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Manuel Vilas

El artista que sólo tocaba para Vilas

 

Texto Santiago García Tirado

 

Ha salido de Iowa, está recorriendo -de nuevo- España y hoy tiene parada en Barcelona, donde ha sido publicado y donde le espera la prensa cultural para charlar acerca de su nuevo libro. Lou Reed era español (Malpaso) quiere ser una crónica sentimental, aunque a veces también es un juguete, y a veces una balada que no hace ascos a la nostalgia de alta graduación, o bien una estrategia para retratar la España de los 70, o una digresión benjaminiana sobre las posibilidades éticas del rock. Es, por encima de todo, Vilas a volumen máximo, y quien lo conozca sabrá entender las implicaciones de esa medida. Con todo, vamos a exigirle que se explique a fondo en esta charla, que modere su ingesta de guacamole y carne asada que ha preparado la editorial en su restaurante (Malpaso, calle Girona con Diputació, 3 estrellas Blisstopic) y que se confiese. Cómo ha llegado a la conclusión de que Lou fue uno de los nuestros, qué tiene Vilas que decir del papel de Bowie, y de la Velvet, y de Franco y de Barcelona, y de Iowa pero, también y por encima de todas las cosas, qué tiene que decir Vilas de nuevo sobre Vilas, que es el motivo por el que volvemos a leerlo, hoy, aquí.

 

El título puede sorprender -se arranca Manuel Vilas, mientras la audiencia va colonizando sus proximidades-, por una razón muy sencilla, pero muy contundente, y es que al final de su vida Lou Reed era más famoso en España que en Estados Unidos. Y lo he comprobado in situ: en el Midwest, donde paso largas temporadas, Lou Reed prácticamente nadie sabe quién es.

 

El ruido sigue su pauta propia y no parece tener intención de colaborar en el encuentro. La mesa de al lado ha decidido contaminar al mundo entero de su felicidad y, por otro lado, algunos periodistas no acaban de encontrar su parcela en ese mundo de la algarabía, de modo que Vilas decide proseguir con su autoentrevista. No era conocido ya, Lou, había muerto en vida como paso previo a la muerte física, por eso –insiste– el libro es también sobre la muerte de Reed, que era algo inesperado. La cultura popular no contaba con la aparición de la muerte, como estamos viendo en el caso de Bowie, o Leonard Cohen. Es algo que rompe los fundamentos y el hechizo de la cultura pop, que era la exaltación de la permanente juventud. Todos los fans asistimos perturbados a esta desaparición de los ídolos para la que no contábamos con ninguna tradición que amparara esta pérdida. Pero no sé hasta qué punto los fans hubiéramos admitido una iconografía nonagenaria de estos ídolos. En esto ya está el antecedente del cine, donde las grandes estrellas entienden que la decrepitud debe ser ocultada al público. Y esto es una de las normas artísticas del capitalismo.

 

Veo que entonces tienes un problema ético y estético, porque en el libro dices que lo tuyo es “un sueño del capitalismo moral” y a eso le contrapones otra afirmación dolorosa: “No hay rock de ascendencia marxista”. (No sé si me ha oído bien, porque ha venido la camarera y su respuesta ha sido “Quiero una cerveza sin alcohol”, y en vista del porcentaje de armas químicas que se suman a la comanda añade, “parece una reunión de loureedianos, cuánto alcohol”. La gente pide agua, pide cocacolas, ése es el nivel de perversión actual del gremio, con lo que ha sido en otros tiempos. En fin, yo espero la voz de Vilas, y permanezco notoriamente en silencio. Parece que, ahora sí, responde).

Eso son ironías mías, más literarias que reales. En mi caso, tuve que acomodar una cultura capitalista, en la que a mí me gusta él muchísimo, con un origen de clase, un pensamiento mío por el que soy consciente de dónde vengo. Esa fricción, esa integración, me cuesta hacerla. Por eso lanzo ironías. Muchas veces mis afirmaciones son representaciones de mis dudas.

 


Vilas sigue hablando de los Estados unidos, de cómo esa cultura ha acabado colonizando el mundo entero, y de ahí enlaza con su Barbastro natal. Porque el libro empieza en una epifanía, y la explica.

Yo, con doce años, escucho el Rock & Roll Animalde Lou Reed, y algo se rompe en mi cabeza. Vivía en un pueblo de la España profunda, y yo pongo ese disco en el tocadiscos que me había regalado mi padre -un monoaural- y quedo fascinado con esa música, con la imagen de esa cubierta de ese disco, donde sale Reed que parece una momia egipcia, con atuendo mágico y fantasioso. Todo esto no cuadra con lo que estoy viviendo. Ahí hay una contradicción que yo no acabo de entender, pero la recibo, empiezo a averiguar qué está pasando en el mundo a partir de ahí. Yo sé que vivo en una dictadura porque el Rock & Roll Animalaparece en España sin una canción, “Heroine", y yo intento informarme con las publicaciones que había en España, que eran Vibraciones, Popular 1Disco Express. En esas revistas me entero de que al disco le falta una canción. Me compro Berlin”, también le falta una canción. Así entiendo que España es una dictadura, y por eso han quitado esas canciones.

 

 

Pero eso que dices tal vez fuera un fenómeno más agudo en los pueblos, posiblemente más amortiguado en las grandes ciudades, donde el contraste no sería tal.

Muñoz Molina lo cuenta también en El jinete polaco”, y también con Lou Reed. En una gramola de su pueblo aparece un disco de Reed. Y es la ruptura, una especie de grieta que se abre en la mente de un adolescente que está viviendo en una España con unas coordenadas que ya sabéis todos. Desde luego, la izquierda española no vio en el pop un arma antifranquista, que la había, no vio ahí un instrumento político. Tal vez lo relacionó más con la frivolidad, con el capitalismo americano, y no vio que allí había una arma importante, al menos de carácter estético. Eso de alguna manera marcó el desarrollo político de este país, cierta falta de imaginación estética en algunas propuestas políticas.

 

Vilas se mueve con pericia entre los circunspectos periodistas, que escriben en sus portátiles, o miran apuntes, y en el impass decide seguir con la iniciativa y continúa con su autoentrevista.

He querido ­–sigue enumerando las piedras angulares del libro– rescatarle los dos primeros matrimonios, porque el último Reed tenía las décadas de los 70 y de los 80 prácticamente escondidas. Él aterriza en el S. XXI casado con Laurie Anderson, que era una mujer que lo refinó muchísimo, que convirtió a Reed en algo muy sofisticado. A mí me ha interesado rescatar la iconografía del Reed de los 70, vinculado al Rock and Roll y la droga. Ahí el rock exploró una zona que hasta entonces había permanecido inexplorada, y Lou Reed es el primero que se aventura en esa vinculación -que tanta mitología dio- entre rock, droga y vida salvaje que trajo los cadáveres de Jimi Hendrix, de Janis Joplin, de Jim Morrison. De hecho, mucha gente iba en los 70 a sus conciertos esperando que se muriera ahí mismo. Hay un capítulo del libro muy dantesco donde Reed baja a los infiernos y se encuentra con drogadictos españoles que le piden cuentas por esa fama y por esa iconografía.

 

En ese y en otros fragmentos identificas a España contigo, de manera que te conviertes en el portavoz de la conversación entre España y Lou Reed.  

Es por una razón: lo que yo pienso sobre Reed, mis análisis sobre Reed, los hace alguien desde unas coordenadas. Mi mirada es la de alguien que mira desde España y desde un contexto sociopolítico que me ha tocado en herencia por haber nacido aquí. Miro desde un sitio, y es este país.

 

Pero además parece que te vas buscando a ti mismo en todos tus libros. “La voz es ya una construcción de mi conciencia”; “He convertido esa voz en acompañamiento de estos absurdos viajes (…) y eso parece algo digno de Don Quijote”. Al final vuelves siempre a lo nuestro, que es épica de perdedores, ¿no?

Lou fue un neoyorkino celebre y famoso, y triunfó, pertenece a esa esfera norteamericana del éxito universal. Y yo procedo de una cultura que no tiene éxito en lo universal. Yo miro desde el ángulo que miro por haber nacido aquí, tengo esa mirada, no puedo evitarlo.

 

Elaboras una teoría sospechosa en tu libro, donde estableces un paralelismo entre la obra de Reed y el auge y decadencia de la España reciente. ¿Eso tiene base científica?

La España tosca de los años 60 comparada con el Reed macarra; el refinamiento de Reed, el refinamiento democrático de España; y la decrepitud final de Reed y la crisis española (se ríe, se expande Vilas). Sí, es un paralelismo literario que me da por hacer.

 

Desde luego, tu pesquisa desborda la vida de un músico, y lo dejas entrever cuando dices que, más que un ensayo serio, “lo mío es instinto y placer”. Por cierto, ¿esa definición vale como teoría literaria de Manuel Vilas?

Sí, es teoría mía pero que está muy entroncada en el rock. El rock ha sido eso: alegría y placer e instinto. En realidad el libro es también un motivo para explorar la cultura popular, cómo nos ha formado, por qué ha sido tan importante, y ahí está el premio Nobel a Bob Dylan. Yo siempre he pensado que esa pasión mía por Reed caía dentro de mis intereses normales de escritor, nunca vi alejada esta pasión de la pasión por el mundo de la literatura. Yo veía que igual que podía leer a Flaubert podía escuchar a Reed, lo veía integrado dentro de la literatura. Es verdad que otros colegas míos no lo hacían, no veían ninguna relación entre la música popular y la literatura. Juro que cuando le han dado el premio Nobel a Bob Dylan me he sentido respaldado en esa teoría mía. Claro que también he visto las reacciones de gente que se ha molestado, sobre todo dentro del ámbito de la literatura. Yo creo que la literatura se ha expandido muchísimo en estos últimos 50 años, y que uno de los cauces ha sido también la música popular, que el recipiente del libro no es el exclusivo recipiente de la literatura. Lou cae en ese ámbito donde estarían también Dylan y Cohen. Reed manifestó su vocación literaria cincuenta mil veces, su pasión por E. A. Poe –hizo un disco doble sobre él “The Raven”)– su formación literaria en la universidad de Syracuse, le dio clases Delmore Schwartz, su coqueteo constante con la alta cultura, su amistad con Warhol, se declaraba lector de James Joyce…

 

Manuel Vilas

 

Hablas del éxito, y del regodeo del éxito, tanto que Reed exclama en un momento en que ha sido invitado a un hotel y dice “esto es el éxito, que te inviten”. Y ya que has venido a una nueva editorial, ¿Malpaso te ha invitado bien? 

Malpaso, de maravilla (vuelve a estallar en carcajadas, pero se recompone al instante; sigue): En el libro se indaga mucho en el éxito, a qué llamamos éxito en esta sociedad. Lou Reed tuvo éxito, pero ¿qué significa eso?

 

Por momentos, Vilas divaga, se deja arrastrar por consideraciones en torno a la figura de ese artista controvertido que fue Reed, vuelve a sus agitados comienzos en la Velvet, a su empeño por escamotearlos, borrarlos de la identidad Lou Reed felizmente instalado en el nuevo siglo. Alguien entonces le pregunta si fue algo más que una imagen hacia afuera que se esforzó en proyectar, si quedó alguna parte de su identidad anclada en aquella primera época. Y entonces vuelve a lo suyo, al libro, porque, ahora sí, aquí hay una hipótesis, y debe hacerla explícita.

Creo que es un hombre que se disfrazó de cincuenta mil cosas que él vio que dentro de la industria casaban bien –como también hizo Bowie–. Calzaba distintos disfraces que se acomodaban bien a lo que la industria del rock demandaba y finalmente no sabemos quién era, por eso digo al final del libro: “Su vida, un misterio”.   

 

El tema de la identidad lo frecuentas una vez y otra. Hablando del pasado haces una afirmación que es pura posmodernidad, cuando dices que “el pasado es incomprensible, porque nos devuelve de forma inconexa las 50 identidades que hemos sido”. Qué identidad apunta el nuevo Manuel Vilas.

Pues un poco como Reed, a intentar sobrevivir.

 

Qué vas ganando de americano, qué va quedando de ese muchacho que oyó a Lou Reed en Barbastro?

A mí Estados Unidos me fascina, es un país que me produce una admiración tremenda. Yo estoy feliz allí. Las razones de mi felicidad allí son todas de una vulgaridad extraordinaria: por ejemplo, a mí me producen un placer inmenso los electrodomésticos americanos. Para mí que a una nevera pueda ir con el vaso, pulse y salga hielo es acojonante. Eso en España tienes que gastar un fortunón, y ahí son sólo mil dólares.

 

Seguro que antes de llegar a Iowa ya las canciones de Lou Reed habían condicionado de alguna manera tu identidad, incluso tu literatura.

Para mí Reed no es una teoría, es una praxis. Yo me levanto por la mañana, abro el ordenador y pongo música, y la música que pongo es siempre la misma. Eso mi compañera lo sabe perfectamente, que yo sólo escucho una canción. Ahora llevo un año entero oyendo “Junior Dad”, la canción que grabó con Metallica, que dura 19 minutos. Esa canción me arregla el día. Escucho esa canción y el mundo tiene sentido. Reed es como un criado mío. Le digo “canta, que no me gusta el mundo, canta”. Y canta. Y se arregla el mundo.

 

¿Estás seguro de haber revisado todo lo que tus diarios soportaron de tu relación con su música?

Las cosas que tenía escritas sobre él, sí. De adolescente era de un fervor cándido. Y hay otra cosa que cuento en el libro: que yo creía que Reed grababa discos sólo para mí. Luego llegaba a un concierto y veía que había un montón de gente y pensaba “qué putada, y éstos ¿por qué están aquí también?”. Luego, cuando fui a estudiar la carrera –yo hice Filología Hispánica– vi que allí hablaban de Góngora y de Lope de Vega, y vi que la cultura de la que yo hablaba no sabía dónde meterla, porque parecía que aquello que a mí me gustaba tanto no sabía cómo insertarlo en un discurso académico.

 

Bueno, tu literatura no entra tampoco en ese discurso purista, académico.

Pues más me vale que entre, porque si no no sé de qué voy a vivir (jaja). Pues no, no entra.

 

El crítico Ángel L. Prieto de Paula dice que un “clásico” es un autor que se estudia en “clase”. En consecuencia, ¿aspiras a ser un clásico?

Reed hay momentos en que se la juega, digo artísticamente, y podía haber salido muerto. Cuando graba Metal Machine Music” podía haberse sepultado, es un disco ruidista, un disco que podía haberlo hecho salir del negocio. Sería como escribir una novela ilegible. Después de haber hecho un disco como Transformer”, que se vendió extraordinariamente bien, va y hace un disco que no hay quien lo entienda. Reed estuvo en ese forcejeo de hasta dónde se puede llegar en el rock, hasta dónde la industria permitía que se llegase, explora esos límites constantemente. En esa línea está su colaboración con Metallica. Otro ejemplo: Berlin” fue un fracaso de ventas, y un fracaso de crítica.

 

Recogemos. Es hora de levantar el vuelo y de que Vilas siga ensayando límites en sus entrevistas de la tarde. La gente enrolla cables, recupera abrigos yo, a la mía, busco el hueco y meto el cuerpo. Está bien que te hayan permitido explayarte sobre LR, y que demuestres tu vasto conocimiento de su obra –le digo– pero sabes que tu libro habla infinitamente de ti. Que todos tus libros al final son una excusa para hablar de ti.

Ya. Pero eso no se puede decir (jaja), o no vendo (jaja).

 

Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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