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HARUKI MURAKAMI

A la caza de una respuesta que no existe

Brais Suárez

Ilustraciones de Matylda Zawadzka / Tusquets Editores

 

El cielo de Tokio está completamente oscuro, pero los anuncios y los comercios hacen que en la calle siga siendo de día. En una acera, la nota trémula de un saxo se cuela entre coches y peatones para bajar hasta un restaurante y traspasar también su bullicio, aunque solo una persona aprecia sus esfuerzos en ese laberinto de sonidos. Murakami, como hipnotizado, deja su bebida y sube las escaleras de la entrada, pero el saxo ya no está allí. Percibe cómo la nota se aleja y entonces empieza su búsqueda. Con esa sensibilidad especial hacia lo cotidiano da inicio también la huida del mundo hacia su propio universo.

 

El problema es que esto ocurrió hace unos 40 años y, desde entonces, Murakami ha llegado muy lejos. Ahora toca encontrarlo. Puede que su infancia dé alguna pista. ¿Dónde estaría yo si hubiera nacido en 1949, en un Japón atormentado por los remordimientos y traumatizado por los recuerdos de la guerra? Mishima fue la herencia más sólida que sus padres, profesores de literatura, dejaron al asustadizo Haruki. Ya aturdido por lo turbulento de la época, esa sensibilidad particular se impuso a su corta edad y le dio a entender que, si el referente literario de un país era tan retrógrado como para suicidarse con el harakiri, algo no iba bien. Murakami decidió que él no sería ni tan épico ni tan patriota.

 

Seguramente, pues, estaría deseando escapar, pero con 12 años había pocas salidas. He ahí la primera pista, la primera confesión: “Quería distanciarme tanto como fuera posible del curso de la literatura japonesa”. Al acecho, dispuestos a raptarlo, estaban Vonnegutt, Salinger y Brautigan, pero la edad seguía siendo muy corta como para ir más allá de los libros. Los ecos de una infancia delicada cristalizarían en la empatía hacia los personajes de Hermann Hesse y, entonces, cuando Haruki confirmó que sus apetitos lo llamaban desde más allá del Pacífico, llegaron los sesenta: “Como todos, yo era un rebelde. Me gustaba pasar tiempo con las chicas, fumar mientras faltaba a clase… Podíamos hacerlo todo y así abrí la ventana hacia el mundo real: la cultura extranjera”.

 

O sea que la pista para encontrar a Murakami es que no parece muy dispuesto a seguir los cánones. Maldito posmoderno. Para colmo, acaba el instituto y tiene la suerte de no entrar en Derecho, con lo que se pasa un año entero metido en la biblioteca de su barrio. Con la Generación Perdida americana acabó por sucumbir a los encantos de Occidente. Ya la jodimos. Ahora todo se precipita. Murakami deja la ciudad de Kobe y llega a la universidad de Waseda para seguir escapando con estudios clásicos; ahí se desboca y su biografía ya no basta para entender las turbulencias de su sensibilidad.

 

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Un testigo casual informa desde “Tokio Blues”. Le llaman “Tropa de Asalto” y asegura haber compartido habitación con el Haruki estudiante. “Eran sus primeros pasos hacia la deserción de nuestra patria y nuestras arraigadas costumbres”, declara en tono marcial, a lo que Murakami contesta elusivo: “Eran pisos convertidos en cárceles, o cárceles convertidas en pisos, no lo sé”. Sin embargo, desde las mismas páginas, Toru Watanabe se descubre como un amigo íntimo del escritor, además de compañero de trabajo en una tienda de discos del centro de Tokio. Y, cuando parece que damos con la pista definitiva, Murakami surge exclusivamente para desconcertar: “En aquella época escribía sin razones, sobre lo que me apetecía y lo que iba apareciendo en mi cabeza; confiaba en mí mismo”, aunque también admite que “sin ser episodios reales de mi vida, los sentimientos sí son comunes”. Entonces, Murakami era un tipo solitario al que se le daba bien hacer que escuchaba a las chicas mientras trataba de digerir su mediocridad. Posiblemente bebiera brandy a oscuras y siguiera escuchando jazz, unos gustos alternativos que dejaban intuir su vocación posmoderna de no atenerse a las verdades absolutas y buscar soluciones en la ambigüedad, la contradicción y la sutileza preciosista del detalle. Un arte de la elusión y la alusión claramente heredado de Chéjov. En este caso, seguramente conserve el tono taciturno de su infancia y una capacidad de evasión que lo sitúe en un prisma superior para analizar lo cotidiano; como quien ve desde el aire las olas de un océano en vez de sufrirlas en una balsita. “Tenía tantas cosas dentro de mí, tanto material, que debía recordarlo allí, limpio, intacto. Son mi fortuna y de eso me valgo. Creo que más que preguntarse por qué no aparezco en público, solo hay que entender que me gusta la privacidad, que soy un asceta”, confirmaba precisamente después de los tres millones y medio de copias vendidas de “Tokio Blues”.

 

En cualquier caso, no está ni en la residencia de Waseda ni en la tienda de discos, pero algo vamos avanzando. La nota del saxo se intuye en la estación de Shinjuku, mientras las puertas del último metro se cierran. ¿Se habrá subido él también? Las caras aparecen difuminadas por las prisas, los anuncios saturan de luz la imagen y nuestros oídos inexpertos están sobrepasados por los músicos de cada entrada. El plano secuencia se corta. ¿Qué me llamaría la atención si fuese Murakami? La protagonista de “After Dark”, tan intrascendente como la propia novela, planeaba pasarse toda la noche en el McDonald´s de la planta superior tras perder ese mismo tren. Luego fue cuando se encontró con su excompañero de clase y con la prostituta china. Aunque, conociendo el final, quizá Murakami se haya saltado la parte de sentarse con el café y esté rescatando otra historia de entre lo perfectamente rutinario. O quizá se haya ido a buscar a su amor perdido a Grecia, pero K, el profesor de química que hace lo mismo en “Sputnik, mi amor”, asegura que no está con él.

 

Estamos especulando demasiado. ¿Qué hizo Murakami al abandonar la tienda de discos? “No me apetecía trabajar para una multinacional, así que me fui y decidí abrir mi propio bar”. Con esa misma sencillez con la que escribe, con la misma sencillez con que se digiere un plato de McDonald´s (pero también con el mismo regusto que retumba horas en el estómago), lo explicaba en el año 2011. “Con el bar sentía que tenía algo propio, que hacía algo mío”, por mucho que ese algo fueran bocatas de una cebolla a la que sus ojos acabaron volviéndose inmunes. Además, allí tenía tanto jazz como quería, cuenta en el  único atisbo de acercamiento a su vida personal que encontramos en “De qué hablo cuando hablo de correr”. Parece que las piezas encajan. Murakami es un tipo trabajador, dice de sí mismo. Escribe exactamente igual que corre, como un ejercicio de fondo, como una labor de perseverancia. Sin tener la misma facilidad que tienen otros para encontrar agua al cavar un agujero, el japonés no tiene la velocidad punta de un velocista ni la imaginación de un genio, con lo que no le queda más remedio que cavar y cavar pozos abismales hasta encontrar sus palabras y sus historias. Una vez más, Murakami nos habla directamente de sí mismo para echar por tierra lo impenetrable de esa figura esquiva. Pero, por mucho que nos remita a lo simple, algo hay que tener para que un partido de béisbol te cambie la vida a los 29 años: “Fue como algo caído del cielo, como una epifanía” que lo empujó a cerrar su local y alejarse de la ciudad para dedicarse por completo a la literatura. “Solía tocar el teclado y, cuando empecé a escribir, fue como si tocara música (…) Aprendí mucho de la música para escribir: el ritmo, los estribillos, la melodía, los coros…”, completaba en 2011.

 

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Pero lo que se antoja la pista definitiva se vuelve una trampa: dice que le gusta correr, cuando por experiencia sabemos que lo que hace es escapar. Hubo de superar las duras críticas a “Oye cantar el viento” y se independizó como escritor con “La caza del carnero salvaje”. En la explanada nevada de las montañas de Hokkaido ya no hay ovejas, pero allí quedó el poso de lo más sorprendente de Haruki Murakami: su capacidad para incorporar elementos surrealistas a una historia plana como un plato. “Simplemente me apetecía escribir sobre ovejas; fui a Hokkaido y se me ocurrió que lo más apropiado era hacer que un carnero poseyera a una persona”. Y así lo hizo, con los tonos detectivescos de su adorado Raymond Chandler. Efectivamente, suena terriblemente ridículo, pero no lo es, como tampoco lo es el hecho de que los gatos puedan hablar con Johnny Walken (sí, casi como el del whisky) y el Coronel Sanders o que lluevan sardinas en “Kafka en la orilla”. En los dos libros, Murakami ejecuta la máxima de escribir lo que le viene a la cabeza, pero, ejerciendo una especie de nuevo realismo mágico (nunca dejó de admirar a García Márquez), todo cobra sentido y resulta de lo más natural.

 

En un achaque de responsabilidad y después de varios años viviendo en Europa y Estados Unidos, Murakami dejó de lado sus fantasías sobrenaturales tras las desgracias que arrasaron Japón en 1995 (un ataque terrorista y un terremoto), y así alumbró su primer libro comprometido: “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, una obra dirigida por el suspense de una trama intrincada y las excentricidades de un hombre adicto al aislamiento de un pozo. Su éxito solo pesa al pensar que esta línea se repetiría hace muy poquito, cuando más sonaba para el Nobel, con “1Q84”, tres auténticos trallazos de aburrimiento que lo inyectan en un mainstream de historias apocalípticas propio de John Grisham o Noah Gordon.

 

La nota del saxo regresa por los túneles del metro a la estación, ya cerrada, para recordar que, si hay una constante en Murakami, esa es su incombustible pasión por la música. El oído fino de Toru Watanabe sigue apreciándose en la misteriosa Aomame de “1Q84”, adicta a Janacek, del mismo modo que Rossini no deja de sonar en la clínica de Akasaka en “El pájaro que da cuerda al mundo” o Schubert en el Mazda mx5 que conduce a Kafka Tamura a los bosques de Japón. Y ahí su otra constante: los escenarios clave (que ya se dibujaban en los relatos de “Sauce ciego, mujer dormida”): parajes naturales, abrumadores y hostiles, o zulos agobiantes en los que los personajes se encuentran a sí mismos mediante la emancipación de su entorno.

 

Como un ángel de “El cielo sobre Berlín” (no poco posmoderna, tampoco), Murakami quiere darnos a entender lo necesario de la soledad para poder comprender el mundo con el enfoque de todos esos hijos únicos que protagonizan sus novelas. ¡Eh, ahí aparece! Una vez leemos sus libros y conocemos a sus personajes, es en esos espacios austeros e inquietantes donde atisbamos a Murakami y lo intuimos como una presencia casi divina que, en una concesión a la naturaleza social de su especie, decide, al menos, compartir su soledad.

 

Luis Alberto de Cuenca aseguraba que leer es un acto vital y no intelectual. Consiste en un proceso de aprendizaje y no de acumulación; es un ejercicio de enriquecimiento que, indudablemente, Murakami alimenta con esa sensibilidad descalabrada expresada con una fluidez y una imaginación apabullantes. Es una belleza que en muchas ocasiones no conduce más allá de la intrascendencia de la propia vida pero que, de algún modo, nos hace apreciar el camino. Como Kafka Tamura perdido en el bosque, como Aomame recluida en su apartamento, como Mari en el MacDonald´s o Naoko en las praderas, a veces no se trata de encontrar respuestas, sino de buscarlas. No se trata de encontrar a Murakami, sino de buscarlo y, por el camino, disfrutarlo. Tan simple como sus textos, como unas patatas del McDonald´s o como la nota sutil de un saxo.

 

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Comentarios
Brais Suárez

Brais Suárez (Vigo, 1991) acaba de estrellarse con su idea de vivir escribiendo aun sin ser escritor. Dos periódicos gallegos se encargaron de dejarle claro que mejor le iría si recordara mineralizarse y supervitaminarse, lo que intenta gracias a colaboraciones esporádicas con algunas revistas y otros trabajos más mundanos que le permiten pagarse su abono anual del Celta y un libro a la semana. Por lo demás, viajar, Gatsby y estroboscopia lo sacan de vez en cuando de su hibernación.

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