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¡Qué mal manual!

Literatura para niños regurgitada por el Averno

Santiago García Tirado

Ilustración de Esther Burgueño / Foto de la Misiones Pedagógicas: Carmen Conde

 

La chispa estalló esta semana. Las noticias y los debates hablaban de poetas que, en plena guerra, se fueron de viaje a la Costa Brava, y de otros que se abandonaban al campo y allí recibían a la muerte en audiencia, muy cerquita de casa. Se morían sin épica, de lo que fuese. De la risa, por ejemplo, o de un atracón de foie, o del sofocón por un ripio malo. El diorama de fondo lo constituían un manual de literatura para niños de seis años y una editorial grande, grande, que desde hace 55 años surte de material docente a nuestro bullicioso Desorden Educativo Obligatorio. En ese punto de discordia, a lo que se ve, ciertos intelectuales han logrado aislar el origen de nuestra problemática con la Literatura, con nuestra tibieza lectora.

 

Qué les voy a decir que no sepan del Desorden Educativo Obligatorio, esa gloria. Cómo hacer inventario de dislates, abusos, memeces y gestores punibles de lo que tal vez pueda ser considerado el peor de los desastres que trajo ese simulacro autodenominado “Constitución Española”. Aquello que, según muchos, debía constituir el caldo de cultivo de una nueva sociedad no pasó nunca de vertedero de opiniones en el que actuó como ponente el delfín de turno, la liberada sindical, el ministro, la ministra, el pedagogo, la psicóloga, el cardenal primado, la Madre Hipotética de todas las reclamaciones, y un sinfín de meretrices de otra cosa a quienes no entendemos qué regulación legal les concedió después la capacidad de diseñar lo que habría de ser la Educación en España. Todos opinaron, todos decretaron, excepto los que de verdad tenían algo que decir al respecto: los educadores. Y, como era de esperar, en esa entropía general de la inteligencia, a la Literatura no le cupo mejor suerte, tal vez incluso logró contribuir al disparate con sus temarios para lelos. Ahí están, para que me crean, los libros de texto publicados en los últimos años (amén del que ha causado la polémica). Una ojeada rápida a esa producción de manuales es suficiente para revelar detalles significativos de cómo estamos a día de hoy. Veamos ejemplos.

 

En tiempos de la mecánica cuántica, apuesten por el bronce.

No estaría mal empezar enfocando las cuestiones de método. No olvidemos que el s. XX había empezado con proyectos pioneros en esta materia, como la Institución Libre de Enseñanza, los subsecuentes Instituto Escuela, las Misiones Pedagógicas, o proyectos de innovación como la Escuela del Bosque de Barcelona. La enseñanza mixta, el learn to learn. El desarrollo integral del individuo, más allá del mero intelecto. En fin, todo aquello que se consideró a la altura de los tiempos y que fue cercenado de forma violenta por el régimen franquista en cuanto pudo templar gaitas. Desde entonces comenzó a enseñarse literatura en consonancia con los principios del Movimiento: volvió la ejercitación de la memoria, con el añadido de alguna operación heurística en la que el alumno debía, pongamos por caso, localizar el mayor número de figuras estilísticas por pulgada de papel; o bien tomar la medida del verso en cuestión subrayando sílabas y sinalefas, como si un poema fuese el nuevo objeto del Sistema Métrico Decimal. Y así.

 

La llegada de la democracia coincidió con mi acercamiento primero a la literatura. Supongo que se me debe perdonar mi estado de confusión de entonces por muchos motivos, además de los propios de la edad, el caso es que percibí que algo nuevo y grande podría sobrevenir en los años siguientes. Los nuevos rumbos, o aquello que parecía nuevos rumbos, apuntaban a que vendría una nueva educación, abierta, de calidad, basada en el espíritu crítico, la tolerancia, la caída de los prejuicios. Alguna profesora iconoclasta incitaba a sus alumnos a que comprendiesen el poema, o el fragmento, a que pusiesen en duda o patas arriba las definiciones ex cathedra que proponía el libro de texto, en fin, que nos lanzásemos al ejercicio de la literatura en vivo. Y, aunque esa actitud todavía no era lo común, yo no podía por menos de esperar que aquello fuese a más. Los profesores uniformados serían arrastrados por la corriente de la vida y en su lugar crecerían nuevos visionarios. De los libros irían cayendo las formulaciones lapidarias salidas de los tutores del franquismo, y su lugar lo tomaría una nueva interpretación, más democrática, más luminosa, de nuestros escritores. Acaso habría reajustes en el canon literario, lo que, considerando los últimos 400 años de historia devastadora en materia cultural, parecía un efecto inevitable. Profiláctico también, por qué no.

 

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Nada cumplió expectativas (pero esa es una historia harto conocida). Fueron cayendo como plagas sobre el mundo las sucesivas leyes educativas y cada una supuso un nuevo nivel de fealdad y estupidez sobre el despropósito general. La consecuencia es que, a día de hoy, la metodología (de hecho) consiste en explicar lo menos posible, reducir conceptos, acabar con el matiz y demás pelusilla inductora de inteligencia y ―atención― pergeñar como sea una fantástica estadística de alumnos aprobados. Ahí está la medida del éxito de un profesor. Los temas deben ser aprendidos de memoria y vomitados en el examen. Los versos no se miden ya, y si se miden debe ser como un ejercicio que acaba en sí mismo, sin relación con el sentido del ritmo poético. Se aconseja pasar de puntillas por los temas escabrosos, o políticamente incómodos. No mencionar que Valle-Inclán escribió "La pipa de kif", o que Espronceda dio a luz "A Jarifa en una orgía" (simplemente por no aclarar el significado de orgía). No se debe leer en clase poemas o fragmentos susceptibles de encrespar los ánimos de la Madre Hipotética, cuyo nombre duele nada más pronunciarse, y que tiene poder de concitar en su apoyo a la administración en pleno, desde la inspección educativa hasta el director del centro.

 

A menudo detecto, en mi entorno una difusa incitación a sentir vergüenza, un recordatorio de que mi asignatura no es lo más adecuado en un sistema educativo para adolescentes.

 

2. Expertos en Literatura: conozca algunos nombres, diversas anécdotas, y grite más fuerte que ninguno en el bar. 

Mi formación hizo un amago de progreso al llegar a la universidad, precisamente para emprender estudios de Filología, orientación de Literatura Española. La Gran Fumada de la Transición adquirió nuevos vuelos con la llegada de los socialistas, yo no dejaba de descubrir autores, nuevos enfoques de la literatura, tendencias sociales, música, todo eso que genera a ciertas edades un estado de colocón perpetuo capaz de nublar lo que la realidad tuviera de espantoso. Llegué a pensar que a mi salida de la universidad me encontraría con centros educativos modernizados y, en el tema literario, libres de prejuicios y abiertos a nuevos enfoques que incidieran en el aspecto creativo del alumno, la ruptura de esquemas preconcebidos, esas cosas.

 

Lo primero que encontré fuera de la universidad fue ese terreno ancho y ajeno que pronto sería parte de nuestro holograma identitario: el paro. Tardé años en acceder al sistema educativo público donde, por no haber, no había ni bolsas de trabajo abiertas. Eso provocó la apertura, para mí, de un tiempo mayor de alejamiento con respecto al plan de estudios del que yo procedía (todavía el sistema del 70, del B.U.P. y el C.O.U.), de modo que, cuando volví a un aula, ya como profesor, la revolución había tomado forma, pero no como la había esperado. En efecto, nos habían colado la E.S.O. Y la calificaban como la cumbre de la democracia. Ese sentido del humor nuestro, tan cafre.

 

¿En qué ha quedado la enseñanza de la Literatura en estos 36 años? Basta con acercarse a un manual cualquiera de E.S.O. o, mejor, a un manual avanzado de Bachillerato, para comprobar el nivel en que nos hallamos. Lo mismo da si se trata de uno publicado en una editorial digamos “progresista”. Los tópicos allí se reproducen sin apenas filtro crítico, los argumentos se copian con alborozo de los que en tiempos pretéritos llenaban los manuales, las valoraciones, los diagnósticos, son los mismos de aquella época. No olviden que hablamos de una época en la que aún la educación no se había desprendido de todo el edificio de prejuicios heredado de la escuela franquista. Y no olviden lo que en 36 años ha evolucionado nuestro paisaje urbano y social. Algún progreso ha hecho la pedagogía en este tiempo, y algo más deben de haber logrado los estudios filológicos en estos años de congresos, encuentros, revistas y ese mar de ensayos editados, donde se revisa la historia y la crítica literaria continuamente. Sin embargo, ahí están, viendo pasar el tiempo, la historiografía de siempre y la metodología de siempre.

 

Si hay que entrar en el "Libro de Buen Amor", olvídese del goliardismo medieval, y búsquese como sea un detalle al que agarrar el insostenible argumento de que Juan Ruiz quiso dar a luz un libro sobre los peligros del amor loco. Niegue el humor, porque es parte de esa locura maligna. Niegue la canallada, porque es inadmisible en un miembro de la Iglesia. Claro, que siempre encontrará alguien un lado comprometido en todo el arte español: “Un pintoresco cuadro de la sociedad de la Edad Media”, dice un manual de ahora, proponiendo el argumento maestro que luego se aplicará a cualquier obra literaria.

 

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"La Celestina" no es un ejemplo de literatura canalla de ámbito académico ―a la manera como lo haría un autor actual, cuando un autor culto pone su erudición al servicio del humor o de la sátira―, "La Celestina" sólo puede ser valorada en tanto analiza la sociedad y emprende una crítica de los distintos grupos sociales de la época. Y, como su esencia no puede ser humor, un manual de ahora le encuentra un lado existencialista que es de traca: "La Celestina (...) desarrolla una reflexión pesimista acerca de la naturaleza humana (…). Celestina y los amantes pagan el precio de sus malas acciones en forma de muerte trágica”. Sí, la moralina sigue inoculándose en los textos.

 

La gran revolución que pudo haber sido el Renacimiento se reducirá a una frase: “Antropocentrismo, frente al Teocentrismo medieval”, y a renglón seguido encontrarán la nómina de autores relevantes: Garcilaso de la Vega, solo a veces Fernando de Herrera, y a continuación Fray Luis de León y S. Juan de la Cruz, con el posible añadido de Sta. Teresa de Jesús. Religiosos, 3―Poetas, 2. El Teocentrismo tocado y casi hundido, no me digan. En el caso de Fray Luis, olvídense de que alguien saque a relucir ese maravilloso lado neoplatónico que lo situaba en su época como intelectual de vanguardia (el asunto que tal vez lo arrojó a la cárcel esos cinco años infames). Un manual del año 2011 se limita a decir que “sus mejores poemas expresan sus ideales de paz y tranquilidad interior en contacto con la naturaleza”. Como Paulo Coelho. Aparte de los mencionados renacentistas, no existe en el horizonte un poeta de la talla intelectual de Francisco de Aldana. No existen pensadores como Alfonso de Valdés, o como Juan Luis Vives. No existe la maravillosa traducción de la Biblia que hizo Cipriano de Valera, a riesgo de su vida. Como, en otro orden de cosas, no existen médicos, científicos, matemáticos, músicos pese a que en su día fueron algunos de los nombres de referencia de toda la cultura occidental.

 

No vuelve a haber espacio ―o eso parece― para la salida del tono monocorde que refleja la literatura en la España Archicatólica del XVII, ni existen los Novatores en la Ilustración, ni el Romanticismo (tan revolucionario y liberal, él) mostró audacia más allá de “D. Juan Tenorio”, con ese miserable doblar de testuz frente a la virgen. La subversión, el underground, la incitación a la lucha armada a imitación de los revolucionarios franceses, nada de eso puede ser reflejado en manuales para adolescentes. Ni siquiera en los últimos años de formación académica común, el bachillerato, se permite la aparición de esa faceta que mostraron en sus obras los románticos españoles.

 

Comprendiendo el tecno progressive en las óperas de Wagner

Y así llegamos al s. XX, el siglo que podría haber suministrado de manera natural la materia para una correcta mise à jour de la enseñanza literaria, algo que pudiera proporcionar el punto de encuentro entre el adolescente y la literatura de su tiempo. Pero nada es fácil nunca en el tema literario. Habrá mil apps capaces de crearle contactos al más horroroso adolescente, pero ningún medio que facilite el contacto con los libros que se editan en su tiempo. Los temarios llegan a duras penas a la literatura de los años 80 y revelan maximalismos sospechosos, como esas listas en las que sólo aparecen Mendoza, Landero, Muñoz Molina y Marías, con ligeras variantes. Aunque, después de todo, qué más da que así sea. Los profesores raramente llegan a rasgar esos estertores de páginas, no hay tiempo, o da miedo que el profesor no sepa de quién les está hablando. Un profesor-profesor lleva a gala no leer más que los clásicos, todo lo nuevo es mediocridad, es negocio, decepción. En el horizonte cultural del adolescente, el mapa de la Literatura debe de ser alarmante: hacia atrás está toda ella, hacia delante, la nada. La Nocilla sigue siendo un anuncio y una sintonía, el teatro alternativo se diluye entre locales okupados y perroflautas diversos, y ni siquiera el teatro comercial existe más que como oferta vintage; no cultivan la poesía los menores de 50 años, ni existen las revistas literarias, ni nada que despierte sospechas de vida. Mientras tanto, un dudoso mercado de “Literatura infantil y juvenil” llena de referentes literarios a buena parte de los estudiantes de secundaria, algo que, como mucho, podría servir para dirigir sus gustos hacia el fandom en el mejor de los casos, o hacia el best seller en el resto. Me ahorro aquí la cincuentena larga de nombres que podría citar como autores de calidad aparecidos ya en el presente siglo que jamás se colarán en las aulas y que son, a todas luces, una dilapidación intolerable de magnífica belleza e inteligencia necesarias. (Hay divinas excepciones que me devuelven la fe, profesores y profesoras que llevan a sus alumnos libros recientes, que incluso se arriesgan a invitar a sus autores para que ofrezcan charlas en sus centros, cuando nada tienen que ver con la literatura específica para alumnos, que parece ser el único género admisible. A ellos mi homenaje en este artículo. Pero qué quijotesco todo, amigos).

 

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Luego, sí, se multiplican las plañideras en todo tipo de medios, con esos relatos quejosos acerca de lo mal que está la cultura, etc. pero a la vista está que nadie, de entre quienes pueden, se aviene a plantar cara al problema. Lo maravilloso, me parece a mí, es que todavía haya un público lector en este país, que no se hundan las editoriales independientes, que mejore y se amplíe cada día la producción literaria con nuevos títulos. El milagro adquiere su dimensión exacta a poco que se compare el fenómeno con el ámbito musical. Imaginen que hubiera que exigir a las nuevas generaciones que comprendieran y se aficionaran a la música de su tiempo sin referentes más actuales que Wagner, Mahler, Bartók como mucho. Y que además nos quejáramos de su escasa conexión con las propuestas de los artistas actuales. Pues en ésas estamos.

 

Ser joven en España todavía no es cool; como mucho es dabuten.

 

Si con todo esto aún hay lectores, hemos llegado a planeta España

Hace unos días comentaba César Antonio Molina, exministro y aún no expoeta, cómo durante el ejercicio de su cargo pudo comprobar en manos de quién está la cultura en este país. Y afirmaba: “En política hay una idea nefasta que defiende que es antipopular intentar elevar el nivel de vida cultural del país”. Solo este aserto daría para un ensayo sobre las causas y los responsables de este estado de la cultura en España, con todas sus implicaciones. Baste decir aquí que un país sin cultura y, en concreto, sin literatura, es necesariamente un país más feo, más romo pero infinitamente más cómodo para cualquier Estado. He ahí una buena clave para entender por qué el objetivo de la educación en este país ha sido siempre escamotear nombres incómodos, lanzar luz a unos asuntos para que se opaquen otros, consolidar la idea de nuestra mediocridad y de nuestra necesaria postración frente a la inteligencia de los otros para acabar inoculando la idea general de que es de imbéciles dejarse crecer las alas en este país. No se le vaya a ocurrir a alguien.

 

Y, para terminar, permítanme que tire del asunto estrella. Nadie pone sobre el tapete la consideración en sí del hecho literario, nadie hace un planteamiento filosófico del mismo. Igual el Constitucional podría considerarlo artículo ideológico, y de ahí a borrar la literatura de los planes de estudios no haría falta ni media legislatura (como va camino de ocurrirle a la Filosofía). La pregunta es revolucionaria de puro evidente, esta: ¿qué es Literatura? Y su corolario: ¿por qué debe ser enseñada en las escuelas? Porque si la respuesta es que nos hallamos ante un saber utilitario “para ampliar la cultura” de nuestros adolescentes, el sistema ha llegado a la perfección: con estos temas los alumnos tienen a mano la posibilidad de conocer suficientemente “lo correcto” para su edad, según el ideario ambiente. Ahora bien, si entendemos que la Literatura es Arte; si el Arte, por definición, es esa creación humana no utilitaria que nos hace distintos de los animales; y si la obra de Arte tiene como fin la búsqueda de un placer (he dicho bien, placer) llamado estético, entonces la revolución en la enseñanza sigue quedando bien lejos. Y yo insisto donde puedo y me permiten en que eso es Literatura: un territorio del placer, y en consecuencia defiendo una redefinición de su enseñanza. Respeto, pero no comparto, la abundancia de buenas intenciones entre mis colegas, ese tipo de docentes que, al enseñar una obra, un movimiento, argumentan que “hay un reflejo de la sociedad de su tiempo”, o que “analiza con solvencia la psicología de sus personajes” o que “el autor hace una crítica de los valores con los que le tocó vivir”. Profesores un tanto a la deriva por culpa del ruido diario, o que acabaron obnubilados por la creencia en una falsa misión social que, olvídenlo, no es la nuestra. Ni de la Literatura. Placer se dice, y convendría replantear la asignatura desde esa piedra angular porque en ella está su razón de ser. Y de lo que pueda tener de subversivo, también. 

 

Y una vez hecho este inciso, ya pueden seguir debatiendo a sus anchas en torno a ese libro (estúpido, es cierto) dedicado a niños de 6 años, en quienes se está incubando el Mal, seguramente. Pero créanme que la revolución es otra y empieza en otras partes, lejos de la Literatura, como casi todo lo importante.

 

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Comentarios
Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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