Menu

munozmolina1

Muñoz Molina en Lisboa

Como aves de paso

 

Miguel Barrero

Fotografías de Elvira Lindo

 

No ocupa la Praça da Figueira un lugar de privilegio en el eje urbanístico que el Marqués de Pombal trazó para paliar, en la medida de lo posible, los devastadores efectos del terremoto de 1755, pero todo el que visita Lisboa acaba cruzando al menos una vez este espacio abierto junto a uno de los costados del Rossio. Nosotros la frecuentamos bastante en agosto de 2013, cuando pasamos unos días en la ciudad e íbamos hasta allí para coger el tranvía número 12, que surcaba con renqueante parsimonia las cuestas de la Alfama hasta depositarnos a las puertas del Castelo de São Jorge. Mientras aguardábamos bajo la marquesina, contemplando la estatua ecuestre de Dom João I y las fachadas corroídas de los edificios que delimitan el perímetro del recinto que una vez acogió el mercado más importante de la capital portuguesa, alguna vez reflexionamos en voz alta sobre esa naturalidad con la que Lisboa hace confluir todos los tiempos, esa forma de trasladar el pasado hacia el presente para fortalecer su raíz y generar a través de él expectativas de futuro.

 

Yo no sabía que por aquellas mismas fechas —o un poco antes, o un poco después— también Antonio Muñoz Molina visitaba de vez en cuando la plaza, sumergido de lleno en el largo y concienzudo trabajo de documentación que acabaría dando forma a “Como la sombra que se va” (Seix Barral), su última novela y puede que el mejor título de una extensa obra que siempre se ha caracterizado por su adscripción a la excelencia. Tampoco era conocedor de que hubiese pasado por ella casi a diario, durante las diez jornadas que permaneció huido en la ciudad, el asesino de Martin Luther King, un James Earl Ray en permanente fuga del mundo y de sí mismo, ni que el modesto hotel donde encontró lecho y refugio se levantaba a unos pocos pasos, en una calle que se llama João das Regras por la que no recuerdo haber pasado. Si lo hubiese hecho, tal vez me habría parado a contemplar la recepción de la vetusta casa de huéspedes que, unos meses después, ya no encontró Muñoz Molina en el viaje providencial que hizo con el fin de rastrear la Lisboa de Ray y en el que acabó encontrando, además, la suya propia. Un periplo que se prolongó durante un mes, que tuvo su epicentro en las callejuelas del barrio de Graça y que extendió sus tentáculos por los confines de una ciudad que muestra inequívocos aires provincianos bajo los que esconde el cosmopolitismo que le confiere su condición de última capital europea, de punto de fuga hacia un horizonte que mira a la vez al continente americano y a las rutas comerciales que desde Belém se comenzaron a trazar hacia las Indias. Un confín del mundo donde la gente que huye se cruza con la gente que se busca, en itinerarios laberínticos que confluyen y se separan bajo el resplandor de un cielo azul que muy temprano, en las primeras horas del amanecer, surcan los pájaros que vuelan al encuentro de sus pequeños paraísos.

 

munozmolina2

 

Eso es, en esencia, “Como la sombra que se va”: el relato de un narrador que cuenta cómo viaja en busca de un personaje y cómo esa búsqueda termina propiciando el encuentro con un pasado que no sólo se incorpora al presente, sino que lo explica y le concede nuevos significados al calor de la relectura de la propia biografía. Muchos años antes de conocer la historia de James Earl Ray —mucho antes, en consecuencia, de que cupiera plantearse la posibilidad de escribir algo sobre él—, Antonio Muñoz Molina visitó Lisboa porque intuyó que en esa ciudad tenía que suceder el desenlace de una trama que se le había enquistado y con la que preparaba la que se convertiría en su segunda novela. El recuerdo alucinado de aquellos días, que fueron libertad y tregua en medio de una realidad condicionada por las obligaciones familiares y las nada halagüeñas rutinas laborales, sale al paso del Muñoz Molina maduro que vuelve a las mismas calles pisando sobre las huellas de un asesino que caminó por sus aceras como un hombre sin identidad ni rostro, que las recorrió meditabundo en pos de un visado que nunca le concedieron y que acaso intentaba que su frustrada huida hacia África fuese también un abandono definitivo de sí mismo. Todo el mundo debe tener derecho a una segunda oportunidad, pudo haber pensado Ray en las largas jornadas tensas y ociosas que le conducían desde el hotel de João das Regras hasta los tugurios oscuros y malolientes del Cais do Sodré, ese paraje portuario que tanto tiempo después sigue siendo uno de los distritos más bulliciosos de Lisboa en las horas nocturnas. Todo el mundo debe tener derecho a una segunda oportunidad, pudo haber pensado el joven Muñoz Molina al descender del tren en la estación de Santa Apolónia y recorrer caminando el trecho que lleva desde allí hasta la diáfana amplitud de la Praça do Comércio, donde el llamado Cais das Colunas convierte la ciudad en río y deja que el río sueñe con erigirse en ciudad. Ambos huían alejados en el tiempo —el uno con voluntad y conciencia plenas, el otro tratando de no prestar atención a la voz interior que revelaba sus intenciones— sin saber que el segundo acabaría dando caza al primero varios años después, ni que sus sombras futuras volverían a encontrarse meses más tarde al otro lado del océano, en aquella ciudad de Memphis de la que Ray salió en un Mustang y a la que Muñoz Molina llegó en avión para completar el trazado con el que habrían de unirse los puntos de un itinerario que comienza y termina en el escenario de un crimen.

 

munozmolina3

 

Es en ese juego de encuentros y desencuentros, en esa amplia galería de espejos que llevan al autor a descubrir las grandes y pequeñas miserias de su personaje a la vez que se enfrenta a las que habitan en su pretérito imperfecto —un tiempo extinguido y recuperado de pronto en territorios no siempre propicios a la complacencia—, donde se fragua toda la sustancia de una novela que sublima el que desde siempre ha sido el tema por antonomasia de la narrativa de Antonio Muñoz Molina. “Beatus Ille”, “El jinete polaco”, “Plenilunio”, “La noche de los tiempos” —también, y de forma mucho más explícita por las características inherentes al género, “Beltenebros” y “El invierno en Lisboa”, título que en el caso que nos ocupa cobra una relevancia especial— tienen en común ese continuo trajinar de gente que se busca y que se encuentra, que halla en los demás la respuesta a enigmas intransferibles, que a menudo necesita alejarse para ganar con la distancia perspectiva y hallar sentido a todo lo que en la proximidad parece no tenerlo. Es ahora el propio autor quien toma la palabra en primera persona para someterse a los entresijos de su propia mecánica en un reto que culmina con resultados tan sobresalientes para él como gozosos para los que nos dejamos mecer en la prosa demorada y detallista  de sus páginas.

 

munozmolina4

 

Pero también el escritor se convierte en personaje en otra vuelta de tuerca al laberinto de reflejos y espejismos propiciada por la mirada ajena y próxima de Elvira Lindo, que en una delicatessen bibliográfica titulada “Memphis-Lisboa” (Oficio/Lindo&Espinosa) documenta con texto y fotos las largas vicisitudes que Muñoz Molina atravesó en su indagación sobre la vida de James Earl Ray y en la consiguiente inmersión en sus propios antecedentes de vida y escritura. No es imprescindible leer este libro para entender “Como la sombra que se va”, pero sí resulta muy aconsejable internarse en sus páginas si se quieren vislumbrar las arduas aristas de un proceso creativo que viaja de las inmensas y desiertas avenidas de Memphis a las empinadas callejuelas lisboetas y en el que el perseguidor también tiene quién le persiga para dar fe de sus pasos, contraponiendo esa percepción externa a la que él mismo atesora y ya ha contado, y conjugando de esa forma una óptica poliédrica desde la que asomarse a los vértigos, las incertidumbres y las satisfacciones que jalonan la concepción y el nacimiento de una historia. No pretende Elvira Lindo —cuya presencia resplandece sin ser nombrada en varios de los párrafos que pergeña quien es objeto de escrutinio para completar así el entramado de pasadizos que se teje en esta gran novela de la vida—  ocupar ningún papel protagonista. Al contrario, se ubica a sí misma en un plano secundario con una plena voluntad de discreción que la lleva incluso a silenciar un hecho mucho más decisivo de lo que pueda parecer a siempre vista: fue ella quien reparó en que el título que Muñoz Molina barajaba poner a su novela, “El pájaro de Lisboa”, no era el más apropiado, y quien le aconsejó que buscase otro para evitar que el nombre de una misma ciudad apareciera por dos veces en su bibliografía. De esa observación surgió “Como la sombra que se va”, un lema con sabor bíblico (“Mis días son como la sombra que se va / y yo como la hierba que se ha secado”) que a su modo aglutina y condensa todos los significados de un libro memorable en el que los lectores, inesperadamente, también acabarán dando con claves que les ayuden a explicarse. Porque todos somos, en mayor o menor grado, gente que se busca y gente que se encuentra. Y, al fin y al cabo, todos los que alguna vez hemos viajado a Lisboa nos sorprendemos de vez en cuando echándola de menos, como los pájaros que atraviesan su cielo en las primeras horas del día para dirigirse a latitudes desde las que algún día empezarán a soñar con la posibilidad del regreso.

 

munozmolina5

Comentarios
Miguel Barrero

Miguel Barrero (Oviedo, 1980) ha publicado las novelas “Espejo” (premio Asturias Joven; KRK Ediciones, 2005), “La vuelta a casa” (KRK Ediciones, 2007), “Los últimos días de Michi Panero” (premio Juan Pablo Forner; DVD Ediciones, 2008) y “La existencia de Dios” (Trea, 2012). Dirigió la revista cultural El Súmmum y formó parte del consejo editorial de El Cuaderno. Ha colaborado en Qué Leer, El Asombrario, Jot Down, Cultura/s o Culturamas.

Más en esta categoría: « Toni Hill Los mejores cómics de 2014 »