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Tao Lin

Memorias pixeladas

 

Albert Fernández

Fotos Jordi Vidal

 

Si has leído a Tao Lin, o has leído sobre Tao Lin, te habrán llegado a la sesera conceptos como Alt-Lit, astenia hipster, autoficción, y tendrás en danza retazos de jóvenes bohemios definidos por la apatía, el tedium vitae y el mal de vivre; sabrás de sus chats, sus relaciones en Facebook y los blogs que leen; y, por supuesto, se habrán listado una gran ristra de fármacos, la receta habitual del universo del escritor: Adderall, LSD, Flexeril, Percocet, hongos, Xanax, … ¿Hay algo más que eso? Desde luego. En su nueva novela, “Taipéi” (Alpha Decay, 14), Tao Lin no trata tanto de ofrecer un reflejo de la realidad, como de causar un efecto. La desafección y un absurdo hambre de vida se entremezclan, mientras la memoria de sucesivas fiestas, viajes, drogas, comida basura y novias reales o potenciales se pixela y deforma. 

 

 

En su tercera novela publicada en nuestro país, Tao Lin explora en sus propias vivencias para destilar densos párrafos de autoficción, donde se percibe el confinamiento y la pérdida de significados de nuestros días, embebido en un perpetuo ritual de estímulos que va de las drogas a las redes sociales, en una órbita donde circulan las relaciones familiares dañadas, la sombra del fracaso, y la idea de un diseño por encima de todo, que nos lleva a contemplar tanto la eternidad como la extinción de la vida. Paul, el joven escritor taiwanés que protagoniza “Taipéi”, representación del propio Tao Lin, posee cierta intuición sobre la manera en que la tecnología nos conduce a la singularidad. Buscar esa distinción de lo común significa que hay algo que trasciende, va más allá de la vida. Aún así, Tao Lin prefiere decir que su libro no es existencial.

 

Curiosamente, mi encuentro con el autor no es a través de un chat, o un mail, que probablemente sería lo que parecería más natural tratándose de quien se trata. En la librería donde nos encontramos antes de una de sus presentaciones, sentados en la mesa con un café y un agua, Tao Lin me mira siempre de lado, como si padeciera cierta rigidez en el cuello, y responde en un  tono monocorde y aséptico, que se contradice con mi propio énfasis. Con todo, el escritor es atento y cordial. Cuando dice algo lo dice de manera totalmente clara, o no lo dice en absoluto. 

 

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¿Podríamos decir que “Taipéi” es una novela selfie?

No. Un selfie es muy fácil, algo que haces rápido, y desde luego esta novela no es eso para nada.

 

Está claro. Me pasa por querer afilarme con la jerga. En todo caso, la búsqueda en tu propia biografía de los patrones para las vivencias de Paul es evidente. ¿Cuánto de tu vida tiene la novela?

Usé mi memoria como un primer borrador para la novela. Desde ahí, escribí un boceto que ya estaba orientado hacía lo que debía ser “Taipéi”. Una vez había transferido todo aquello de mi cabeza al papel, no tomé ninguna decisión sobre la novela en función de cómo habían sucedido las cosas en realidad, o si habían sucedido realmente, o en qué orden concreto. Así que sí, uso mis recuerdos como material, pero a partir de ahí muevo ese material en diferentes formas, como necesite.

 

Hay muchas fluctuaciones en la novela. Cuando tienes el material raíz, que son esos recuerdos, ¿cúal es el primer paso, decidir la estructura, qué ciclos alcanzará, o se trataba más de fluir con tu miasma de memoria?

Probablemente, solo invertí el 5% del tiempo en crear ese primer borrador, que ya contenía la estructura y orientación principales. El resto del tiempo, el 95% del tiempo, consistió en trabajar sobre aquel borrador. Así que el primer paso en realidad fue muy pequeño.

 

El hecho de que varios aspectos de tus novelas, y esencialmente el conjunto de esta, sean un reflejo de tu propia historia, crean una tendencia periodística: parece que se conceda licencia a quien te entrevista a preguntar incluso más sobre ti que sobre tu obra. ¿Te sientes cómodo con eso?

Creo que eso pasa sobretodo en América, en otros países no es tan habitual. Pero sí, en Estados Unidos llegaron a empezar una crítica en la radio pública nacional con dos párrafos sobre mí, antes siquiera de mencionar el título del libro. Teóricamente, esa radio es una organización sin ánimo de lucro, y el locutor era uno de los críticos más reputados del país, así que esperaba otra cosa. Da un mal reflejo del periodismo americano.

 

Aunque a lo mejor cosas así  te hacen sentir un poco rockstar…

Pero siempre que hablan de mí, no es por cosas positivas. Es más bien mala popularidad. Realmente mala, así que no soy una rockstar, para nada… (risas)

 

Puede que con tanto gossip sobre ti, incluso algún despistado llegue a leerse tus novelas…

Quizás algunos, sí. Pero normalmente, la gente equivocada: no les suelen gustar mis libros.

 

 

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Sobre la novela, Paul es un personaje que se siente constantemente alienado. No importa la situación, lo que esté haciendo, la relación que inicie o aborde, siempre se da cierta sensación de distancia, una profunda desafección. No sé si esa falta de pasión es el principal sentimiento que querías trasmitir con la novela.  (Por otra parte, hay un nervio que está muy cercano a la vida, pero eso no es lo que se lee, lo que se lee es desapego)

Sí, quería tener esa indiferencia atravesando el texto como una constante, una congruencia. Paul está siempre tratando de encontrar algo que lo distraiga de sí mismo, incluso cuando está haciendo algo, lo está absorbiendo, analizándolo.

 

Sí, parece poseer un metabolismo descaradamente rápido, cuando empieza algo, parece pensar ‘vale, ya sé de que va esto, vamos a por otra cosa’….

Sí, siempre está tendiendo hacia esa otra cosa. Y cuando piensa en lo que está haciendo, considera que ya lo ha hecho, y piensa que no puede fingir que ya ha hecho exactamente eso mismo antes. Así es como se siente.

 

Al tiempo, en la novela se percibe algo así como un presente que irradia lo demás, como si que lo que pasa ahora borrase el pasado. Paul parece tener una memoria pixelada: a veces cuando despierta no sabe ubicarse; más allá de las drogas, parece que no sea capaz de describir y ordenar sus recuerdos. ¿Querías adentrarte en esos estímulos intermitentes de la memoria?

Sí, esa es una gran parte de la novela. Porque, a otro nivel, eso también es desapego.

 

Los personajes se pasan los días de fiesta en fiesta, grabando películas con el portátil, viajando, comiendo y drogándose, y el solapamiento de experiencias crea una masa difusa donde cada episodio parece borrar el anterior; pero al tiempo se evalúan los períodos transitorios, se trazan líneas de tiempo sobre una cuadrícula temporal…

Paul tiene el sentimiento de que todo lo que hace está siendo recordado por algo, como si el universo fuera un ordenador. Hay un pasaje donde dice que su experiencia de vida está al borde de… es lo mismo que… Bueno, no recuerdo lo que dice, olvídalo (risas).

 

Acabas de demostrar que el tema de la memoria es una verdadera constante en tu mundo. Por otra parte, en la novela se le da también mucha relevancia a los aspectos físicos y espaciales. Describes con minuciosidad la posición espacial de los personajes, y de ahí viajas hacia las impresiones y divagaciones que todo ello causa en Paul, que a menudo parece tener una conciencia muy tridimensional de cada momento, y atiende a direcciones, dimensiones y velocidades…

Todo eso tiene un rol en la novela, también. Es una manera de expresar las experiencias que he tenido. Recupero momentos vividos sobre los que no he llegado a pensar, y trato de escribir una descripción teórica, científica sobre ellos. Muchas de esas cosas acaban conectándose en la estructura de la novela.

 

Después de referirse a ti como el gran escritor de esta generación, con “Taipéi” se empieza a decir que ahora estás más ligado a la literatura tradicional, y afloran nombres como Brett Easton Ellis, Lorrie Moore o incluso Hemingway. Entretanto, me parece que tú tiendes a referirte más bien a tus primeras obras, como el libro de relatos “Bed”, para describir lo que emanas en “Taipéi”, sus formas y fondos.

Sí, pasa que mis últimos libros, “Richard Yates” (Alpha Decay, 11) y “Robar en American Apparel” (Alpha Decay, 12) eran muy diferentes a los otros que he escrito, porque usaban un lenguaje muy concreto y tenían un perfil muy estricto. Todo el resto de mi escritura se parece más a esto. Las acciones siguen siendo muy concretas y directas, pero hay más pasajes líricos, metáforas y cosas por el estilo.

  

¿Crees que has dado un paso adelante con esta novela, ya sea por el dinero que te ha hecho ganar, o por la casilla de tu carrera literaria donde te sitúa?

Desde luego, no ha sido un paso adelante. Simplemente es otra cosa, pero no hay un avance. Es como si cada obra fuera una hoja de papel, y las fuéramos ubicando en esta mesa, una al lado de otra, así… No considero que esté yendo a ninguna parte. Nunca entiendo cuando los escritores se ríen de sus viejos trabajos, ¿no saben que en unos diez años van a volver a escribir ese mismo libro? 

 

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Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com

 

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