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Stuart Turton

El método Turton para el asesinato infinito

 

Texto Santiago García Tirado

  

Stuart Turton pasó por Barcelona, presentó la edición en castellano de “Las siete muertes de Evelyn Hardcastle” (Ático de los libros), y aún llegamos a tiempo de interrogarlo sobre las claves de esta endemoniada –y salvaje– historia de asesinatos circulares. Podría parecer la culminación de una obra largamente afinada, pero no. Es su primera novela y puede decirse sin miedo a errar que ya hay aquí un narrador en estado de gracia. Por lo que pueda venir.

 

Las mansiones inglesas han sido desde siempre una fuente inagotable de inspiración para el asesinato. Deduzcan de ahí cuanto quieran, pero sepan que hablo del asesinato con clase, con todos sus ingredientes estéticos y el agregado de salvajismo necesario para culminar eso que Thomas de Quincey destripó en su simpático ensayo “Del asesinato tomado como una de las bellas artes”. Pues bien, si tomamos uno de estos asesinatos posh y lo cruzamos con la idea de un laberinto, aunque erigido sobre la dimensión tiempo, además de con otros detalles que parezcan destilados por esas mentes enfermas que diseñan videojuegos, puede que nos hagamos una idea de lo que espera al lector en esta pesadilla que Stuart Turton acaba de entregar en castellano y que se titula “Las siete muertes de Evelyn Hardcastle”.

 

El arranque ofrece el siguiente estado de cosas: Aiden Bishop, un personaje torturado por la muerte violenta de su hermana, aparece sin saber cómo en el momento en que se comete un crimen dentro de un jardín que no conoce, que luego se identificará como el jardín de los Hardcastle, y en el fondo será un dato que no le dirá mucho porque de los Hardcastle tampoco sabe nada. Se trata, pues, de un punto de partida mortificante y a la vez muy gótico y seductor, pero susceptible de empeorar. Y aquí es donde entra en juego la memoria, algo que podría paliar el malrollismo del cuento, porque, ¿qué es la memoria, sino un catalizador de sentido que por esa misma razón convierte aceptable lo que de otra forma sería el puro horror?

 

Me quedo en el tema de la memoria, que me da escalofríos. La filosofía –también la psicología– se ha planteado lo insoportable que sería una memoria infinita, donde cada nueva sensación pasara a ser imborrable, pero la novela de Turton pone en la tesitura de preguntarse si no sería peor carecer de memoria, en grado absoluto. “Yo creo que es bueno tener muchos recuerdos y a la vez es una especie de liberación estar a salvo de ellos, para poder elegir quién eres, a pesar de todo. Es una idea de la filosofía del siglo XX que tiene que ver con nuestro modo de ser, con cómo somos creados en un entorno y con que podamos o no elegir lo que somos. ¿Si mañana aparecieras con tu mente en blanco, elegirías ser la misma persona?”.

 

 

Una historia así traída se me hace muy kafkiana, por mucho que Stuart Turton suele citar a Agatha Christie como su santa tutelar. Turton no me desdice: “Es cierto, en la historia cualquier otra persona sabe algo que tú no sabes, aunque también es cierto que en cierto momento tendrás alguna indicación”. Y yo tampoco lo desdigo: en la novela, un personaje identificado como “El médico de la peste” proporciona algo de información, al comentarle al protagonista las condiciones por las que podrá salir del laberinto temporal en el que ha caído: le corresponden ocho suertes, ocho días para descubrir al asesino; cada vez que yerre, tendrá que volver a la casilla cero, si bien lo hará en un cuerpo diferente; solo cuando logre desenmascarar al asesino, podrá romper el círculo y retornar al espacio-tiempo de su vida convencional. No es mucho, tal vez, pero hay una cierta mejoría en comparación con la ausencia total de sentido que encontraríamos en Kafka. “Me gusta mucho esa sensación de intranquilidad que aparece en las obras de Kafka, la idea de que no se sabe nada, no se entiende lo que está pasando. Y eso quería que se viera en la novela, la sensación de no saber por dónde se va a salir, porque ocurren muchas cosas muy rápidas”.

 

Que todo ocurra en una mansión de la Inglaterra eduardiana de los años 20, no puede más que añadir zozobra a la historia, así lo quiere el canon. Sin embargo, y como español, esto me suscita un conflicto entre lo sofisticado inglés –que hasta dio nombre a una cadena de tiendas, con sus sagas y sus intrigas y sus plusvalías y su opus resultante– y la realidad grotesca de un inglés medio en chanclas paseando por las Ramblas como epítome de lo británico real. “Este tipo de escenario sigue siendo una realidad para alguna gente riquísima a la que no le ha cambiado la vida en 300 años, lo que pasa es que yo, lector de Agatha Christie, me lo tomé como una fantasía, igual que Tolkien hizo con sus dragones y sus enanos, que para él eran más cercanos que esa clase alta inglesa”. Fantasía, pienso. De cuánto prosaísmo nos salva a diario la fantasía, y qué pista para entender la fascinación británica por el género. Prosigamos.


Le hago notar que encuentro mucha comprensión con el homo ludens que llevamos dentro, y que la novela se expande gracias a una idea consciente del juego. No hay más que observar que la misión del protagonista está pautada con una serie de pruebas en combinación con el azar, como ya hemos avanzado. “No quería plantearlo como un juego, pero es que nos acostumbramos a hacer de la muerte un juego: en los videojuegos se mata, y en la televisión vemos una imagen de la violencia que no es real. Si crees que es un juego, bien, pero yo quería que fuese un juego terrorífico”. Y lo que señala es doblemente turbador, porque liga la idea de juego con la de muerte. Pero es que aún hay más refuerzos del juego: nuevas reglas irán apareciendo a medida que se avanza en la historia: así sabremos que en la prueba a la que está siendo sometido Aidan Bishop no está solo, que, de hecho, se trata de una competición a tres, y que solo uno logrará escapar del bucle temporal en el que están insertos. Y sí, lo han visto bien, la historia avanza por niveles, como en un videojuego. “Me encantan los videojuegos, he crecido con ellos y me han influido, pero en el mismo grado que los libros y las películas que he visto, “Atrapado en el tiempo”, “Downtown Abbey”, y las novelas de Agatha Crhristie. Lo que pasa es que todo eso aflora en mi novela porque es parte de lo que he vivido, de lo que me gusta”. Un juego terrorífico, lo ha explicado bien, y lo reitera en varias ocasiones para que no quede duda de su intención: Terrifying, así es como lo quiere. Le digo que está bien el terror, pero que no sé si es lo que más necesita un lector en la actualidad. Y le recuerdo, sin ir más lejos, el Brexit. “Creo que el mundo ha vivido con terror desde antes del Brexit. Yo crecí en Warrington, donde estallaron bombas del IRA a solo cinco minutos de donde yo vivía… No es que el miedo haya venido ahora, es que ha estado ahí siempre. Lo que pasa es que hay algo placentero en la resolución de una situación angustiosa, como yo planteo en la novela”.

 

 

Las pesquisas avanzan en la novela según va cambiando de personalidad el protagonista, cada mutación le permitirá una cierta ventaja, dado que en cada nueva encarnación volverá a contemplar el crimen desde una perspectiva distinta, y eso tal vez alumbre nuevos detalles. Mientras tanto, la muerte de Evelyn Hardcastle deberá repetirse y repetirse ominosa, cruelmente. Que la experiencia es torturante para el protagonista es algo en lo que no hay que insistir, pero yo me pregunto por los efectos que ese laberinto emocional y físico puede tener sobre la mente que lo ha forjado. Más allá del laberinto, ¿Stuart Turton sigue siendo el mismo? “No es que ahora sea una persona diferente, aunque después de tres años escribiendo esta novela, nadie sale igual. Además, para mí, ha tenido un efecto onda, como cuando tiras una piedra a un lago, ha provocado un efecto en mi entorno, en mi gente. Sus impresiones, sus comentarios han cambiado al acabar la novela, y eso ha acabado por repercutir en mí. Ahora tengo más confianza en mí mismo. No es un cambio dramático, no soy otra persona, pero está claro que he cambiado”.


No dejo de pensar en la idea que sirve de base, y le comento que eso de disolver la identidad, borrar la conciencia de uno mismo me parece un planteamiento muy posmoderno. El personaje no reconoce su mano, su piel. ¿Cómo preparaste a todos esos personajes con los que tiene que mimetizarse? “Resultó difícil, porque no quería que fuese una cosa como muy prefabricada, así que caractericé cada cuerpo a partir de su fisicalidad, y quise que fueran lo más distintos posibles, porque así también tendría que adaptarme a herramientas distintas. Al crecer el número de personajes en los que Aiden Bishop se inocula, tenía que reconocerlos rápidamente, si eran más rápidos, más fuertes, más listos, etc.”.

 

Al final no puedo dejar de caer en la pregunta previsible. La he evitado, no dirán que no he logrado una entrevista sobre conceptos y conducciones que se escaparían a la física especulativa, pero tengo que llegar a lo real. Y llego: si el mal -parece decir el texto- mueve el mundo, ¿qué papel va a tener en este drama el amor? “No creo que el mal sea lo que mueve el mundo. Lo que yo me planteé, en cambio, tiene que ver con cuál debería ser la reacción de un personaje en un entorno de mal absoluto. Porque lo que quiero mostrar es que la única forma de sobrevivir a ese entorno es elevarte por encima de los impulsos negativos. En esta novela ocurre cuando el protagonista establece una relación con otra persona, y ahí, si se quiere, estaría el amor”.

 

Decido no seguir insistiendo: que cada lector encuentre su forma de salir entero de la mansión Blackheath. Prefiero dirigirme hacia el futuro, para saber qué nuevas ideas abriga esa cabeza que tengo delante. Y no dejo de pensar en el nivel de calidad que ha mostrado con un texto que es su primera obra publicada. “Pues sí, tengo nuevo libro, y de hecho me está matando. En enero lo entregaré a la editorial y será publicado en 2020. A mi editora le gusta tener mucho tiempo para revisar el texto, sobre todo la trama”. Ya que menciona a la editora –los editores son un tema mayor, mal estudiados en las facultades– me intereso por ella. ¿Será de las que debaten, de las que ponen trampas, de las que saben judo literario? “No se mete mucho con la estructura de mis novelas, porque lo que le llevo ya está muy ensamblado. Sus sugerencias tienen mucho más que ver con la parte emocional. En esta novela me pedía que incrementara más ese lado, lo emotivo”.  Sospecho que las intenciones de Stuart Turton van a seguir por lo terrorífico, aunque se retiene de soltar prenda. En cambio menciona ambiciones, que es una forma interesante de cerrar una conversación: “Intento escribir novelas en las que haya una historia que nadie antes ha escrito. No quiero hacer nada predecible, quiero escribir un libro del que se piense: “Esto no se había visto antes”. 2020, anoto en la agenda. La segunda parte de esta entrevista está ahí, a la vuelta del laberinto.

Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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