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Guy Delisle

Lejano mundo

Albert Fernández

 

Después de viajar a las más extremas ciudades asiáticas, al corazón del conflicto entre cristianos, musulmanes y judíos, y conocer de primera mano cada entorno que describe en sus obras, Guy Delisle ha descubierto una fascinación que no le deja salir de casa. Un año después de publicar el primer volumen de memorias en viñetas sobre sus andanzas hogareñas, en “Guía del mal padre 2” (Astiberri, 14), el autor canadiense sigue demostrando que la relación con sus hijos se puede analizar como la trayectoria de un país, y, además, es mucho más parodiable. Delisle se retrata como un sátiro, que adora a sus hijos, pero los tortura con bromas pesadas e historias terroríficas. Amén de esconderles los cereales buenos.


Con Guy Delisle hemos aprendido casi todo lo posible sobre Corea del Norte, antes de que el soberbio Kim Jong-un, hijo del fallecido Kim Jong-il, se convirtiera en el máximo mandatario del país y ocupara las portadas de los periódicos a diario. Con él hemos vivido la actividad de una de las más poderosas megalópolis chinas, y nos hemos adentrado en la Ciudad Santa o en las incomodidades de la disctadura militar en Rangún. El ímpetu explorador de sus vivencias en los viajes junto a su mujer, colaboradora de Médicos sin Fronteras, queda plasmado gracias a la sencillez narrativa y su línea fina y amable, propia de la animación. Ahora, Delisle, se permite quedarse en pantuflas y mirar lo que tiene alrededor. “Guía del mal padre” y "Guía del mal padre 2" se centran en sus hijos, un niño y una niña que no saben qué esperar cuando se les cae un diente o su padre les arropa en la cama. El resultado no podía ser más encantador y desternillante. Claro que Delisle no es un padre cualquiera: monos que roban bebés, bromas grotescas con motosierras, dramas con deberes que se pierden a última hora del domingo y subterfugios con los cereales del desayuno son parte de su repertorio. Nos encontramos con este intelectual sencillo de la bande dessinnée, para departir ampliamente sobre su vida y su obra.



La primera pregunta casi debería ser por obligación “¿donde vive ahora Guy Delisle?”, dado que sus viajes y estancias en países como Corea o Israel han determinado sus obras.
Vivo en Francia, en Montpellier, desde hace veinte años. Por lo tanto, soy casi más francés que canadiense. Salí de Canadá con la veintena recién cumplida, he estado más tiempo en Francia que en mi país.



Esa es otra pregunta que circula en torno a ti, si alguna vez has pensado en hacer un cómic sobre Canadá, y tratar la situación de Quebec, porque también hay una situación política a explorar allí. 

Al no vivir allí, no sabría como plantear la situación de Quebec. Veo las cosas de forma muy subjetiva, y tampoco me siento del todo interesado por los temas políticos. Yo incluyo elementos políticos, pero sobre todo exploro los elementos cotidianos, por lo que una cuestión tan politizada no acaba de atraerme.


En referencia a eso, ¿como conceptualizas tus obras, movido por el compromiso, o a través de una mirada más existencialista?
No creo que podamos hablar de una mirada existencial. Es una forma de muy simple de ver las cosas, yo describo lo que veo en cada lugar, en cada país. Cuando regreso a mi casa en Montpellier, y me pongo delante de la página, descarto los aspectos que me parece que no aportan nada, y conservo aquello que aprecio como divertido, interesante. Pero nunca viajo a un lugar con ideas preconcebidas.

 

 

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Imagino que, con tu célebre obra “Pyongyang” (Astiberri, 05) en mente, todo el mundo debe estar preguntándote sobre lo que pasa en Corea del Norte, como si fueras una especie de consejero.
Sí, me han contactado numerosas veces, pero de veras que no lo entiendo: ¡yo estuve allí hace diez años, y tampoco soy ningún especialista de la situación en Corea! La información que yo tengo es la misma que tiene cualquiera leyendo el periódico.



Atendiendo a la metodología de una obra reciente como “Crónicas de Jerusalén” (Astiberri, 11), parece que tengas el itinerario muy claro: viajas a un  sitio, concibes la obra, visitas lugares con un bloc de notas para hacer apuntes y esbozos, y también tomas fotos, pero a menudo dibujas el álbum, o terminas de paginarlo, en otro lugar. ¿Ese método comenzó de una manera más abrupta, tratando de plasmar las cosas in situ? ¿De qué manera ha cambiado? ¿Necesitas ese tiempo de meditación y reposo de ideas antes de empezar a dibujar?

Para mí es esencial ese lapso de tiempo, que me permite tomar conciencia de la experiencia, y poder subrrayar sus aspectos más importantes. Por ejemplo, “Crónicas birmanas” (Astiberri,  08) sí que lo empecé allí, y una vez que volví a Francia, me di cuenta de que algunas de las páginas que había dibujado y escrito en Birmania no funcionaban. Así que tuve que quitar muchas de esas páginas, porque fuera del contexto habían perdido su significado.Por eso es importante que tome cierta distancia, ya que trabajando impulsivamente no sublimo el discurso de la manera más acertada.

 

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En relación a cómo tu obra viene siempre marcada por la realidad y el sitio donde elaboras tus álbumes, otra cosa que me pregunto es si nos estamos perdiendo muchas ideas de ficción que Guy Delisle nunca desarrolla, si hay apuntes de ficción pendientes de hacer.

En los libros de crónicas la ficción no funcionaba, el puntal era siempre el elemento realista, porque la ficción puede crear engaño, y no se puede mezclar. Pero en cambio, en mis últimas obras, donde exploro la relación padre-hijo, sí que utilizo elementos de ficción.



Es curioso, porque es tus libros más realistas, como “Shenzhen” (Astiberri, 06) o “Crónicas de Jerusalén”, utlilizas un filtro más amable para hablar sobre cosas muy duras, dado que las situaciones reflejadas ya son de por sí muy dramáticas. Pero en cambio en tus últimos libros, los dos volúmenes de “Guía del mal padre”, tiras de cierta crudeza irónica para retratarte como progenitor y tutor.  ¿Cómo funciona esta paradoja?

Sí, justamente, como soy yo mismo, me permito ridiculizarme, o ser cruel. También lo había hecho en otros libros de niños, donde yo aparecía, como “Luis va a la playa” (Factoría K, 10). Me gusta ese rol para mí, de malo, de personaje negativo. Lo que me interesaba en “Guía del mal padre” es observar a mis hijos igual que se observa un país. En la relación con mis hijos, al ser tratado con humor, me podía permitir la exageración y la fantasía, porque son recursos muy buenos para los gags, para suscitar la risa.

 

 

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En cierto sentido, “Guía del mal padre” se emparenta un poco con los cuentos clásicos, que poseen grandes dosis de crueldad. No sé si los tenías en mente al hacer el libro.  


Sí, los cuentos clásicos son muy crueles, los nuevos ya no tanto. Este es un libro sobre todo para padres, porque cuando los hijos son pequeños, el padre tiene que ser un modelo en todos los sentidos. Es mi manera de decir que estoy harto de ese papel de modelo, que soy de carne y hueso, no un paradigma. Es un libro que regalo a mis amigos que son padres, por solidaridad. (risas)



Tu estilo de dibujo es muy definido y único. Tu prosa no abunda en lo macabro a través de los pasajes duros en tus obras más realistas, pero esa forma clara de tu trazo, como de dibujo  animado sin colores, trasmite tanto que te sirve también para obras de corte humorístico, como este último.
Yo quiero que mi dibujo y el texto sean siempre ligeros. De hecho, el dibujo siempre suaviza un poco los contenidos trágicos. Por ejemplo, en “Maus”, Art Spiegelman suaviza la gravedad de lo que cuenta dibujando ratones, unos personajes de aspecto ligeramente cómico.

 


¿Cual es tu relación con otros autores, y con el debate entre el cómic físico, postulado a la enésima vanguardia con obras como “Building stories”, de Chris Ware, y el digital, dado que tú mismo te dedicas a un blog?
No sé si el mundo del cómic digital está funcionando. En Francia está presente, pero apenas avanza. El único cómic que se vende en ese formato es “The walking dead”. Bueno, creo que es el único cómic que se vende, a rasgos generales (risas). Yo tengo un Ipad, pero no me apetece nada ponerme a leer cómics en él. Soy de otra generación, prefiero el formato clásico. Lo mismo me pasa con las novelas. En un año puedo leer tres o cuatro, no me da tiempo a más.



¿Y cómics?
Tengo muchos más cómics que novelas. Leí todo “The walking dead” hace poco, y ahora leo manga. Me interesa mucho empaparme de todas las formas en las que abunda el cómic contemporáneo, ver viñetas de diferentes autores y partes del mundo.



Con todas las convenciones sobre el noveno arte que visitas, ¿alguna vez has pensado hacer un álbum sobre salones de cómic, con el tratamiento de una crónica de guerra?
Sí, pero sería un divertimento. Partiría de la realidad, para desembocar en algo totalmente díscolo, alucinado y fantástico.

 

 

 

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Guía del mal padre 2

Guy Delisle

Astiberri

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Albert Fernández

 

Es posible que agarres con despapego el segundo volumencito de la obra hogareña y confesionaria de Guy Delisle y pienses "¡Bah!, este tío ya se ha estancado. Ahora nos va a dar la paliza con sus nenes y los días que le toca preparar la cena durante años". Y entiendo el recelo. Yo mismo, con todo el cariño que le profeso a este ilustre de Quebec, solté un leve chasquido al tener frente a mí esta parte 2 de sus andanza familiares. Aunque lo cierto es que le superó el suspiro de cariño. Y he de decir que no era un suspiro de cariño tal cual; no era afecto cándido, sino algo mucho más retorcido: el sentimiento perverso de quien es invitado a volver a escuchar historias grotescas, a mofarse descaradamente de lo más sagrado, a aplaudir las chanzas más irreverentes. 

 

Y es que el título de la obra es tan certero como sus páginas, repartidas en cuantos volúmenes se quiera: "Guía del mal padre 2" delinea con la misma precisión y economía narrativa que su predecesor relatos que no precisan de mayores preámbulos o emplazamientos, porque quien lee ya se siente del todo ubicado. Mientras todo el mundo a tu alrededor va teniendo hijos y presumiendo de dramáticos giros vitales consecuentes con la paternidad, el gran Delisle sigue mostrándose como un crío revoltoso y malnacido, enseñándonos el reverso más retorcido de esa gran misión que nos ha encomendado la Madre Naturaleza. 

 

Las risas se me escapan en el autobús: el padre dando la brasa con el vídeo juego vintage, inventando historias de psicópatas en medio del bosque en lugar de tiernos cuentos para hacer dormir a su hijo intranquilo de excursión, o contradiciendo todas las normas alimenticias de la casa en ausencia de su mujer. Delisle nos estampa su anti-guía de comportamiento paterno como revoltosas manchas de pizza sobre la pared, y nos hace retorcernos de risa apelando a lo macabro, igual que los viejos cuentos tiraban de extremos aterradores para construir su moraleja. 

 

No sé si Delisle nos enseña algo con todo esto, probablemente no. Pero divierte, vaya si divierte. Sus viñetas sin marcos, sus niños pintados como monigotes estupefactos, y las sonrisillas torcidas que se dibuja a sí mismo, son justo lo contrario a un chiste que deja de hacer gracia. 

 

 

Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com

 

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