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FRÉDÉRIC BEIGBEDER

El extraño caso del niño con cuerpo de adulto

Brais Suárez

Ilustración de Matylda Zawadzka

 

Beigbeder se despierta en un baño de París. No está muy seguro de si es el de su piso de cinco habitaciones de Saint Germain, el de un hotel de lujo cualquiera o el de un after ilocalizable. Lo único cierto es que siente su cerebro agujereado como un queso Gruyère y que huele mal (él, no el baño), así que se limita a dilucidar lo elemental: su integridad física. Da un par de tumbos y, esquivando la luz del amanecer, un rostro colorado y una napia blanquecina le muestran en el espejo “la imagen de un payaso en negativo.”

 

Así, bajo el patetismo de lo que debería ser divertido y no lo es, con su humor triste y resignado, es como se define a sí mismo. Pero todavía quedan muchas cosas por aclarar. Intenta limpiarse los polvos de la nariz para tratar de rellenar los agujeros de su cerebro Gruyère y una deriva de unos veinte años (la mitad de su vida) se va esbozando entre sus delirios de resacoso.

 

Empieza con una adolescencia reprimida y lo conduce hasta la frustración de quien vive de acuerdo con lo que odia. Es un proceso antinatural y de inversión que surge a partir del trauma de una infancia sobreprotectora. Ya a sus 7 años, cuando su abuelo le enseñaba en la playa de Guéthary a hacer que las piedras caminen sobre el mar para distraerlo de su posible leucemia, Beigbeder intuyó que los términos estaban traspuestos. Tan enamoradizo como tímido, tan imaginativo como obediente y tan delicado como inexpresivo, fue desarrollando una sensibilidad que solo podía asumir mediante una madurez precoz. Así, se metamorfoseó en una dolorosa aberración: un adulto en cuerpo de niño. Aprensivo, responsable y serio, tuvo que  enfrentarse a la enfermedad, rehacerse del divorcio de sus padres, consolar a su madre y, encima, amenizar el panorama en las fiestas de su padre. Ahí adoptó el cinismo como filosofía de vida.

 

Solo era cuestión de que su cuerpo alcanzara a su mente, pero un Nueva York libertino se encargó de confundirlo. Creyéndose Holden Caulfield, allí se inventó tantas historias sobre su vida como gente conoció y, envalentonado por una embriaguez de libertad, sin responsabilidades ni fachas a las que someterse, fue concentrando a su alrededor a los esnobs de hoy en día. En 2011 diría que “hay que asesinar las apariencias”, pero entonces hacía solo unos meses que su desparpajo había empezado a asomar en la televisión francesa y, con solo 18 años, su timidez empezaba a ceder a favor de su labia. Beigbeder tenía que recuperar su infancia, sus caprichos y sus pataletas…

 

Escapa del espejo, pero el payaso mefistofélico lo persigue ahora desde el cristal del ventanuco. Los agujeros del Gruyère son demasiado profundos, pero Beigbeder no desiste en su empeño por recomponerse, por reconciliarse con ese bufón depravado. “¿Qué más, qué más?”, piensa. ¡Ah, los libros! ¡Y la música! Ya en Guéthary leía, Beigbeder. “Necesito un libro. Mierda, la puerta no se abre. Hay rejas. ¿Qué pasa aquí?”. El baño resulta ser el de un calabozo del Dépôt de París. “¿Qué hice?”. El trullo, el maco, la trena. “Pues escribe”, lo corta el payaso. Así es como Frédéric, el pobre y asustadizo Frédéric, empieza su redención. Desde una celda y con el corazón a punto de escapársele por la nariz, necesita escribir para huir y para entender. La vida transcurre demasiado rápido y no hay tiempo de mirar hacia atrás. Beigbeder inaugura un nuevo realismo, un realismo basado en su honestidad y en la capacidad para exprimir sus miserias. Es el único momento en el que puede escapar de ese otro payaso cínico que lo persigue desde el apartamento de su padre. De hecho, escribe como quien consulta un oráculo que lo ilumine. Es un acto de exploración en el que la historia aflora y se revela ante sí. De este modo nace su autobiografía: “Una novela francesa” (2011).

 

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“Recuerda, recuerda”… ¡Sí, los caprichos! Estudió políticas y ya era un adolescente en cuerpo de adolescente. La cosa parecía ir bien: ingenioso, provocador, ya algo más desinhibido, empezaba a encontrar con frecuencia su tesoro más preciado: los labios de las chicas. El siguiente paso le dio la autoestima necesaria para jugar con sus amiguitos y a los 25 años entraba de lleno en el mundo de la publicidad: “Al contrario que en la prensa, aquí escribes menos y cobras más”, decía mientras seguía colaborando en revistas y periódicos. El adolescente-cuerpo envejecía y el adolescente-espíritu empezaba a hormonar.

 

Beigbeder se convertía en un personaje esperpéntico de la vida real y, con su álter ego de Marc Marronier, intentaba hacerse una persona en la literatura. Ninguna de sus primeras novelas parecía conseguirlo: ni “Memorias de un joven loco”, ni “Vacaciones en coma”, ni “El amor dura tres años”. Lo intentó cambiando el nombre del mismo protagonista desfasado por Octave Parango en la revolucionaria “13,99 euros”, en “Windows on the World” y en “Socorro, perdón”, pero ni así. Sus desvaríos lo sobrepasaban. Solo su amigo Michel Houellebecq conseguiría, quince años más tarde, conjugar ambas naturalezas al incorporar los descalabros del personaje real a la ficción en “El mapa y el territorio”.

 

¡Abran la puerta! “Escribe o muere”, le dice la cara, ahora desde un charquito. Y Beigbeder sigue recordando la deriva de su vida. Le duele recuperar la sensibilidad sin una buena dosis de Xanax 50 o una rayita finita de cocaína… Veamos, leía novelas policíacas, a Carter Brown, luego se pasó a las de misterio y después dio con San Antonio, que lo llevó a Blondin para llegar a Céline a la vez que a Pink Floyd y Beethoven. Más tarde, Sartre y Camus, y Beigbeder ya tenía casi todo lo que necesitaba.

 

Pero “no se puede desear lo que se tiene, es antinatural”, se dijo. Y entonces llegó ese “13,99 euros” con el que se despidió de la multinacional de publicidad, ya harto de “contaminar el universo” y “venderos la mierda que nunca tendréis”. El nuevo capricho se alimentaba de inocencia y buenas intenciones. La aberración inicial de la playa de Guéthary degeneraba aún más en el niño en cuerpo de adulto. Las incoherencias no se quedaban ahí. Como el pirata cojo de Sabina, pero al revés, el esnob de Francia por excelencia se convertía en un comunista enfundado en ropa de APC, en un antisistema al volante de un Mercedes y en un sentimental que cada noche conoce a la mujer de su vida en una fiesta diferente.

 

“Ya está -le dice al payaso-: la persona es ficción, el personaje es real y tú y yo somos el mismo”. ¿Quién cojones puede escribir algo que no entiende? El payaso, o las rejas, le obligan a quedarse solo: “Estar solo se ha convertido en una enfermedad vergonzosa. Obliga a pensar y cuanto más piensa uno, más inteligente es, o sea, más triste”, recapacita Frédéric, algo más calmado.

 

Con los trucos de un mago que sabe mover sus cartas para condicionar las decisiones de los espectadores, la angustia y desorientación de Beigbeder no solo plantean su dilema personal sobre qué es el éxito en la vida. Él va más allá de la propia soledad e incomprensión para intentar explicar la frustración de un mundo cuya ruta de navegación está fijada por quien no tiene rumbo propio. Triunfador a ojos de la sociedad y paradigma perfecto de la productividad, vuelca su ingenio en un cinismo característico del Bandini más desesperado de Fante para plagar de humor ácido y transgresor unos libros desalentadores y dolorosos.

 

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“Abandone su celda; el juez lo espera”. Pero Beigbeder necesita por fin hablar y no reacciona. Como si fueran eslóganes, va dejando un rastro de frases breves en forma de sentencias apabullantes. Infunden un odio irresistible hacia sus protagonistas (sus álter egos), pero también una compasión sufrida hacia quien no tiene más ambiciones que un buen culo recubierto de polvos blancos. La hipocresía de la que él mismo se sirve lo hace añicos y por fin usa las palabras para hallar una explicación a toda la confusión que fomentó con su trabajo de publicista. Beigbeder se erige, para bien o para mal, como el escritor de nuestra era: “Los protagonistas de mis libros son los productos de una época de inmediatez, perdidos en un presente desarraigado, habitantes transparentes de un mundo en el que los sentimientos son efímeros como mariposas, en el que el olvido protege del dolor”.

 

El payaso silba con asombro. “Caramba, Freddi -le dice-. Esto de la biopolítica que encierra a drogadictos va a tener su lado positivo”. Beigbeder sigue sin reaccionar. Los agujeros del Gruyère están casi sellados y, recuperado su pasado, se enorgullece del presente: reeditó el buen porno con la revista Lui, encabezó un manifiesto en defensa de la prostitución, organiza fiestas nocturnas, se divorció tantas veces como se casó… Con su último libro, “Una novela francesa”, Beigbeder parece asumir al fin que el hecho de que la gente prefiera quedarse con sus tonterías de cara a la galería no le arrebata la sensibilidad de cuando hacía saltar piedras sobre el mar de la playa de Guèthary. Desafiando el relato de Scott Fitzgerald, Frédéric Beigbeder se apodera de las evoluciones divergentes de cuerpo y espíritu para reencontrar el curso de la vida junto a su hija Chloé. El personaje vuelve a la novela y la persona se hace realidad.

 

Es de noche otra vez. La napia ya no es blanca y la cara vuelve a su color carne. El payaso desaparece cuando alguien abre la celda. ¿Cómo se declara ante los cargos imputados?

 

“Me declaro culpable para dejar de sentirme culpable”.

 

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Comentarios
Brais Suárez

Brais Suárez (Vigo, 1991) acaba de estrellarse con su idea de vivir escribiendo aun sin ser escritor. Dos periódicos gallegos se encargaron de dejarle claro que mejor le iría si recordara mineralizarse y supervitaminarse, lo que intenta gracias a colaboraciones esporádicas con algunas revistas y otros trabajos más mundanos que le permiten pagarse su abono anual del Celta y un libro a la semana. Por lo demás, viajar, Gatsby y estroboscopia lo sacan de vez en cuando de su hibernación.