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Loop

Una dorada eternidad

 

Vidal Romero

 

Aunque nunca llegó a gozar de la popularidad de otros compañeros de generación, como Spacemen 3 o Flaming Lips, Loop fue una de las mejores bandas de la explosión de space rock de finales de los ochenta. Una banda de legado tan corto como intenso –apenas tres discos y una decena de maxis, publicados entre 1986 y 1990-, que ahora regresa a los escenarios, dispuesta a reclamar esa popularidad que no llegaron a tener en vida. De todo esto hablamos con Robert Hampson, líder y motor creativo del proyecto, que tras algunos años sufriendo en el limbo de los olvidados, ha regresado con fuerzas renovadas y un caudal de música bajo el brazo: tres (excelentes) discos publicados en 2012 bajo su propio nombre, un puñado de exquisitas remezclas que ha grabado para bandas como Mogwai o Mugstar, y el disco de retorno de Main, el más querido de todos sus proyectos.

Loop tocarán el viernes 30 de mayo en el Escenario ATP.

 

En el fondo, creo que toda la música que he grabado a lo largo de estos años tiene muchos puntos en común. Que hay ciertos rasgos reconocibles, como el uso de texturas muy pesadas y profundas, o la manera de componer las partes melódicas, que permanecen inalterables, aunque pasen los años y utilice distintos equipos e instrumentos”. Al otro lado del teléfono, Robert Hampson resume las casi tres décadas que lleva haciendo música. Tres décadas en las que ha pasado del space rock al ambient diamantino y del aislacionismo a la música acusmática; en las que ha cambiado las guitarras por samplers y luego los samplers por ordenadores, para terminar volviendo a los cacharros analógicos y las guitarras. Tres décadas en las que, tiene razón en lo que dice, ha conseguido dar forma a un lenguaje propio, que trasciende géneros e instrumentos. “Al final”, remata, “sigo siendo ese niño que jugaba a hacer música experimental con cintas de casete”.

 

Y es que Hampson comenzó a tocar muy joven. “Con doce años ya montaba bandas con mis amigos de la escuela. Todo muy amateur, grupos de versiones y cosas así”. Curiosamente, su primer instrumento fue el bajo, debido en gran parte a su afición por la música experimental. “Me interesaban mucho bandas como Cabaret Voltaire o Throbbing Gristle. Y de hecho, prefería tocar y grabar mis propias piezas yo sólo, utilizando un cuatro pistas, antes que buscar gente para montar un grupo”. El cambio no se produjo “hasta los veinte años, cuando descubrí lo que estaba haciendo gente como Sonic Youth o Glenn Branca. Fue entonces cuando decidí comprar una guitarra y poner anuncios en revistas como el New Musical Express o el Melody Maker, para encontrar otros músicos con ideas parecidas a las mías”.

 

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EL MUNDO EN SUS OJOS

Corría 1985 cuando Hampson consiguió reunir a “la primera formación de Loop. Siempre tuve muy claro lo que quería hacer, escuchaba sonidos dentro de mi cabeza a los que intentaba dar forma, pero no conseguía encontrar gente capaz de seguirme. Así que terminé montando la banda con mi novia y con algunos músicos que entraban y salían, tipos a los que podía decir claramente lo que tenían que tocar”. Cuenta también Hampson que en Loopsiempre sucedió todo demasiado rápido, apenas habíamos dado tres o cuatro conciertos cuando el dueño del sello Head nos ofreció grabar nuestro primer single”, y que esas prisas no siempre le vinieron bien a la banda. “Nuestras influencias eran una suma de la psicodelia británica, el rock ruidoso de la Velvet Underground y grupos de krautrock como Can o Neu!. La intención era partir de ahí y desarrollar un sonido propio, pero todo iba tan deprisa que no nos daba tiempo. Nos sentíamos sobrepasados, a rebufo de los acontecimientos”, una sensación que se acentuaba cuando la banda se encerraba en el estudio. “Siempre he considerado que había que enfrentarse al estudio como si fuera un instrumento más”, explica Hampson, “así que grabar los primeros singles y discos del modo en que lo hicimos, sin apenas tiempo ni dinero, resultó muy frustrante”. Y es que, si existía un elemento fundamental dentro del sonido de Loop, ese era la particular telaraña de guitarras que Hampson construía, superponiendo capas de feedback, punteos de naturaleza líquida y cascadas de acordes. Un equilibrio inestable entre la filigrana delicada y la crudeza rítmica, que ya brillaba en el primer disco de la banda, “Heaven’s end” (87).

 

La banda era muy diferente en directo que en el estudio”, prosigue Hampson. “En directo tocábamos de una manera muy salvaje, pero en el estudio intentábamos definir las canciones hasta el más mínimo detalle”. De ahí que los discos posteriores de Loop, “Fade out” (88) y “A gilded eternity” (90), refinaran su sonido y limaran sus aristas: cada vez eran más brutos, pero sus grabaciones reflejaban un mimo por el detalle obsesivo. “Trabajábamos muy duro. Todo era tocar en directo, grabar, volver a salir de gira y volver al estudio. Los últimos dieciocho meses de la banda no tuvimos ni un solo día de descanso, y encima estábamos sometidos a un montón de presión por parte de los sellos y los managers. Llegó un momento en el que no pude soportarlo”, confiesa. “Así que después de una gira particularmente tensa por Estados Unidos, decidí que era el momento de romper con todo y volver a mis orígenes, a la música experimental”. Y aunque “mirándolo con perspectiva es posible que fuera una mala idea, también me sentí muy liberado. Habíamos llegado a un punto en el que nuestra evolución pasaba por integrar muchos más aparatos electrónicos, y eso provocaba tensiones dentro de la banda. Resulta muy complicado tener a uno de los mejores baterías de Inglaterra en tu banda, y decirle que no, que tiene que dejar de tocar la batería y dedicarse a programar samplers y cajas de ritmos”.

 

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LÍQUIDO Y REFLECTANTE

Cuenta también Hampson que el tránsito de Loop a Main se produjo de una manera gradual. “Llevaba ya algún tiempo grabando cosas más experimentales en mi estudio casero junto a Scott Dawson”, otro de los miembros de la banda. “La idea era deconstruir las dinámicas de rock que existían en Loop y quedarnos con todo lo demás, con las texturas y las componentes atmosféricos”. Para aquella misión resultaba imprescindible “disponer de mucho más tiempo de estudio. Así que convencimos a nuestro nuevo sello, Beggars Banquet, para que en vez de pagar la grabación del disco nos ayudara a comprar equipo”. Aquello significó “trabajar sin presión por primera vez en mi vida, poder desarrollar mis ideas sin preocuparme del tiempo o de plazos de entrega”. Fruto de aquellos primeros meses de actividad surgieron una serie de singles, parcialmente recopilados en el compacto “Hydra-calm” (92), y el estupendo “Motion pool” (94), un disco que se planteó “como una transición entre Loop y Main. Por eso, muchas de las canciones tienen estructuras más o menos tradicionales, y por eso subsisten todavía algunos gestos propios del rock”. Un rock ruidoso y muy ambiental, eso sí, que el proyecto “iría abandonando poco a poco para pasar a un ambient mucho más primitivo, más cercano a Brian Eno o Robert Fripp. La idea era manipular las guitarras desde una perspectiva muy abstracta, hasta que no fueran reconocibles”. Una manera de hacer que daría lugar a discos tan celebrados como “Hz” (96) o las cuatro entregas de la serie “Firmament”, publicadas entre 1994 y 1998.

 

Por desgracia, aquella revolución en el sonido llegó demasiado pronto. “Tuvimos que dejar de tocar en directo porque el público no estaba preparado para entender nuestra propuesta”, se lamenta Hampson. Así que se concentraron por completo “en el trabajo de estudio, radicalizando aún más nuestro sonido”. Un sonido que evolucionaba “a la vez que el equipo que íbamos adquiriendo. Era una época en la que la tecnología avanzaba a mucha velocidad, y cada nuevo aparato significaba descubrir formas distintas de hacer música”. Las dificultades económicas, mientras tanto, desembocaron en el abandono de Scott Dawson, y Hampson se sumergió definitivamente en las aguas de la abstracción más radical. “Cuando Scott dejó la banda, decidí que era el momento de dar un nuevo giro a Main. Abandoné la guitarra y me concentré en técnicas más experimentales: micrófonos abiertos, sonidos concretos, máquinas de cinta, grabaciones de campo”, mimbres con los que daría forma a los últimos discos del proyecto, títulos como “Tau” (02) o “Surcease” (06), que parecen grabados por una persona completamente distinta. “El principal motivo para dejar la guitarra fue que cada vez me costaba más trabajo controlarla para que sonara como yo quería” añade. “Pero además, en aquella época comenzaron a popularizarse los ordenadores y aparecieron artistas como Fennesz, que le daban una perspectiva a la guitarra que mí no me interesaba. No me malinterpretes”, aclara, “me encanta Fennesz y un disco como ‘Hotel Paral·lel’ me parece una genialidad. Pero yo soy un hombre analógico y nunca me han gustado demasiado los ordenadores, así que aquella revolución no iba conmigo”.

 

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LA ANTÁRTIDA TERMINA AQUÍ

Nunca he dejado de trabajar ni de grabar, pero llegó un momento en el que la industria decidió desentenderse de la música experimental”, explica Hampson, con evidente tristeza, cuando se le pregunta por qué pareció desaparecer durante la década pasada. “El circuito habitual para el género, todas aquellas galerías de arte, pequeños museos y asociaciones culturales, fue de las primeras cosas en caer cuando la situación económica se vino abajo. Tocar y publicar se convirtió en algo muy complicado, y durante varios años llegué a pensar que todo el mundo se había olvidado de mí”. Fue entonces cuando se cruzó en su camino el compositor Christian Zanési, director actual del Groupe de Recherches Musicales (GRM). “Estaba grabando algunas piezas con François Bonnet, un músico que entonces disfrutaba de una beca en los estudios del GRM, y le habló de mí a Zanési. Comenzamos a intercambiar correos electrónicos, le envié varios de los discos de Main y le gustaron, así que me pidió que escribiera una pieza específica para la primera edición del Présences Electronique, el festival que hacen cada año en París”. Aquel fue el inicio de una colaboración que sigue en marcha a día de hoy, y que para Hampson es lo más parecido a vivir en el paraíso. “GRM es como el santo grial de la música experimental”, explica con devoción, “y todos los artistas que grabaron allí, Luc Ferrari, Bernard Parmegianni, Pierre Schaeffer, son los que me empujaron a hacer música experimental cuando era un adolescente. Así que estar en esos estudios, trabajando con los mismos equipos que utilizaban ellos, junto a algunos de mis compositores preferidos, es un sueño hecho realidad”.

 

Un sueño cuyo primer fruto fue el excelente “Vectors” (09), un compacto que recopilaba tres piezas suspendidas en el tiempo y el espacio, en las que se apilaban sintetizadores antediluvianos, técnicas de cut-up y manipulaciones de cinta. Tres años después llegaría “Répercussions” (12), “un disco acusmático en su expresión más pura”, que además servía para inaugurar una fructífera y torrencial relación con Editions Mego. Y es que, en los dos años escasos que ha pasado desde la edición de aquel disco, Hampson ha publicado otros tres títulos en el sello de Peter Rehberg: dos a su nombre, “Suspended cadences” (12) y “Signaux” (12), y otro, “Ablation” (13), que supuso el retorno a la actividad de Main siete años más tarde. Tres discos que, además, tienen ciertos puntos en común. “Hace unos dos años, empecé a trabajar de nuevo con equipos analógicos”, explica Hampson. “Volví a comprar aparatos e instrumentos similares a los que había utilizado durante los años de Main. En parte porque no me gusta hacer lo mismo dos veces, y en parte porque sentía que necesitaba desconectar de la música acusmática por algún tiempo; me apetecía volver a hacer música electrónica”. Esos dos últimos discos que ha grabado con su nombre “no contienen ningún tipo de software. Se trata de piezas improvisadas, grabadas sin reparar demasiado en los detalles. La música acusmática es algo muy delicado y detallista, hasta la más mínima partícula de sonido tiene que trabajarse durante horas o días, pero en estos discos quería disponer de más libertad para ver hasta dónde era capaz de llegar”. Una libertad, por cierto, que significó que recuperara su guitarra, quince años después de haberla abandonado, y que también le ha llevado a reformar a Loop,de momento, sólo para dar algunos conciertos y tocar en unos cuantos festivales”. Ojalá esta segunda oportunidad sirva para alcanzar el estatus de leyenda que siempre mereció la banda. De momento, los que ya han podido verla en directo hablan de conciertos incendiarios.

 

En cuanto a Main, Hampson lo quiere refundar “como un proyecto colaborativo. Me he pasado muchos años trabajando sólo, y me apetecía volver a tocar con gente”. El primero de estos invitados ha sido Stephan Mathieu, que ya le acompañó para el concierto que dio en la edición de 2012 del Primavera Sound. “llevamos algún tiempo tocando juntos y haciendo conciertos improvisados, y la verdad es que me ha ayudado a enfocar la música de Main desde otra perspectiva. Pero no quiero tocar sólo con él; en el próximo disco, que ya estamos grabando, vuelve a participar Scott Dawson. Y hay un par de músicos más, de los que todavía no puedo hablar, que posiblemente intervengan en futuras grabaciones”. Y no acaban ahí las actividades de Hampson, que ha redondeado su currículum en los últimos años con una serie de remezclas impresionantes para bandas como Mogwai, Trembling Blue Stars o Mugstar. “No hago remezclas por dinero”, advierte, “el grupo y la música me tienen que resultar interesantes o suponer un desafío de algún tipo”. Es lo que sucedió con su particular visión del “Serra” (11) de Mugstar, extendida hasta alcanzar cuarenta minutos de flotante felicidad. “Les dije a los chicos que me dieran una de sus canciones, que les iba a hacer una remezcla de cuarenta minutos. Era una broma, pero ellos se lo tomaron muy en serio”. 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com

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