólica en todo el paisaje y otros elementos, como los animales. La segunda parte, con textos más breves, es una suerte de respiro temático y tonal, para el lector y para mí mismo, entre dos zonas de bastante densidad narrativa. Y la tercera parte reúne otros tres relatos en los que la prosa se vuelve un poco más compleja. Ese efecto de circularidad que comentas alcanza incluso a la imagen de cubierta del libro, obra del fotógrafo y escritor Xabier Armendáriz: cuando supe que viajaba al país le pedí una foto potente y sombría de un acantilado islandés, pues ya había decidido que iba a ser precisamente “Islandia” el relato que cerrara “Agua dura”. El talento de Xabier al captar mi intención salta a la vista.

 

El volumen se integra en la corriente del Nuevo Drama y, ciertamente, peripecias no le faltan. Incluso diría que en algún momento podrían sobrarle. Te pongo un ejemplo: me gustó muchísimo “El nudo de Koen” pero, personalmente, hubiera sido feliz sin su última página. Obviamente, el autor es soberano pero... ¿escribiste con la idea del Nuevo Drama en la cabeza o es posible que en momentos puntuales buscaras esa vuelta de tuerca extra que asentara sus postulados?

Son al menos dos preguntas en una, y la segunda me la haces casi con un traje NBQ puesto, querido Milo, pero trataré de responderte sin intoxicar a nadie. Por un lado, me alegra mucho que te haya gustado ese relato, porque fue uno de los que más disfruté y con los que más sufrí escribiendo, pero esa última página, atinada o no, tiene una justificación estructural: al tratarse de un acercamiento distinto al viejo tema del doble, todo en “El nudo de Koen” sigue un armazón especular, absolutamente todo, desde la existencia del protagonista a la insistencia de su fantasma, desde el paisaje hasta el tiempo narrativo, por lo que, a la fuerza, el último párrafo del cuento tenía que ser reflejo del primero. Además, digamos que sucede algo importante y que hay siete palabras en ese último párrafo que le romperán los esquemas al lector más atento, pero no te cuento más, que no quiero chafarle nada con algún spoiler.

En cuanto al Nuevo Drama, no engañamos a nadie con soufflés ni cocina deconstruida: nos gusta más la carne roja, a la piedra y poco hecha, qué le vamos a hacer. Lo cierto es que no hay un corpus teórico, ni reglas ni nada que se le parezca en lo que escribimos los autores que iniciamos esta aventura hace poco más de dos años. Tanto es así que el Nuevo Drama no se ciñe sólo a la narrativa o a la poesía, sino que va más allá y plantea, en el fondo, una cierta ética de la creación artística que quiere poner de nuevo en el centro de la obra al ser humano y acercarse a él desde la emoción, dejando de lado el humo de cualquier cambalache intelectual. De modo que, más que una idea en la cabeza, escribir algo que pueda llamarse Nuevo Drama tiene que ver con hacerlo desde dentro, con escribir algo capaz de prender una llama, algo que esté vivo y en lo que arda un poso de verdad. Y así es como intento escribir siempre y, desde luego, como están escritas las páginas más relevantes de “Agua dura”. De hecho, ni siquiera importa demasiado ese sello al final de nuestros libros, pues el Nuevo Drama sólo es una llamada de atención ante la soberbia y el vacío de estos últimos coletazos de la posmodernidad y, entre otras cosas, una invitación a recuperar la pasión por contar historias que de veras remuevan algo en la gente. Nos hemos encontrado en estos dos años cada vez con más artistas (y no sólo escritores, aunque en 2014 vendrán novedades muy ilusionantes en ese sentido), con más editores, libreros y lectores afines a todo esto, cansados también de todo aquel humo y que no necesitan ningún sello. El Nuevo Drama va a ser al final tan necesario o tan prescindible como la chispa del mechero: sólo sirve para prender la llama, pero el fuego es cosa de los demás.

 

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Varios cuentos vienen encabezados por citas de Cortázar, Umbral, Conrad (en dos ocasiones)... ¿Hasta qué punto tus relatos quieren dialogar con las obras de donde las extraes? ¿O se trata, acaso, de una invitación para que sea el lector quien proceda a realizar ese diálogo?

Y de Faulkner, no te olvides, que en este autor es verdadera devoción lo que hay por Faulkner. Para mí, “Agua dura” es un libro de aprendizaje y deuda, el del escritor que quiero ser y la del lector que he sido siempre. Me gusta mucho invitar a jugar al lector y ofrecerle cabos que él mismo pueda atar en la lectura: citas, símbolos, referencias más o menos veladas, todo me sirve para ir soltando pequeñas migas de pan. Cuando de repente, un buen día, recibo la respuesta de alguno de esos lectores que ha descubierto el juego, me llevo una gran alegría por el guiño captado. Por ejemplo, desde que “Agua dura” está en las librerías ya me han escrito para señalarme la huella del cine de Jarmusch y Tarkovski en “Islandia”, para comentarme detalles de la biografía de los pintores y músicos que menciono en “El nudo de Koen” o para preguntarme si soy judío, por cómo manejo algunos símbolos hebreos en “Los ojos de Sarah”. Mi libro está plagado de ese tipo de juegos, como con algunas de esas citas, aunque otras son verdaderos lemas de toda la propuesta de sentido y estética de “Agua dura”, como las de Chantal Maillard y Medardo Fraile.

 

“Los ojos de Sarah” trata el deseo de venganza judío contra los nazis que escaparon a Núremberg y me parece bastante sintomático que, entre los dos protagonistas, uno fuera un superviviente del Holocausto y la otra hubiera nacido después del mismo y al otro lado del Atlántico. En cualquier caso, es un tema muy duro y difícil. ¿Sentiste algún tipo de pudor o buscaste alguna forma de precaución al abordarlo?

Qué bien que te hayas fijado en el detalle de que la mujer no haya conocido siquiera Europa, porque no es nada baladí en el relato. En cuanto al tema, respondía hace poco en otra entrevista que no me parece que haya ninguno agotado para la literatura y que podemos y debemos regresar a cualquier tema, siempre y cuando lo hagamos con una mirada genuina y libre de tópicos. Aunque soy bastante freak en general de todo lo que tenga que ver con la Segunda Guerra Mundial, desde niño el tema de la Alemania nazi me ha marcado de una manera fuera de lo normal. De pequeño, yo sólo veía a héroes incomprendidos y otros pobres desgraciados en supuestos monstruos como Drácula o Frankenstein. Sin embargo, mis terrores nocturnos y peores pesadillas vinieron después de ver la serie “Holocausto”. No puedo explicar por qué, pero ese vértigo ha quedado en mí desde entonces y sé que voy a regresar al tema en el futuro como narrador. Pero, eso sí, intentando no caer en lugares comunes, y por eso, después de documentarme exhaustivamente sobre Josef Mengele, en “Los ojos de Sarah” decidí prescindir de la pornografía del terror y ser un poco más sutil. De paso, eché mano también de Conrad, una vez más, y me inspiré bastante en la historia de “El corazón de las tinieblas” para escribir la mía, pero dándole una vuelta de rosca al tarro de sus esencias.

 

En realidad tratas casi siempre temas duros o impactantes, desde el desamor de un matón ruso hasta la muerte de una cría en un pozo o el viaje de un hombre en busca de las cenizas de su hermano, pero otra cuestión espinosa en términos más “universales” es la del terrorismo de al-Qaeda. ¿Cómo se te ocurrió relacionarlo con una figura aparentemente tan alejada del mismo como Rowan Atkinson y su “Blackadder”?

La primera versión de ese cuento, del que he cambiado varias cosas para “Agua dura”, la publiqué en un dossier sobre teleseries que coordinó Juan Francisco Ferré para la revista Quimera. Por eso Rowan Atkinson y esa serie genial de la BBC. Pero al pensar en cómo tratar el tema para darle un interés distinto, le di la vuelta al humor de la serie y me inventé una crónica ficticia redactada por un columnista alemán en 2014, y me inventé, claro, un atentado terrorista en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Quería hablar de un tema que me preocupa y que, por cierto, forma parte de mi novela en ciernes: el control que el poder ejerce sobre nosotros a través del miedo y la manipulación informativa. De paso, “La muerte de Iván Ilich”, de Tolstói, me ofreció una nueva oportunidad para ponerme a jugar con el lector, pero tampoco te lo voy a contar todo, que si no la partida pierde la gracia, ¿no?

 

La contraportada habla del "agua como metáfora oscura", pero me llamó la atención la recurrencia de referencias lácteas. Y la leche, aunque líquida también, admite una categoría diferente de simbolismos. ¿Fue algo buscado o se trata de una coincidencia?  

Del mismo modo que, como te comentaba antes, el tratamiento del paisaje tiene siempre en mi narrativa una intención de construir sentido y no meramente decorativa, hay varios campos semánticos y semióticos presentes a lo largo de todo mi libro. El agua, por supuesto, el agua dura de nuestras cañerías que en mis relatos es la corrosión de las relaciones humanas, el agua como la amenaza de ahogarnos en nuestro lado oscuro y el agua como símbolo de nuestras emociones. Y, sí, la leche, que no es otra cosa que el agua de la vida entregada o parasitada de madre a hijo, y por eso mismo mezclada en algunos de mis cuentos con la muerte. Pero hay muchos más códigos, como por ejemplo, y quizá el más evidente, el bestiario que pulula por las páginas de “Agua dura”: aves acuáticas, terneros, ratas, tortugas, elefantes, depredadores y presas, perros, muchos perros, una serpiente y un jabalí casi humanos... Tal vez en el relato “Propiedad privada” se vea de una manera más clara que toda esa fauna no es jamás accidental: todos los animales que aparecen en esa historia son hembras, y todos están, de un modo u otro, conectados con los personajes femeninos del lugar. Creo firmemente en el poder del descubrimiento al escribir y en dejarse llevar por un hallazgo que cambie tu idea inicial, pero al final, nada de lo que está en mis relatos es fruto del azar, apuesto a que ni siquiera lo que yo mismo no tenía en mente al idear mis historias, porque incluso ese aparente hallazgo llueve al final, de un modo extraño, desde un nubarrón hecho de todas las lecturas, obsesiones, filias, fobias, vivencias y ensoñaciones que le construyen a uno como persona y escritor. Soy yo, en cierto modo, y pretendo que sea también el lector, el que naufraga con los personajes de “Agua dura”, el que, como ellos, tiene que elegir entre dejarse ir al fondo o volver a la superficie y empezar de cero.

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com

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