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BOHUMIL HRABAL

EL VIEJO QUE DABA DE COMER A LAS PALOMAS

Hugo Izarra / Ilustración de Matylda Zawadzka

 

Dicen que lo último que vemos antes de morir es nuestra vida pasando veloz ante nuestros ojos, pero lo último que pudo ver Hrabal el 3 de febrero de 1997, durante los segundos que precedieron a su final, fueron las palomas y la acera nevada del hospital Bulovka de Praga, donde se fue a estrellar, medio desnudo, desde su quinta planta.

 

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Aunque han pasado ya casi veinte años, las circunstancias de su muerte siguen sin estar muy claras. Las hipótesis se dividen entre los que creen que fue un simple accidente, que la mesa en la que se encaramaba para dar de comer a las palomas en la cornisa de su habitación cedió y lo dejó vendido ante la ley de la gravedad, y los que entienden que, a sus 82 años, habiendo escrito todo cuanto sentía que podía y debía haber escrito, enfermo y despojado durante más de una década de su amada Pipsi, Eliška Plevová, a quien vio morir envuelta en dolor y cáncer, sintió que su hora había llegado y decidió poner la realidad a la altura de sus ficciones con ese punto final, ese final lírico y amargo, y, a su modo de entender la creación y todo lo demás, también necesario, a una vida puramente hrabaliana. La marca Hrabal definitiva.

 

Eran las dos y media de la tarde cuando se precipitó al vacío con sus mejores vaqueros azules y el torso desnudo, igual que un ángel de la tercera edad, desafiando el frío atroz del invierno praguense y el miedo más universal. En su caída libre, Hrabal, heredero natural de Jaroslav Hašek y antítesis de Milan Kundera, arrastró consigo al entrañable Hant’a de “Una soledad demasiado ruidosa”, se llevó también a Jan Díte, el inolvidable cretino reconvertido en hombre sabio de “Yo serví al rey de Inglaterra”, y al Profesor irritantemente encantador de “Bodas en casa”, entre otros muchos, muchísimos personajes, extensiones de sí mismo y de los personajes que poblaron su vida –y más tarde sus historias– y sus propias anécdotas.

 

Y es que toda la literatura de Hrabal, absolutamente toda, nació siempre de tres fuentes bien reconocibles: sus recuerdos, sus lecturas y su talento, innegable, a la hora de mezclar lo uno y lo otro, lo ficticio y lo real, y crear historias a partir de lo cotidiano. Su memoria prodigiosa, su sensibilidad y su capacidad narrativa hicieron el resto. Lo convirtieron en el mejor autor checo (y checoslovaco) de la Historia. Por encima de otros como Kafka, Klima, Hašek, Havel o el propio Kundera. A veces, ser el mejor no significa ser el más reconocido. 

 

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Por eso, perdura esa sensación de que el lector medio, en general, ha sido injusto con la obra de Bohumil Hrabal, un tipo que, pudiendo haber huido, no abandonó Praga a pesar del silencio de acero que le impuso el régimen comunista. En su libro “Bodas en casa” explica cómo, en una de sus visitas a principios de los setenta, el alemán Heinrich Böll, recién galardonado con el Nobel de Literatura, se interesó por su situación:

­–Mein lieber Bohumil, ¿puede escribir sin problemas?, ¿tiene espacio donde poder escribir, publicar? ¿No tiene ninguna queja? Ya sabe que he venido en viaje de trabajo, como presidente del Penclub…

–Hombre, sí que podría quejarme, pero no lo voy a hacer porque sería inútil, ahora pertenezco a los llamados escritores en vía de liquidación… de modo que escribo para guardarlo en un cajón, escribo lo que quiero, no necesito ponerme la servilleta en la boca… ¿verdad que me entiende?

–Lo entiendo… Usted no se queja pero, ¿qué me dice de los demás? Varios centenares de escritores no pueden escribir, ¿y usted no protesta?

–Yo todas las protestas las elevo contra mí mismo, porque todavía no he escrito una verdadera novela… Además, para tener fuego, Prometeo tuvo que robarlo, y a mí tampoco me lo regalará nadie…

–Pero en este país han prohibido las revistas literarias, y las de crítica y teoría literaria…

–No publico, y me permito el lujo de escribir para guardarlo en un cajón.

–¿De verdad no tiene ninguna queja?

–Hombre, alguna se encontraría, pero, de hecho, esta situación me sirve de publicidad… En la prensa hablan de mí continuamente y usted mismo sabe que incluso en Occidente ocurre así… ¿sí o no? «Une surprise dans la forêt»… Me han mandado un recorte de Francia por mi cumpleaños… Mire, yo voy a saborear el cáliz hasta el final, después de todo este tiempo ya me he hecho una especie de coraza… Y además, quien quiera peces que se moje el culo.

Pudo sonar algo soberbio pero, del muro de la frustración, por lo general, se suele acabar saliendo por esa ventana.

 

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Y no puedo evitar recordar ahora al filósofo amante de la vida de “Delitos y faltas”, de Woody Allen, que, para sorpresa de todos, toma la decisión de suicidarse y lo único que deja para la posteridad es una nota que dice: “Salí por la ventana”.

 

Existe cierto paralelismo evidente con la vida y muerte de Hrabal. Porque faltaban muy pocos días para que recibiese el alta médica después de haberse tratado durante dos meses de sus dolores lumbares. Pronto podría volver a su casa de Libeň con sus gatos. Esas cosas suelen devolver a uno las ganas de vivir, aunque no siempre.

 

Estaba en la quinta planta. Y muchos de sus protagonistas se habían suicidado arrojándose al vacío desde una quinta planta. El propio Hrabal vivía en un quinto piso y en más de una ocasión había admitido su miedo a caer desde tan alto.

 

Y, al mismo tiempo, cuando tenía que describir la última fase de su proceso creativo, la culminación de cualquiera de sus obras, dejaba muy patente también su forma de entender todo lo que no era literatura, todo lo demás. La propia vida.

 

“Un buen día […] oyes detrás de ti, o en la mesa de al lado, un suceso y la sonrisa se te dibuja en la cara; nadie sabe nada, sólo tú sabes que ésa es la última piedra, la última tesela de un mosaico que ya está completo, no se puede añadir nada ni quitar nada, está listo, acabado, firmado; pero con eso también está ya muerto, porque ha acabado de divertirte”.

 

Tal vez fue eso lo que pasó. Tal vez había encontrado su última tesela. Tal vez la vida había acabado de divertirle.

Hugo Izarra

Hugo Izarra (Vigo, 1980) es un experto en intentarlo y fracasar, y, a pesar de ello, se siente bastante satisfecho de casi todas las cosas que no ha conseguido. Empezó trabajando para prensa diaria y revistas de perfil bajo, probó suerte con la comunicación institucional y más tarde quiso dirigir una revista. Tres años después, la enterró en una caja de zapatos, junto a sus ganas de vivir y su sentido del ridículo. Hoy sobrevive como soldado de fortuna.

soy@hugoizarra.com