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Jonathan Lethem

La tierra de la contradicción

 

Albert Fernández

Fotos 1 y 2 Milo J. Krmpotic'

 

Mientras los cerebros siguen engordando con la idea de revolución, los movimientos de protesta se manejan apenas a pulso de mouse y la historia se engulle o repite, Jonathan Lethem irrumpe con una lección de memoria ficcionada. “Los jardines de la disidencia” (Mondadori, 14) es la gran novela (anti-)americana del momento, un recorrido a través de tres generaciones de neoyorquinos, todos ellos activistas políticos, hippies y comunistas. Desde la Era de Acuario al movimiento de Occupy Wall Street, el escritor de Brooklyn traza un mapa moral del desastre de la izquierda americana a través de la discontinua línea de su historia, y además tiene la gentileza de compartir algunas impresiones y una botella de agua con quien firma.

 

Una de las historias que más se conocen sobre el libro es que la inspiración para "Los jardines de la disidencia" surgió de la figura de tu propia abuela.

Partía de la carga de que debía entender todo el siglo XX. Era realmente abrumador, pero algo sobre mi abuela y su posición en la historia me llevó a pensar en nazis, en comunistas, en Abraham Lincoln, en la historia de la ciudad y las relaciones entre Queens y Manhattan. Así que ella se convirtió en la puerta de entrada a toda la situación.

 

El gran lema del libro es lo personal puede ser político, y lo político es siempre personal. Es una buen punto de partida para hacer que todos los personajes se definan y delimiten, partiendo de la abuela Rose.

He de decir que en muchos aspectos este libro es el negativo fotográfico de ni obra anterior, "Chronic City" (Mondadori, 11), un libro gigantesco que trataba sobre la ingravidez, personajes que viven en una amnesia total, con ninguna responsabilidad respecto a la historia, ni comprensión de su propia culpabilidad. Rechazan tomarse a sí mismos en serio, así que se vuelven cómplices con su propia realidad, con la amnesia histórica. Era un libro muy político, pero nadie lo vio de esa manera, sino más bien como una especie de cartoon hiper-desarrollado, una comedia. Pero creo que era un libro muy enfadado con la realidad actual.

 

Los personajes de tu nueva novela son justo lo contrario, están del todo en contacto con lo que sucede y los movimientos políticos.

Sí, he invertido todo aquello. De alguna manera, estos personajes están tan inmersos en la historia, tienen un sentimiento de culpa, o se apenan por ser víctimas, o incluso perpetradores de la historia. Su sentido de relevancia histórica y su comportamiento están exagerados hasta un punto absurdo. Se toman a sí mismos totalmente en serio. Así que cada uno de estos dos libros de alguna manera es la respuesta para el otro. Pero eso también significaba que tenía que tomarme en serio su relación con la historia, aunque solo fuera parte de lo expuesto, la absurdidad de esa situación.

 

Precisamente, el otro gran pilar del libro son las relaciones, trata sobre la maternidad, apela a lo íntimo.

Trata sobre relaciones individuales. Tiene ese gran trasfondo histórico, pero prácticamente se trata de la política de una persona con otra: qué se puede dar y qué se puede recibir, y la sostenibilidad del sistema. Rose y Cicero, ese chico negro adoptado por una judía comunista separada, te llevan al más sofisticado orden de inteligencia política. El sistema se rompe. O un madre y una hija, solas en un apartamento: qué está permitido a entrar en esa frontera, y qué será rechazado. 

 

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Ahora que lo mencionas, el segundo episodio, con la larga conversación entre Rose y Miriam, y el melodrama de Rose en la cocina, me llevó a pensar en el segundo episodio de "Franny y Zooey", con Zooey hablando con su madre en el baño, aunque está claro que hablan de cosas totalmente diferentes y aquí se da otra tensión. 

Nadie había hecho esa conexión, pero me encanta. Es perfecto. Reí todo el material de Salinger cuando era muy joven, y creó que penetró muy profundamente en mi sensibilidad y mis ideas sobre en qué consistía escribir sobre relaciones humanas. Probablemente no pude evitar sumergirme en libros como el que mencionas. Aquí se trata de la voz, de como te dejas llevar por tus quejas, la argumentación, en qué consiste vivir dialécticamente, en un punto donde todo se debe entender únicamente en términos de concepto, y la compresión solo emerge a partir de las crisis y el desastre. Trata mucho sobre New York, la actitud judía y las voces judías. En pensar en ese legado que, en muchas ocasiones pienso que tampoco debería considerar mi legado. Vengo de un montón de sitios diferentes. Durante cuatro novelas no escribí para nada sobre New York. La gente la olvida, porque me he hecho sinónimo de Brooklyn. Y durante siete novelas no ha hablado sobre judíos, ni siquiera los he mencionado (risas). Lo cierto es que pensaba si quería volver a eso. Parte de esto trata sobre la vergüenza, que viene de la mano con la izquierda americana. Especialmente el comunismo americano, que es un área de desasosiego, bochorno y humillación. La gente no quiere pensar en esta parte de su familia, o parte de sus propias vidas. No quieren darse cuenta de su influencia. ¿De cuántas maneras puedes ser descalificado? Primero soñabas con la Unión Soviética, que se convirtió en una pesadilla totalitaria, pero sigues idealizándola. De repente, hay un montón de agentes del FBI entre tu grupo de gente, y dan las mejores recomendaciones, así que haces lo que dicen. Y entonces llega el discurso de Kruschev, y te sientes avergonzado. Tu gran héroe crece entre espías. Es una área de desastre. Pero luego está esa belleza, que es muy americana: el positivismo, el impulso utópico. Hay una serie de conexiones que no podemos ignorar, se da una continuidad.

 

Seguir esa línea temporal es como recorrer los pasos de una herencia.

Sí, es como la historia de una familia. Incluso la política tiene esa cualidad de humillación personal, de revelar secretos familiares, y decepciones.

 

Exacto, en la novela, los lazos familiares subrayan incluso más esas humillaciones y las aristas que se derivan de ello. Se trata de una familia, aunque haya personajes que no tengan un vínculo sanguíneo.

Sí, yo tiendo a pensar en las familias como negociaciones, quien está dentro y quien fuera. Crecí en una comuna y allí haces familias, de las que se crean por voluntad activa, por tu compromiso. La gente puede ser incluida o excluida (risas). En muchos sentidos, la relación más substancial en el libro es la de Rose y Cicero, y tiene el final más feliz de todas las parejas de personajes, contra todo pronóstico. Estaba muy interesado en como el tiempo cambia tu perspectiva de las relaciones. El pasado es un sitio inestable al que puedes regresar, sacas los cerrojos, y allí está. Cuando Sergius, obsesionado con el pasado familiar, tiene esa conversación con Cicero en el océano, la primera reacción de Cicero es: "¡no lo hagas! ¡No abras la puerta!". Le hacen contemplar cosas sobre las que él mismo no se permite pensar. Y eso va a suponer una gran serie de discusiones y problemas, y negociaciones con su pasado. Tiene que ver con la culpa de Cicero, porque él es quien va al juez. La gran pregunta del libro, aunque cueste seguirla, es: ¿Por qué la abuela no cuida del nieto cuando la madre muere? Y la respuesta es el horno, elemento que ya se introduce al principio del libro. Pero, ¿quien lleva el horno a la puerta de ese juzgado en Philadelphia? Es Cicero quien lo hace. Así que, ¿quien es el responsable? ¿Como aceptas tu responsabilidad por tu rol en la vida de otras personas? 

 

Antes hemos hablado algo sobre esto: los diálogos, la manera de ser de tus personajes. De alguna manera todos son conscientes de quienes son y el papel que juegan, y todos ellos son tremendamente inteligentes, intelectuales con un discurso poderoso. ¿Crees que podrías haberte acercado al espíritu de esta novela con otro tipo de personajes, menos elitistas, más planos?

Bueno, cuando pasa un tiempo, sabes cuales son tus fuerzas. Tiendo a escribir sobre intelectuales, o gente que, aunque no se defina de esta manera, son neuróticos y reflexivos, lo cual no quiere decir que sean conscientes de sí mismos, pero piensan sobre sí mismos. Es parte de su proceso de vida. Esa es la materia con la que trabajo, prácticamente en todos mis libros. Si miras a las novelas de detectives, eran detectives que se preguntaban qué significa ser detective. Los adolescentes de "La fortaleza de la soledad" (Mondadori, 04), incluso en su lenguaje callejero primitivo, tienen discusiones sobre qué significa ser negro. No están simplemente existiendo, están ponderando acerca de ello. Es muy fácil criticar este libro, y creo que ha ocurrido en un par de sitios, por ser un libro sobre el comunismo y no contener personajes básicos, o verdaderos trabajadores. Por supuesto, pero yo he apuntado a mi actitud y mis intereses típicos, gravito entre esos personajes que no disfrutan simplemente de la unión, sino que piensan en lo importantes que son para iniciar esa unión, y qué se espera de ellos dentro de ella. Pero al mismo tiempo, creo que eso me lleva a una mirada interna a uno de los grandes ítems de la izquierda americana, que es que tiende a ser creada por intelectuales que fantasean sobre trabajadores y granjeros, lo cual son proyecciones muy torpes, que no conectan con la realidad. Estaba interesado en eso desde el principio, porque eso era parte de la contradicción de mi abuela, esas ideas tan coloridas y extrañas, aisladas. Ella creía en el hombre común, pero ella prefería la compañía de los hombres poderosos.

 

Como Abraham Lincoln, a quien Rose adora de una manera prácticamente sexual…

Ella amaba a los líderes carismáticos. Lincoln posee un trasfondo fascista. Ella se aburre de escuchar a la verdadera gente común, y creo que no es la primera persona a la que le asalta este dilema. Así que he escrito un libro sobre una de las formas del deseo de la izquierda americana. Es muy difícil consumar su destino, porque siempre miran hacia fuera, a la ciudad, y necesitan una legitimidad cosmopolita, una validación por parte del hombre común. Es una línea que no se puede cruzar. Una de las cosas que me interesaban es esa concreción de derecha e izquierda, que es parte de la confusión americana: una nación obsesionada con las ideas de libertad e igualdad, pero al tiempo impulsora de la victoria individual, la autosuficiencia, el poder, que siente desprecio por los perdedores y las víctimas. 

 

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Podríamos decir que la novela es una especie de gran introspección ácida y parcelada, entre individuos y partes de la historia.

Quería escribir sobre estos personajes, porque tienen que ver mucho que ver con mi propia experiencia de crecer en un entorno de protesta, con todo aquello que todavía se mantiene hermoso para mí, y también todo lo que, desde el punto de vista de mis hijos, suenan contradictorias o absurdas. No creo que haya acabado pensando que he aprendido algo sobre las relaciones, o la idea del movimiento social popular, y su destino en el mito americano, lo cual me deja perplejo (risas). Son simples observaciones acerca de los intelectuales americanos, los hipsters, que siguen reinventando su sueño de ser granjeros, una y otra vez (risas). Incluso cuando ni siquiera es un deseo político, tiene que ver más con la manera en que visten las estrellas del rock, con sus barbas y todo.

 

¿Cuanto de Rose, de tu abuela, define tu idiosincrasia como individuo?

Hay una descripción que no está en el libro, pero yo la veo. Su gran logro en la vida se da cuando tiene 16 o 17 años, cuando se enfrenta al Antiguo Testamento. Declara a su padre en la mesa, algo que se describe muy brevemente en el libro, que ella es atea. Haciendo esto, ella destruye simultáneamente la autoridad de su padre, pues son una familia religiosa, y destruye la imagen de Dios. Es un gran pedazo de auto-invención intelectual. Ella tiene esa poderosa intención de convertirse en algo diferente, más sofisticada y materialista, y, eso cree ella, más honesta. Así que dedica su vida a la causa de la humanidad. Lo que no ve es el precio. Por ese asesinato que comete en esencia, el asesinato simultáneo de Dios y la familia, ella crea un vacío terrible, que la lleva a la necesidad de un nuevo Dios. Esto es muy típico, incluso un cliché: el comunismo se convirtió en su dios. Marx, Stalin, se convierten en los substitutos. Y entonces, muy rápidamente, la decepcionan. Aunque nunca lo admitirá, la decepcionan, necesita un dios mejor. América, y Lincoln, y Franklin Delano Roosevelt, y el alcalde de New York, que en aquel momento es Fiorello La Guardia, representan sus dioses de reemplazo. Esa necesidad de substituir a quien mató es su carga psicológica, cuán feroz tuvo que ser para romper con su familia. Si me miras a mí como persona, soy la tercera generación de ateos, no tuve que hacer ese trabajo. En términos históricos, hubo ateos anteriores, pero estaban avergonzados, lo guardaban en secreto. Pero yo vengo no solo de una madre, sino de una abuela, que decidió decir orgullosamente "yo no creo". Así que si tuviera que reconstruir esa creencia, no creo que me fuera posible hacerlo sin culpa. Mi dioses, si los hay, son la cultura, las artes, la protesta  (risas), la sensibilidad de mi familia, … Pero creo que no me he sentido intimidado por las cosas que han tenido que cambiarse, no de la forma en que Rose convivió con el amanecer del comunismo y otros ítems históricos, que tal vez se vivieron con la misma sensación de amenaza del Antiguo Testamento. 

 

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Dices que escribiendo este libro has encontrado una gran cantidad de contradicciones en las izquierdas estadounidenses. No sé si, con tu implicación en movimientos como Ocuppy Wall Street, que también aparece reflejado en la novela, has llegado a ver algún punto claro, o algo que falta por hacer y nunca se alcanza.

No creo que pueda dar ningún consejo o prescripción relevante. Creo que Occupy fue algo emocionante. Llegué muy lejos en mis propios deseos de cambio, a través de la expresión de estos, con el campamento. Fui humilde, no me sentía escéptico, me metí del todo. Pude sentir cierto cambio generacional fundamental, gente más joven que yo habían resuelto como autorizarse a expresar sus deseos en voz alta, y no llevaban la carga de algunas aprensiones que yo experimenté, y a las que son propensas la gente mayor que yo. Así que pensé, "déjales liderarme, no quiero darles sermones". Diría que podrías verlo todo como una súplica de historicismo. Pero no hay historia, se trata de no ser anónimo. No se trata de pasar por todo el catálogo de la izquierda y decir, vamos a ser este o aquel, "¡Vamos a ser Trotski! ¡Me quedo este!"  (risas). No creo que el menú del pasado esconda alguna respuesta secreta. Pero creo que la enfermedad americana de la amnesia es peligrosa para cualquier propósito. Así que el libro es una especie de solicitud para encarnar el pasado, por vergonzoso, torpe o comprometido que pueda resultar. Creo que mucha gente que trabajaban en Occupy estaban bien informadas, solo que no pensaban que todo aquello incluyera la mejor prescripción para moverse hacia delante. Creo que en aquel momento se logró aquello que se necesitaba, a veces de manera resbaladiza o ilusoria, estilo: "¿Quién crees que somos? Somos la otra cosa. Somos los que no se mencionan. Somos el 99 %". Era anti-capitalismo, sin aclarar necesariamente que otra cosa era. Se trataba de decir, "sé que pensáis en nosotros, pero no os hablamos a vosotros, le hablamos al resto, a los que son como nosotros". Esa parte ilusoria era muy importante. Asi que, vale, si me fuerzas a dar algún tipo de consejo de abuelo, creo que sería: "no seas demasiado ahistórico"

 

Ahora que hemos hablado de porcentajes, se me ocurre preguntarte algo que no tiene nada que ver con el libro, o se sostiene con alambres. Hay un anuncio de un banco, aquí en España, donde aparece Bob Dylan, y sus palabras se manipulan de manera gloriosa, para concluir precisamente que ese el banco adecuado para las minorías. Es una manipulación apestosamente gloriosa. Dada tu enorme filia con Dylan, desde luego nos interesa tu opinión.

Pasó algo similar con un anuncio de camiones en un intermedio de la Super Bowl. Creo que es una situación muy divertida, en cierta forma. Se da la ironía de que tienes esa figura que pasó tantas décadas de su vida buscando algo que decir a su público, y finalmente ha acabado decepcionando lo bastante sus expectativas (risas). Él lo intenta una y otra vez, y el público, la mayoría, se mantiene, y vuelve. La cristiandad casi hizo el trabajo, pero esos anuncios puede que hayan sido más efectivos (risas).

 

Vamos a acabar con algo totalmente diferente, que no puedo evitar. Hace algunos años escribiste un cómic que adoro, "Omega el desconocido" (Panini, 09). Creo que su publicación americana fue algo caótica, tal vez eso te cansara en algún punto, pero mi pregunta obvia es si piensas en escribir algún otro cómic en el futuro.

La verdad es que no tengo demasiadas expectativas de repetirlo. Aquello fue perfectamente satisfactorio, hubo momentos divertidos en el momento de su publicación. Creativamente, esa combinación de elementos narrativos y ese personaje, el personaje sobre el que más quería escribir, fue total. La verdad es que adoro escribir ficción, novelas, es algo que no puedo reprimir. Pero escribir un cómic se parece más a escribir una obra de teatro, la actividad que desarrollas es más torpe, dolorosa. Adoro el resultado, pero la actividad no me satisface. Mientras escribía las descripciones de cada viñeta, me sentía un tanto frustrado. Era como dibujar planos en vez de construir edificios. Prefiero construir edificios, así que no creo que sea algo a lo que vuelva, a menos que se dé la tormenta perfecta de personajes y circunstancias que lo vuelvan irresistible para mí. En todo caso, sigo ligado al mundo del cómic, el año que viene seré el editor de un libro sobre los mejores cómic americanos.

 

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Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com