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Estrofas, versos y viceversa

Las 50 sombras de la poesía

Brais Suárez

 

Estoy enganchado y necesito ayuda. Como la telebasura, como una droga dura, como ripio insolente de cultura o como simple locura, todo empezó con una broma oscura. El sol refulgía y yo me cubría en una cafetería, frente a una librería. Saboreaba una chuchería y de pronto, en el escaparate, dos nombres se erigían: Diego Ojeda y Marwan atraían la atención de mi sabiduría. Corrí hacia la mística de su poesía. Nada entendía. Entré y contemplé aquel abismo de infamía (todo por la rima). Masturbaría.

 

Todo aquel despliegue promocional respondía (y responde) a un nuevo fenómeno literario que da un paso más en el afán de satisfacer cualquier inquietud de la manera más básica e inmediata. Bajo los pretextos de ser poesías accesibles (como mucha otra, más culta y menos promocionada) y de servir de iniciación a lectores jóvenes, esta serie de best sellers del verso se dedican a girar por España para maleducar a sus fans con conciertos, recitales y firmas de libros. Su pasaporte no es más que una sarta de tópicos baratos, lugares comunes, rimas evidentes  y un sentido del ritmo nulo. Y todo, siempre, tan transgresor y cotidiano que cae en lo gratuito, en imágenes sórdidas completamente vacías y repugnantes.

 

 

Ahora empiezo a verlo claro pero, aquella tarde, leer "Mi chica revolucionaria" fue revelador y desde la primera vez que recorrí “el mapamundi de sus tetas” no pude alejarme de las profundidades del alma que esta nueva poesía me desataba. Aún hoy sigo enganchado y solo intento no ser como ellos; desde entonces me cuesta no imitar la estética visionaria de sus versos, su ritmo incomprendido, su vocabulario agresivo y su sutileza casual y desgarradora. Sé que una reflexión superficial dará la razón a esta nueva generación de atormentados, pero las masas mandan. ¿Cómo no van a marcar tendencia después de vender más de 25.000 ejemplares de un libro como "La historia de tu cuerpo sobre el mío"? ¿Cómo no van a ser unos genios después de haber dado un vuelco histórico a la frivolidad natural de la poesía para adaptarla a los nuevos formatos de masas con que Telecinco instruye emocionalmente a la población? Debo de ser yo el equivocado. ¡Qué canción!, ¡Para ti mi devoción!, ¡Follar!, ¡Borracho!... ¡Soy Bukowski!... Lo dicho: mi sensibilidad ya está infectada por su verso libre. Escapen mientras puedan.

 

Diego Ojeda es mi favorito, pero tras él hay toda una palestra de literatos sembrada a la sombra del conocido Efecto Marwan, mediante el que las palabras pueden ser descompuestas (en su sentido más gastroenterítico) hasta el absurdo para devorar la literatura de los estantes de las librerías y situarse en primera línea de ventas. Es poesía a tres metros sobre el cielo; son las 50 sombras de la poesía; toda una poesía en pijama de rayas. El crepúsculo de la poesía, probablemente. Por fin la poesía, ese género tradicionalmente culto, meticuloso y delicado, tiene su versión 2.0 en la que solo importa la velocidad con que se pueda leer.

 

Y no solo son 2.0 porque hayan tenido la genial idea de firmar sus libros con @(respectivos twitters), sino porque tiene sus orígenes en las redes sociales como si fuera cualquier otra ocurrencia, como una foto más del postre o como un vídeo viral de "APM". Ojeda, Marwan, Defreds… están siempre dispuestos a lanzar un hachazo directo al corazón de sus seguidores. Al menos, como este último admite, no siempre bajo la forma de la poesía. Lo primero es aceptarlo:

 

 

Ya que odiar algo o a alguien supone darle demasiada importancia, no dejo de buscar en esta poesía algún rasgo que admirar; de ahí la fascinación por nombres como los propios Ojeda y Marwan o también su cómplice Pedro Andreu (fatídico tocayo del baterista de Héroes del Silencio), Ignacio Martín Lerma, Elvira Sastre, Jorge Salem… Me cuesta, pero quiero ver en ellos la máxima expresión del arte urbano, el reflejo del sentir de una generación, la culminación de siglos de literatura en un nuevo formato que todavía no comprendo. Un apasionado grafiti me recuerda cada mañana la sensibilidad tan extendida de este rebaño de bardos: “Bodorrio. El Chori y la Jenny se casan”. Arte popular. Lo podría haber escrito cualquiera, pero solo alguien como Ojeda se atrevería a recitarlo, a hacerlo público, a editarlo y a llevarlo al registro culto llamándole poesía.

 

Como muestra de su talento y seriedad, merece la pena deleitarse con cómo recita a la luz de su tablet (reincidiendo en su condición de poeta tecnológico-2.0) estos versos tan transgresores y sentidos (¿?) ante los que Marwan (en el centro) no puede reprimir sus carcajadas cuando su móvil le permite prestar atención. Pues eso, “desfaso demasiado cuando no duermo”, y tal…

 

 

Yo también desfaso cuando escribo y mi febril ardor por Ojeda no deja de recordarme aquel primer contacto con esta New Wave de poesía. Dos chicas adolescentes y un hombre de unos treinta años hojeaban algunas de estas obras. Cuando ellas se hubieron decidido por un poemario de Defreds, me acerqué al hombre, que ya se había quedado con Marwan para regalo, y le pregunté qué tal estaban estos nuevos poetas best seller. Me dijo que muy bien, que por fin se hacía poesía accesible, y se fue sin aclararme si con ‘accesible’ se refería a su ubicación en la librería o al contenido de sus versos. Miré al otro lado de la estantería y allí estaban hacinados los poetas más incomprensibles y barrocos: Ángel González, Iribarren, Goytisolo, Houllebecq, Bukowski, Nicanor Parra, Biedma, Roger Wolfe, Benjamín Prado… Un ejemplar solitario de cada uno me confirmó que se refería a la dificultad para encontrarlos, porque lo que es entender, aún hoy me cuesta entender cómo alguien no los entiende. También, cómo una editorial se atreve a publicar fórmulas tan innovadoras como esta:

 

“Si vuelves,
que sea 
de otra forma,
que seas
para siempre.”

(Facebook de Diego Ojeda)

 

O esta otra:

El tiempo lo cura todo
pero yo nunca olvidaré el dolor
que me costó sacar a esa mujer de mis cuadernos.
Deseaba que se perdiera y que volviera a llamarme,
que me matara y volver a buscarla.
“Tarde” más de un año
en quitarme del cuerpo
el olor de aquel verano,
en volver a dormir solo
en una cama para dos.

 

Puestos a entender, tampoco comprendo a qué clase de achaques responde la partición de los versos, el ritmo, la pobreza de las imágenes o la acentuación de las palabras, pero quiero pensar que quizá sea un aullido contemporáneo pensado para ser recitado. Los beatniks 2.0, de nuevo. Al menos, su empatía poética les lleva a ahorrarnos la lectura y declamar ellos mismos sus imágenes rupturistas y sus delirantes evocaciones. Si algo tienen, desde luego, es ese valor que solo pueden dar la sabiduría, la cultura y las resacas más profundas.

 

 

Y nada, es que “nos encanta tener chicas cerca”.

 

En cambio, “cosas” como esta seriedad y sencillez sí explican por qué una editorial de la talla de Huacánamo (presuntamente inaccesible por poetas tan barrocos como Roger Wolfe o Karmelo C. Iribarren) se hundía en 2013 y dejaba vía libre a Frida, el enjambre de los poetas 2.0 que, a falta de clarividencia para la literatura, sí brilla por su visión de negocio. Desde entonces, explota todas las letras que brotan de las redes sociales a borbotones. Como un virus o como una mafia, estos poetas se extienden a través de la red apoyándose entre sí, compartiendo versos y dando a megusta a cualquier tipo de excreciones que aparezcan en sus cuentas. Ejemplos de esta poesía viral (más bien vírica) no hay pocos. De nuevo reaparece Diego Ojeda para vender caros sus versos baratos:

 

Besos Baratos:

Esa noche vi en tus ojos puertas abiertas,
y dejé olvidada en casa la prudencia.
El yin y el yang bailando en mi cabeza,
y yo queriendo estudiar el mapamundi de tus tetas.

 

He conocido princesas en noches de fiesta,
pero hoy me rindo ante el palacio de tus piernas.
Voy a amenazar el calendario,
te dije en un adiós disimulado.

 

No te robaré besos baratos,
prefiero hacerlo despacio,
siguiendo las direcciones
de las líneas que hay en tus manos.

 

(Galardonado con 340 likes en Facebook, aunque no cuenta con los comentarios habituales sobre la belleza de Ojeda).

 

Lo mejor es que el genio canario tuvo la bondad de transformarlo en una balada, en la que los gorgoritos que retozan en “el mapamundi de nuestras tetas” nos arrancan la piel y los oídos. Menos mal que imágenes como “el palacio de tus piernas” recuperan la senda de la cordura y nos devuelven a un “mundo de sueños”, otra vez llenos de lugares comunes y tópicos ya olvidados.

 

Y es que otro rasgo característico de todos estos individuos es lo polifacético de su estirpe, pues además de ser unos spammers de primera también son unos cantautores icónicos por sus letras, sus ritmos y sus fans enfervorecidos. Aunque hemos venido aquí a hablar de sus libros y un buen ejemplo es Escandar Algeet, que centra todas sus fuerzas en crear poemarios tan irreverentes como "Ojalá joder" o tan atípicos como "Un invierno sin sol". En su pluma encontramos otra muestra de lo enrollado que llega a ser el poeta cibernético. ¿Se acuerdan de Messenger?

 

Tú siempre has sido más de volar;
 yo en cambio, de no ahogarme.
Así que eso, te quiero.
No lo olvides,
¿vale?

 

Pero estos intentos de sutileza enseguida sucumben a rimas complejas como “A veces miro tus fotos y me inundo de recuerdos, de tus caricias y de cómo me hacías las fotos” o “Intenté entrar en tu corazón pero tú me lo impediste con tu caparazón”. Un caparazón de delicadeza como:

 

“Me gusta cuando me miras y me sonríes
 pero más me gusta cuando es tu pecho el que me mira
 y juego con tus pezones a dormir entre tus tetas
 y a follarte a pelo, tan natural que eres tú
y a enredarme entre el pelo que te crece entre las piernas y te da vida.”

 

Y si no, siempre se podrá hacer una bonita actualización de Instagram con la foto de una página de Marwan:

 

 

No discuto lo legítimo de sus sentimientos, de sus ganas de follar, de tener chicas cerca, de dormir todo el día y de emborracharse, de la misma manera que no pongo en duda que alguien tenga ganas de vomitar. Lo único que sugiero es que lo hagan en privado o, en último caso, que nadie se encargue de imprimirlo. No por darle una forma bonita en las redes sociales se convierte en más meritorio, ni mucho menos en una manera de que nadie se introduzca en un arte mucho más delicado y sutil que cualquier otro. Lo accesible no es excusa. 

Comentarios
Brais Suárez

Brais Suárez (Vigo, 1991) acaba de estrellarse con su idea de vivir escribiendo aun sin ser escritor. Dos periódicos gallegos se encargaron de dejarle claro que mejor le iría si recordara mineralizarse y supervitaminarse, lo que intenta gracias a colaboraciones esporádicas con algunas revistas y otros trabajos más mundanos que le permiten pagarse su abono anual del Celta y un libro a la semana. Por lo demás, viajar, Gatsby y estroboscopia lo sacan de vez en cuando de su hibernación.

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