Menu

Mikel Santiago

Adivina quién viene a traer el caos

 

Texto Santiago García Tirado

 

Una caja-enigma atraviesa el Atlántico Norte en un avión militar. La custodian fuertes medidas de seguridad y un secretismo que no apunta a nada recomendable. Con este material sensible, Mikel Santiago detonará una serie de hechos de repercusiones impredecibles en “La isla de las últimas voces” (Ediciones B-Penguin Random House), una novela que ahonda en esos lugares estancos que un pueblo, por apacible que parezca, aún sigue escondiendo.

 

La extraña isla de St. Kilda, al Norte de Escocia, su gente, y Carmen, una española emigrada allí con una triste historia a cuestas, tendrán una respuesta que ofrecer, aunque tal vez no sea la políticamente esperada. Después de esto, la acción, lo torvo la zafiedad y mucha astucia pondrán el resto para hacer de esta novela una de las mejores apuestas del año en el género del thriller. Avalan a Mikel Santiago tres potentes novelas anteriores; esta lo confirma como un narrador consolidado en el género de la novela de aventuras. 

 

 

Parece que los cuartos oscuros de los gobiernos son fuente inacabable de inspiración.

El punto de partida es ese objeto que está viajando de manera confidencial, ya que ni siquiera está registrado por ningún gobierno: esa caja negra no se sabe de dónde viene, ni a dónde va, pero se sabe que los grandes poderes están involucrados en ella. Como en todas las cosas donde hay el gran poder, la sensación de vértigo, de sentirse como una hormiga ante estas instituciones es evidente, aunque no hay que irse tampoco muy lejos, incluso un ayuntamiento te puede hacer sentir como una hormiga. Esto es una fuente de problemas, lo es en la vida real, y en la ficción ¿por qué no lo vamos a hacer? 

 

¿Partes de alguna noticia, algún hecho real que te haya servido como base de tu relato?  

El punto de partida real viene más por la isla, St. Kilda, que es una isla de la costa de Irlanda, que descubrí en unas vacaciones mientras viví allí. Hay una pequeña comunidad viviendo en ella que, cuando hay una meteorología adversa ­–igual que pasa a la isla de la novela–, se aísla aún más.

 

Una isla que se vuelve más isla.

Irlanda quiere traerse a los isleños a su isla, y los ha amenazado muchas veces con relocalizarlos porque son muy problemáticos. Ese fue el punto de partida real, y luego está el tema de los contenedores a la deriva, que también es real. Hay un tema de Derecho a nivel mundial, que tiene que ver con los contenedores que caen de los barcos, que se convierten en armas, en verdaderos torpedos a la deriva. De hecho hay una teoría de que el Prestige chocó con un contenedor como este.

 

Me hablabas de St. Kilda, entonces ¿existe la isla?

En la auténtica St. Kilda nunca estuve. Las que yo conocí fueron las islas de Aran, al Oeste de Irlanda, un archipiélago muy pequeñito, donde la gente va en bicicleta, en determinados puntos de la isla no tienen electricidad, unas condiciones que hoy en día todavía existen. Pero St. Kilda pertenece a Escocia, está muy al Norte, cerca de Islandia, y no está poblada. Yo decidí hacer uso de la capacidad que tenemos los escritores de inventarnos lo que queramos y construí allí esta pequeña sociedad de la que habla el libro. 

 

 

Tú vienes de una tierra parecida, eres de Portugalete, y después de muchas vueltas por el mundo, además ahora vives en Bilbao.

Viví y me eduqué en Portugalete, allí iba a la ikastola. Luego mis padres nos hicieron viajar, y ya nunca volví. ¿Por qué lo dices?

 

Me interesa porque ahora mismo la cantera bilbaina es calidad suprema. Algo bueno ha debido tener la educación allí para que salga tanto escritor y escritora de talento.

Hace mucho frío, y nos ponemos a escribir para pasar el rato.

 

Dejémoslo así. Y cambiemos de tema: sorprende la fauna humana que puebla tu novela, ¿es otra consecuencia de tu vida viajera?

Aquí, en esta novela, uno de los puntos originales con respecto a mis otras obras es que antes mis protagonistas eran hombres que narraban en primera persona, siempre tipos sofisticados –Peter Harper era un compositor de bandas sonoras, Tom Harvey era un jazzman–; en esta novela la narración no está monopolizada por una voz, sino que son dos voces narrativas, Carmen, y Dave, el militar que aparece en la isla. Llega con la caja, porque él tiene una responsabilidad con ella. Esos son los dos personajes protagonistas, y cada uno tiene una función. Carmen es el vehículo de la premisa “hasta dónde estarías dispuesto a llegar para sobrevivir”. Es una mujer de Madrid que vive en S. Kilda –y tiene una razón de peso para vivir allí–.  

 

Es una mujer herida.

Está viviendo un drama muy grande, tratando de reconstruir su psicología y, justo cuando lo está empezando a conseguir, llega el mal para ella. Es una mujer socializada en un mundo ordenado, donde hay autoridad, un estado, y entonces llegan unos acontecimientos violentos, que se producen a raíz de la llegada de la caja. Ella comienza rehuyendo la violencia, como haríamos la mayor parte de nosotros, que diríamos “no es mi problema”. Lentamente el hilo de los acontecimientos la va a ir poniendo en primera línea de fuego, y va a tener que transformarse en algo que la supera. Tendrá que utilizar su fuerza física para sobrevivir y seguir adelante en la historia para salvar a los suyos.
Respecto a los demás, tenemos pescadores que llevan toda la vida en S. Kilda, un pequeño grupo de concejales… todo esto empieza a reaccionar en diferentes direcciones: gente que se convierte en héroe, gente que se convierte en villana, gente cobarde y gente que se descubre más valiente de lo que pensaba. Yo creo que es un pequeño experimento social, un ensayo de lo que nos podría ocurrir a cada uno de nosotros si ahora nos cierran la puerta principal y no nos dejan salir.

 

Me ha recordado por momentos “The wicker man”, una película de los 70 con Christopher Lee, donde también en una isla apartada de la sociedad florece una especie de culto atávico-religioso que desata lo que los habitantes llevan de salvaje.

Sí, tiene ecos de esta idea de refundación de la sociedad, como en “El señor de las moscas”, en “El ensayo sobre la ceguera”, o más recientemente en “La cúpula”, de Stephen King

 

 

Un ensayo de consecuencias trágicas, porque significa la involución de lo que estaba civilizado. 

Sí, en esta novela no va más allá, porque todo ocurre en muy pocos días, durante unas navidades, y no da tiempo a trabajar ese aspecto sociológico.

 

Y nos habíamos quedado a punto de hablar de Dave Dupree, el otro protagonista.

La novela la comencé con Dave Dupree, que es el soldado que viaja con la caja, y que iba en la dirección correcta para ser el héroe total, pero luego ocurrió lo que pasa con la escritura: yo iba planteando la historia de Dave, que era una secuencia guerrera muy fuerte, este naufraga, es el único superviviente del avión… y de repente decido que voy a intercalar la vida del pueblo. Según empecé a escribirlo pasó esta magia de los libros, y dije wow, me encanta, me gusta esta tía, y así ocurre que Dave, que es soldado, se pasa la mitad de la novela de una manera muy pasiva, y Carmen, que es una civil, es la que al final tiene que ponerse los pantalones para resolver la situación.

 

Pues a todo ello hay que añadir las voces, que se originan de una forma anómala, y que parecen llamar al abismo.

Esta novela añade un elemento que a mí me gusta trabajar, que es el mundo de los sueños, con una dimensión del lenguaje que es real, que la tenemos todos, me gusta escuchar sueños, trabajarlos, presentar las historias a través de los sueños y la simbología. La novela se presta: imagínate, una isla del Norte, en invierno, la oscuridad, casi como que vives soñando en una noche perpetua. Todo esto aporta una tensión y un simbolismo que no podría llevar a cabo en Barcelona en primavera.

 

La caja que llega al pueblo tras el accidente de avión genera interpretaciones cruzadas, tanto que al final todas son pura incomprensión. ¿Quieres decir que el caos suele ser un derivado de la incomprensión?

Como autor, creo que la caja no tiene un plan realmente, actúa como catalizador, se alimenta de las emociones y de los desequilibrios que la rodean y los amplifican. Esto también lo tiene la sociedad, que es emocional, y hasta que no comprendamos que la sociedad es emocional tampoco podremos tratarla. Las heridas emocionales en la psicología social son como las de las personas. Un sufrimiento no se cura con una venda, se cura con el tiempo, y eso te lo digo yo que soy vasco, y he vivido tiempos de agitación absoluta, y es verdad que el tiempo es la única cura. Que pase el tiempo y que nadie vuelva a remover el polvo. En esta novela se habla de eso, la caja es el agitador, el catalizador de las emociones. Somos emocionales y la emoción va contra la razón.

 

En el momento de máximo fragor aparecen las fuerzas vivas del pueblo: la Iglesia, el alcalde y el policía. No sé, pero esto me ha parecido algo muy español.

Es que las sociedades se organizan en personas notables, que representan a los demás, o que tienen un crédito social. Visitando pequeñas comunidades siempre te encuentras estamentos. Y en St. Kilda los representantes del pueblo quedan como equidistantes, y luego son arrastrados por los más brutales; están intentando no meterse en nada, hasta que terminan arrastrados por los más violentos, los más radicales.

 

Hay una fuerza innegable en la recreación de St. Kilda que creo que tiene que ver con tu condición de viajero, porque se hace evidente en el relato que tienes mirada de viajero.

He vivido en Irlanda, y en Holanda, y esas han sido mis experiencias de expatriado, y han sido bastante interesantes. Soy un hijo de mi generación, y he cogido la mochila como tantos “afortunados” y al final me he ido a todos esos sitios, y también a Norteamérica, que conozco de varios viajes largos –Chicago a Nueva Orléans en coche, Nueva York a St. Louis–. Y haber vivido fuera me ha servido mucho para cambiar mi perspectiva de país, quitarme muchos complejos con respecto a los españoles en Europa. Me he dado cuenta, por ejemplo, de que somos grandísimos trabajadores, y que además destacamos.

 

 

Una isla británica moribunda hace de escenario: ¿hay algo ahí que interpretar a la luz del Brexit?

No. Y no tengo una opinión que pueda compartir sobre el tema. Pero sí es cierto que en la novela se habla de algo que es, digamos, la imaginación popular. En la historia de la humanidad se habla de greatest specular ilusions, grandes burbujas a nivel económico, sueños de riqueza inacabable, como fue la “Burbuja de los tulipanes”, en el siglo XVII, cuando un tulipán llegó a costar lo mismo que tres barcos. Los bulbos empezaron a tener más valor cada día, hasta convertirse en objeto de especulación. La humanidad ha demostrado su capacidad para una gran fantasía, no durante mucho tiempo, pero una fantasía extrema. La novela se alimenta de esto, de cómo es posible que la gente crea esto que está pasando.

 

Es cuando nos preguntamos ¿cómo es posible que funcionemos como un solo cerebro, aun habiendo gente inteligente en nuestra sociedad?

Sí, somos al final como esos pájaros que se siguen unos a otros. La psicología social estudia eso, cómo cada uno busca su propio beneficio, o teme a lo mismo y, en base a esas pequeñas reacciones, actúan en común.

 

En la novela encuentro un aire de época, temas y formas de contar comunes con otros autores como Joe Hill, como Stephen King. No sé si es una deuda, o una coincidencia de sensibilidades.

Como escritor, siempre quiero emular aquel momento maravilloso, como al cocinar piensas en aquel momento cuando tu madre te pone ese plato tan exquisito y recuerdas qué bien lo hacía, cómo te sentaba. En la novela ocurre lo mismo: estás en un momento de lectura apasionante y quieres repetirlo, entonces le preguntas al libro, vas donde Stephen King y le preguntas: Stephen, ¿cómo lo has hecho?, y como no puedes tenerlo delante pues te lo lees mil veces hasta que intentas encontrar la magia, por qué Stephen King, o por qué Patricia Highsmith te gustó tanto, o por qué esta película de Hitchcock es tan maravillosa. Yo los llamo compañeros de viaje porque para mí son una enciclopedia viva. Para “La isla de las últimas voces” me he releído “La isla de las tormentas”, de Ken Follet, que es de sus primeras novelas, ambientada en una isla de Escocia también, he visto “Los pájaros”, de Hitchcock, “La cúpula”, de Stephen King, que también incluye un experimento social. Soy un gran deudor del estilo de King, y de Dean Koontz.
[if !supportLineBreakNewLine]
[endif]

¿Cuánto de Mikel Santiago se reparte entre Dave Dupree y Carmen?

En Carmen hay poco. Me ha costado mucho escribir de una mujer, he tenido que hacer un verdadero trabajo de escritor, hablar con mujeres, investigar, pensar… Dave es mi clásico personaje, el que ha sido en mis tres primeras novelas el protagonista, una voz divertida que mezcla el humor con escenas de tensión… siempre hay algo de ti, yo no soy soldado, no soy cachas como Dave, ni pienso como él muchas cosas, pero tiene esas pinceladas de antihombre que me gustan, y es una fórmula que le gusta a la gente: el tipo pasado de vueltas que te sorprende, con un hilo mental donde se ve qué piensa de la vida, qué piensa de las mujeres. En ese sentido creo que domino el humor y el cinismo, y eso le gusta a la gente.  

 

Y después de esta historia, ¿tienes nuevo proyecto entre manos?

Sí, tengo un proyecto. Un thriller psicológico y, bueno, a ver. Sí te puedo decir que tengo toda la intención de que esté ambientado en el País Vasco, en el Norte, que tengamos un escenario de aquí y no me tenga que ir a Escocia.

 

El Norte español tiene mucho en común con Escocia.

Yo creo que en mis novelas no he terminado de salir del País Vasco. Nunca estoy demasiado lejos de mis carreteras, de mis acantilados, de mis tormentas. Creo que ya por justicia le toca, y más ahora que vivo allí.

Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

Más en esta categoría: « Patricia Gibney Stuart Turton »