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Manuel Vilas

Manuel Vilas

Umbral sigue vivo

 

Texto Xavi Granda

Fotos Columna Villarroya

 

Manuel Vilas es un autor verdaderamente inclasificable: poeta, narrador, cuentista, recopilador de estados de Facebook… Nacido en Barbastro en 1962, publica ahora “Setecientos millones de rinocerontes” (Alfaguara, 2015), historias surrealistas y delirantes con el hilo conductor de estos animales en peligro de extinción: nos cruzamos a los fantasmas de los mitos del rock con crímenes mediáticos, autoreferencias reales e inventadas, reconciliaciones entre popes de la literatura y la olvidada sombra de Francisco Umbral, entre otras. Un libro adictivo, personal e imposible de dejar de leer.

 

¿Por qué los rinocerontes para vertebrar la historia?

La idea era la búsqueda de un animal que pudiera ser, en cierto modo, un símbolo de esa parte indefinida y fácil de precisar de la condición humana que se nos escapa. Todos los animales tienen su simbología: el león es el rey de la selva, el perro es el mejor amigo del hombre, los insectos son desagradables…  Y me fijé en el rinoceronte –antes lo hizo Ionesco– por esa apariencia gigantesca y por impresión de que no sé qué hace en este mundo. De ahí pasé a la condición humana, porque no sabemos muy bien qué hacemos con nuestras vidas. Me pareció que el rinoceronte podía simbolizar esa grieta, la falta de significado final de nuestra propia vida.  

 

Apuestas por distorsionar los apellidos, los títulos de obras conocidas… ¿por qué ese juego?

Es mi marca, no es la primera vez que lo hago. Cambio los nombres de personajes históricos porque he sido durante muchos años profesor de instituto (ya no lo soy) y mis alumnos, cuando les preguntabas, te cambiaban los nombres. Por ejemplo, te decían Lope de Cervantes o Pablo García Lorca, en vez de Neruda. Me parecía sintomático de una duda sobre cómo se llaman las cosas. Y distorsionar los nombres de los grandes personajes históricos me parece también una forma de llamar la atención sobre el hecho de que, a lo mejor, no estamos definiendo bien las cosas. Es una duda casi metafísica sobre cómo se llaman las cosas.

 

En el libro citas a Umbral, que jugaba mucho con su apellido, con su biografía. Tengo la sensación de que está un poco olvidado, ¿qué opinas?

En todos mis libros me gusta escoger un personaje de la historia de España reciente para poder hablar del país. Y Umbral, como escritor un poco olvidado, me venía bien para hablar de un momento literario que es reflejo de un momento histórico: reflejaba la España de la Transición y cómo se hacía literatura en ese momento histórico y vi una serie de características que se han perdido en la literatura española. Yo no me rasgo las vestiduras porque el tiempo pasado fue mejor. Este, pese a todo, siempre será mejor que cualquier tiempo pasado, porque la historia avanza.

 

Manuel Vilas

 

¿Y qué representaba Umbral?

Un tipo de escritor intempestivo, violento, vesánico, irresponsable políticamente, pero nunca aburrido. Y el recordatorio de que la literatura sirve para luchar contra el aburrimiento moral y político lo vi muy bien reivindicando esta figura. Ahora tenemos escritores que escriben en periódicos y son todos políticamente muy aseados pero son muy aburridos: Umbral era el “no aburrimiento”, era siempre muy divertido aunque tuviese opiniones erradas.

 

Le haces hablar, al igual que a otros muertos famosos…

Me gusta mucho hacer hablar a los muertos y Umbral habla desde la muerte, de la España presente, pero como si estuviera muerto.

 

Y da la impresión de que te lo pasas muy bien imitando su estilo.

Sí, hay momentos que lo hago, porque su estilo era absolutamente suyo, era una marca. Es importante recordar que los escritores que generan marcas literarias le vienen muy bien a la literatura: si coges una página de Umbral, a las cuatro líneas sabes que es de Umbral. Pero coges muchos escritores y son intercambiables. Yo creo que un escritor tiene que tener su propia fábrica de producción.

 

¿Y tú crees que la tienes?

Yo pienso que sí, surge. Igual pasa en el pop y enseguida distingues la voz de Elvis Presley de la voz de Lou Reed.

 

La música también está muy presente también: hablas de Jimi Hendrix, Janis Joplin, Joy Division…

Hablo de los muertos (ríe), son cantantes muertos que son como ángeles. Este libro está trufado de temas que se repiten y lo ordenan: separaciones, divorcios, la muerte y el alcoholismo. La música está presente en ese relato en el que todos estos muertos deciden cantarle al Greco, que está viendo un cuadro. Tiene que ver con la idea de la insuficiencia del arte: El Greco ha pintado un cuadro pero el cuadro es insuficiente, porque no está vivo. El arte es un pálido reflejo de la vida pero no es la vida. La fama de los músicos muertos también es graciosa: Elvis es el capitán general, está Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, está John Lennon

 

Manuel Vilas

 

Que se pica…

Sí, es el que dice “joder, vosotros estáis muertos porque eráis unos macarras y unos colgados, pero a mí me pegaron un tiro y no tendría que estar aquí”.

 

Está también Brian Jones.

Menos Lennon, están todos por exceso de vida. Brian Jones fue líder de los Stones, apartado de manera brutal por Mick Jagger, aunque de eso nadie se acuerda. Me apetecía sacarlo porque me gusta siempre sacar a los que les ha ido mal, me parece una manera de recordarlos.

 

También sale tu padre en una habitación de hotel en los años 50.

De nuevo tiene que ver con los muertos y la pérdida, reflexiono mucho sobre ello: he perdido a  mi padre y a mi madre y fabulo mucho sobre ello. Es un tópico, evidentemente, pero todo el mundo descubre la importancia de sus padres cuando se mueren y yo, a partir de ahí, construyo mucha literatura. Ahora estoy con un nuevo libro en el que los padres son fundamentales, porque regresan constantemente a la vida del hijo y se le manifiestan.

 

Cambiando de tema, hablas también de un crimen muy mediático que sucedió hace pocos años aquí, en Barcelona.

Monto una trama absolutamente psicodélica a partir de este crimen real y fabulé esta historia, con una asesina que lleva mi apellido y un policía retratado con una foto mía, es un juego de identidades, son perversiones literarias (ríe).

 

¿Por qué ese juego con las imágenes? Hablas, por ejemplo, de unos comedores de galletas y lo ilustras con una estampa religiosa.

En mis libros siempre hay unas distopías, narraciones sobre cómo será el futuro. Y recordar que el futuro puede ser muy inesperado y muy fantástico y este relato está en ese sentido.

 

El hecho de que haya historias tan diferentes, ¿crees que despista al lector, o hay un eje común?

Es un libro muy mío, el lector tiene que estar dispuesto a la sorpresa. Sólo se le pide que admita la sorpresa como posibilidad literaria.

 

Para quien no te haya leído nunca, ¿este libro es un buen punto de partida?

Creo que sí, es una buena forma de empezar.

 

El relato final es demoledor: cómo la industria genera fenómenos literarios, en este caso unos niños prodigio.

La idea del culto a la juventud está bien; me pareció que se podía parodiar con la idea de que un chico gana el Premio Planeta con 14 años (ríe) y se enamora de una escritora de su edad. Todo esto lo veo como una fiesta carnavalesca del mundo, no me rasgo las vestiduras y les doy una dimensión literaria, es la idea de los infantes visionarios, de la infancia que perturba porque todos los que entran en contacto con ellos salen eufóricos y felices.

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Haces también burlas de la crítica y de todos los topicazos de los suplementos culturales, buscando referencias a otros escritores.

(Ríe) Me interesaba parodiar el lenguaje de la crítica literaria, pero es una parodia amable. Creo que todo es parodiable y es muy bueno que haya humor y parodia de las realidades que vivimos a veces con excesiva solemnidad. Y la literatura es un buen sitio para parodiar todo, es una lección muy cervantina, el Quijote es eso, una parodia de todo. Y yo parodio todo, pero sin ánimo dramático. Que los dramas los pongan otros.

 

Otro momento formidable es la parodia del circuito de bolos de escritores.

Es la idea de un escritor que acaba trastornado por los bolos. No entiende nada, porque le invitan para insultarlo y denigrarlo. Son caos de las vidas privadas, pero que están ahí: todo el mundo está a punto de caer en un agujero negro de su propia vida en el que, de repente, el orden se desordena y te puedes volver medio loco. Estamos siempre al borde del abismo y la sociedad también, como ha pasado ahora con el tema político. Y, por otro lado, este cuento tiene que ver con los escritores –que por mucho que sean celebrados y aplaudidos– siempre tienen una duda sobre lo que hacen, son muy frágiles y vulnerables. Cuando un lector un día le dice que uno de sus libros es una puta mierda, lo pasa fatal ese día, aunque sea Premio Nobel.  Es una exhibición de subjetividad y, en cualquier momento, el lector le puede decir que su libro es infumable.

 

¿Y cómo surge la idea de arreglar la mítica pelea entre Vargas Llosa y García Márquez?

Con independencia de los personajes, quería construir un himno a la reconciliación: buscaba lo absurdo que es que dos seres humanos se odien 50 años, pensé en estos odios que se prolongan hasta que se mueren los odiadores. Yo me distingo de otros escritores en que elijo personajes ya existentes. Entiendo que en el siglo XIX tuvieran que crearlos, porque no existían medios de comunicación. Pero en un momento en el que el abanico de posibilidades de la telerrealidad es brutal y todos los personajes están en la pantalla, ¿para qué crear otros nuevos? Y escogí a estos dos exponentes máximos de la literatura en español, que se odiaban y quería exponer la idea de la necesidad de la reconciliación.

 

En el libro muestras tu fascinación por Chicago.

Es una ciudad maravillosa y el lago Michigan me perturba muchísimo: me interesa, como todo lo que sale en el libro, por esa naturaleza dudosa, como el rinoceronte. Es un lago que no se sabe muy bien que es, para un observador asombra la cantidad de agua que tiene y que no sea un mar. Es la metáfora general en todo el libro, ¿qué es un rinoceronte, qué es un ser humano?

 

¿Has visto rinocerontes en su hábitat?

No, me pasa como Durero que, como cuento en el libro, lo pintó de oídas. Lo he visto en un zoo.  

 

Manuel Vilas

Xavi Granda

Xavi Granda es belga, hijo de peruano y española y residente en Badalona. Periodista freelance, para dar de comer a sus hijas escribe de medicina en infinidad de medios generalistas y especializados como El País, La Razón, Diario Médico, Correo Farmacéutico y El Médico, entre otros. Para vivir, habla y escribe de música, libros y cine en Onda Cero, Fiat Lux y el blog ojoalacartelera.com, del que es coeditor.

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