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Pina

Lo industrial

 

Vidal Romero

 

Lo industrial, pero no como un estilo musical definido, sino como un estado de ánimo: todo ese ambiente de negatividad y podredumbre moral; toda esa trastienda emocional y el mal rollo que se producen en nuestra sociedad. Ahí es donde Pina encuentra la inspiración para fabricar discos que abundan en drones, atmósferas amenazadoras, ritmos cortados a cuchillo y violencia atmosférica. Una experiencia que tiene tanto de físico como de emocional, y que se presenta en el Sónar con un espectáculo especial.

Pina tocará el viernes 13 de junio en el Escenario SonarVillage

 

Técnicamente nací en Barcelona, pero me crié en El Prat de Llobregat, con sus yonkis entrañables y toda la pesca. A día de hoy todavía no he dado una sola clase de música y llegados a este punto casi que hasta lo agradezco, porque eso me ha permitido acercarme a la música desde un punto de vista no musical. Los culpables de mi interés por la música electrónica son Depeche Mode. Son (o al menos eran) un grupo de iniciación perfecto: detrás de todos esos estribillos pegadizos habían toneladas de sintes, cierto grado de experimentación con el sampler, acercamientos al industrial o el minimalismo y, bueno, todos esos maxis con un olfato exquisito a la hora de elegir a los remezcladores”. El que así habla es Pedro Pina, un productor aficionado a los drones, los ritmos crudos y la chicharra digital. Los dos discos que ha publicado en Lapsus –pueden encontrar el último de ellos, “Hum” (13), en la lista de los mejores discos nacionales de 2013 que elaboramos en esta casa– son de lo mejor que ha sucedido en la electrónica nacional en los últimos años, pero en realidad la historia de Pina comienza mucho antes. Concretamente a finales de los noventa, cuando se hacía llamar Sloan, un proyecto que “coincidió en el tiempo con la compra de mi primer sampler y con el descubrimiento del drum'n'bass, seguramente en alguna edición del Sónar. Ritmos endiabladamente rápidos y unos bajos que te golpeaban en la boca del estomago, todo formando parte, además, de una escena que no paraba de evolucionar y mutar, que se mezclaba con muchos estilos. Me tuve que enterar por la prensa de que lo mío tiraba más hacia el techstep, sin tener ni idea de lo que era aquello; yo venía del gotiqueo y la electrónica oscura y supongo que bastante de eso se debió de filtrar en Sloan”.

 

Últimamente se está mitificando mucho la escena electrónica que había en Barcelona a finales de los noventa, a través de libros, de documentales y de todo tipo de artículos. Tú, que la viviste de primera mano, ¿cómo la recuerdas? ¿Era realmente ese paraíso que muchos describen?

Lo máximo que puedo recordar, y no tiene nada que ver con la electrónica, es cuando a las tres de la madrugada venían los indies del antiguo A Saco en L'Hospitalet hasta el Toque BCN, cambiando los Sisters of Mercy por los Pixies. Aparte de eso, ni viví el primer Nitsa ni nada. Como mucho, y ya es bastante tardío, la primera época del Moog, cuando los mejores lives se programaban en miércoles. En aquella época no nos hacía falta ir a Barcelona para pasarlo bien; entre la programación de conciertos de La Capsa, que era espectacular, y las sesiones en Blau (la discoteca del pueblo, para que te hagas una idea) no teníamos mucha necesidad de ir a la capital.

 

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Entre Sloan y tu nuevo proyecto, Pina, han pasado más de diez años. ¿Qué has estado haciendo en todo ese tiempo?

Terminé con Sloan alrededor del año 2000 y los primeros temas como Pina llegaron unos ocho años después. Pasé algún tiempo liado con el electro pero sin editar nada. Luego, entre 2004 y 2007, estuve tocando en Fire, un grupo de pop electrónico que llegó a publicar alguna tema suelto; aparecemos en uno de los recopilatorios de RazzMatazz, pero ni recuerdo en qué año. Una vez finiquitado Fire decidí comenzar otro proyecto en solitario, y ahí fue cuando volví a encontrarme con el ruidismo que solía practicar antes de Sloan. Fuera melodías, fuera estribillos; un reset total.

 

Pina es un proyecto centrado en un techno muy energético y detallista. ¿El joven productor de drum’n’bass sigue ahí dentro, metido en algún sitio?

Tampoco tengo claro hasta qué punto lo que hago es techno, IDM u otra cosa. Prefiero decir que lo mío es industrial, aunque esto también pueda dar lugar a equívocos. Yo entiendo el industrial como una manera de aprovechar y manipular lo que como sociedad no queremos. También es, en cierto modo, un reflejo de cada momento: a finales de los setenta y los ochenta era la reconversión industrial, la guerra fría o el Tatcherismo y ahora se trata de la sociedad de consumo o la reconversión digital llevada hasta sus últimas consecuencias; esos son los caldos de cultivo idóneos para que lo industrial pueda seguir evolucionando. Todos estos elementos generan un ruido, un elemento molesto, que yo utilizo como base para llevar mi música hacia donde me apetezca, ya sea techno, drone, IDM o bass.

 

En cualquier caso, tengo la impresión de que en tus temas tienen más importancia las atmósferas y el diseño del sonido que los aspectos rítmicos.

Pues yo siempre había pensado que era justo al revés. Siempre he comenzado mis temas creando la base rítmica; incluso a la hora de trabajar con texturas y drones la dinámica viene marcada por los beats. El diseño sonoro siempre me ha interesado y dedico la misma atención a esculpir un bombo, a manipular una grabación de campo o a generar glitches. No me gusta trabajar con librerías, así que todos los sonidos que utilizo los comienzo desde cero, y sólo cuando ya tengo un ritmo apropiado empiezo a trabajar los componentes más atmosféricos; unos componentes cuyo origen es muy distinto en cada tema, pero que siempre mantienen el diálogo con la parte rítmica. Para terminar, y dependiendo de los huecos que dejen esos elementos, habrá espacio para meter un bajo o más texturas, y eso a su vez afectará a la manera de estructurar el tema. Pero, en el fondo, todo se reduce a una relación entre frecuencias y a cierta intencionalidad que pueda haber detrás.

 

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Tu primer disco, “Onda corta”, era muy violento y oscuro, parecía evitar la pista de baile.

Bueno, no evitaba la pista de baile, pero tampoco la buscaba. “Onda corta” surgió como una evolución de “B/N”, el primer trabajo que edité como Pina, en el que los beats eran todavía más pesados y lentos. “Onda Corta” supuso aumentar los BPMs y añadir elementos nuevos como bajos, glitches o algún que otro golpe de sintetizador. Respecto a las influencias que manejaba en esa época, al margen del rastro de Raster-Noton creo que hay bastante de dos de mis referentes favoritos: Clock DVA y Lassigue Bendthaus. De hecho, creo que es más importante la influencia de estos dos que de Raster-Noton.

 

También daba la impresión de ser un disco disperso; más una colección de temas que hubieras puesto en común que un disco con un concepto cerrado.

Mientras estaba creando los temas que formarían parte de “Onda Corta” no tenía muchas expectativas de volver a editar. Comencé a planteármelo cuando tenía unos cuantos temas, más o menos una docena. Como había estado utilizando una manera de producir concreta, esos temas salieron con un sonido característico, más o menos común. Así que, más que el hecho de que tuviera una intencionalidad concreta, los temas de ese disco funcionan como un reflejo de lo que me estaba pasando en aquella época. Por ejemplo, llegas un día con agobios y buscas poner el encefalograma plano: de ahí puede salir algo hipnótico. Trabajar de ese modo me obliga que el grueso del tema, lo que determina por donde terminará saliendo, se cree en ese mismo día. Si no, me resulta imposible recuperar el feeling.

 

En “Hum”, en cambio, hay una paleta de sonidos mucho más amplia y también se intuye una cierta voluntad narrativa. ¿Hay alguna historia detrás del disco?

Hum” también supuso otra evolución, tanto en la manera de producir como en los BPMs, que subieron de 115 a 130. El juego con drones o texturas se volvió más importante, así como el uso de la reverb, dos elementos que a veces podían generar melodías. Supongo que esto ayudó a que el resultado sea más suave, menos seco, menos bofetón en la cara: los ritmos siguen siendo rápidos, pero tienen una cadencia lenta y algo de swing, y eso ayuda a que el resultado sea menos duro. Además, el hecho de estar en Lapsus, y con perspectivas de lanzar un nuevo disco, me ayudó a plantear los temas de otra manera. ‘Hum’, el título del disco, es una palabra inglesa que hace referencia a un sonido de baja frecuencia que, con ciertas características propias en cada caso, todos apreciamos de un modo parecido. Ese ‘hum’, más o menos representado en los drones, es lo que le da esa coherencia al disco.

 

Tu propuesta es bastante atípica en España, pero sin embargo tienes contactos con gente como la de Lapsus o algunos artistas que han realizado varias remezclas para el disco. ¿Te sientes parte de algún tipo de escena o disfrutas siendo un outsider?

Soy muy escéptico con todo esto de la escena. Primero, porque tampoco existe un sonido más o menos común a todos los que estamos haciendo música electrónica en estos momentos. Y segundo porque falta uno de los ingredientes más importantes: el público. Hay más artistas y sellos que nunca, pero falta justamente que haya público más allá de los cuatro gatos de siempre, que acabamos yendo a los mismos sitios. Dicho esto, tengo la impresión que están más receptivos fuera de nuestras fronteras que dentro, y esto es algo que no acabo de entender. Fíjate, por ejemplo, en el disco que han lanzado LCC en Editions Mego (un señor discazo, por cierto): si ese disco lo llegan a sacar en un sello de aquí, todavía estaríamos esperando a saber quién hay detrás. Compáralo ahora con el caso de Suero, un artista madrileño cuyo trabajo y manera de entender el ruidismo es más o menos afín a la mía. ¿Alguien lo conoce? ¿Tiene que picar fuera para que le hagamos caso aquí? Creo que esta situación es un tanto anómala.

 

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Vamos a hablar del Sónar. ¿Qué significa el festival para ti?

El Sónar ha sido siempre un referente, sobre todo la edición diurna. Con sus cosas criticables, creo que la evolución del festival ha sido más que coherente. Ahora mismo existen otras iniciativas, otros festivales como MiRA o Lapsus en Barcelona, o el L.E.V. en Gijón, que en cierto modo están retomando lo que era el Sónar en sus orígenes. Además, el hecho de que estén repartidos a lo largo del año es positivo porque se difumina aquel efecto de espejismo que tradicionalmente sucedía durante la semana del Sónar. Una semana en la que la ciudad se convertía en la capital mundial de la electrónica y el resto del año no quedaba ni rastro.

A un nivel personal, aparte de hacerme sentir más viejo, volver a tocar en el Sónar 16 años más tarde supone un cierto reconocimiento al trabajo que he realizado en los últimos años. Teniendo en cuenta que mi rollo no responde a hypes del momento, y que ahora mismo hay muchos más proyectos donde elegir, estar en la edición de este año es más que positivo.

 

¿Qué tipo de espectáculo estás planteando?

De entrada, el primer reto ha sido el hecho de tocar durante 90 minutos. Con este timing no podía limitarte a presentar el último disco, así que al final he estructurado el directo en tres partes diferenciadas. Una primera donde me centraré en los temas de mi serie “Friday I'm in drone”, seguido por un repaso a algunos temas de “Onda Corta” y terminando con los temas de “Hum”. Al ser un directo tan largo he preferido preparar algo que gane en intensidad a medida que vaya avanzando. Por la misma razón, y porque es en un escenario al aire libre, he decidido no llevar visuales, que tampoco lucirían demasiado. Así que estaremos mis máquinas y yo.

 

¿Hay algún otro concierto dentro del festival que te interese? ¿Algo que no deberíamos perdernos?

Chris & Cosey son de visita obligada. Respeto y admiro toda su trayectoria y han sido una gran influencia. A Ben Frost y a James Holden tampoco me los pienso perder y también espero disfrutar el directo de Nev.Era con Xarlene. Lo bueno de festivales tan grandes como Sónar es justamente su sonido. Poder ver propuestas de aquí con un sistema de sonido a la altura va a ser todo un lujo.

 

Por último, ha pasado ya casi un año desde que se publicó “Hum”. ¿Estás trabajando ya en cosas nuevas?

Todavía no he comenzado a trabajar en un disco nuevo, pero sí que llevo algún tiempo planificando cómo hacerlo. Será un disco pensado para el directo, y con esto quiero decir que tras varios años con una propuesta de directo más o menos parecida, pretendo replantearme la manera de trabajar en vivo. No tengo claro si (siguiendo con la tradición) será un trabajo más rápido o echaré un poco el freno, porque si continúo subiendo BPMs acabaré haciendo drum'n'bass en un par de discos y tampoco me apetece eso. También quiero volver a utilizar los sintetizadores, que hasta ahora han tenido una presencia testimonial; quizás ha llegado el momento de reencontrarme con la melodía. Y por último llevo un par de años madurando un nuevo proyecto, Loppkio, junto a Moduleigth. En Loppkio le damos a partes iguales al techno y al ruidismo. Tal vez esto ayude a que haya menos mala baba en mis nuevos temas, y eso me permita profundizar en nuevos terrenos.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com

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