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Jane-Weaver  

Jane Weaver

The silver globe

Bird–Finders Keepers

8,5

Psicodelia

Vidal Romero

 

Aunque dio sus primeros pasos a principios de los noventa, vocalista en bandas de indie pop hoy olvidadas como Kill Laura y Misty Dixon, la carrera de Jane Weaver cambió para siempre cuando se cruzó Andy Votel en su camino. Aficionada al folk y la psicodelia, Weaver encontró en el de Manchester a su perfecta media naranja (y no sólo en sentido figurado: son pareja desde hace casi quince años); un tipo que hablaba su mismo idioma, que ha sido siempre mucho mejor productor e ideólogo que compositor, y que tiene unos conocimientos enciclopédicos acerca de la library music, como bien sabrán los seguidores de Finders Keepers, el excelente sello que dirige. Fue así, con ese compañero a su lado, como Weaver fue virando su estilo, primero hacia el acid folk; un acid folk más cercano en espíritu a las instrumentaciones alambicadas y misteriosas de Roy Harper que a la poesía élfica de Fairport Convention –ahí están los notables “Seven day smile” (06) y “Cherlokalate” (07) para demostrarlo–, y más tarde hacia una psicodelia volátil, de superficies líquidas, aliñada con tropezones de folk etéreo, kosmische planeadora, library music y electrónica chispeante. Todo eso cabía en dos discos gemelos, “The fallen by watch bird” (10) y “The watchbird alluminate” (11), de extraña y magnética belleza.

 

Cuatro años más tarde, “The silver globe” retoma y mejora ese discurso, en parte porque tiene a su disposición un plantel impresionante de colaboradores –producen Votel y David Holmes, tocan Suzanne Cianni, Steve Maxwell (Cybotron), Badly Drawn Boy y un puñado de habituales de la familia Finders Keepers-, una banda que permite enriquecer las canciones originales con todo tipo de arreglos y detalles, con un arsenal de efectos y cacharrería antediluviana, que le dan al disco un sonido entre marciano y atemporal. Y en parte también porque enfoca el disco buscando siempre un equilibrio entre el espacio exterior y el espacio interior, buscando puntos de encuentro entre el salto hacia los confines del cosmos y la exploración intimista; un viaje plagado de referencias y guiños ocultos, que sólo el oyente paciente podrá ir desvelando. Es así como, tras una breve introducción, una abstracta bola de sonido que parece emerger de la nada, “Argent” desata un ritmo de naturaleza motórica (los que la escuchan suelen pensar en Stereolab, pero yo creo que Can es un mejor punto de referencia) sobre el que se van enroscando voces e instrumentos en una danza de naturaleza hipnótica. Una cabalgada cósmica que continúa en “The electric mountain”, que está construida alrededor de un sample de Hawkwind, y que sólo se relaja hacia el final del primer acto (porque, como casi todo lo que hace Weaver, “The silver globe” está pensado para escuchar en formato vinilo), con la belleza etérea de “Arrows” y la belleza pegajosa de “Don’t take my soul”, una canción magnífica, que bien podría haber escrito Alain Goraguer para que la cantara Jane Birkin.

 

Mucho más intimista y delicado, el segundo acto comienza con “Cells”, una pequeña maravilla construida a base de samples manipulados y arrebato vocal, y prosigue con otra pieza pop de inspiración cósmica, “Mission desire”, que como su propio nombre sugiere, posee una evidente cualidad cinematográfica; algo inevitable en un disco que, según reconoce la propia autora, está escrito bajo el influjo de Andrzej Zulawski. “Stealing gold”, justo después, podría pasar por un descarte de su época folk, si no fuera por esa cámara de ecos que comienza a resonar hacia el final del tema, y que abre el camino hasta otros dos temas, “If only we could be in love” y “Your time in this life is just temporary”, que cierran el disco entre ecos de pop clásico, orquestaciones emocionadas y una dosis justa de épica. Un baño de sonido encantado que, ya en la hora de la despedida, termina por disolverse entre ecos de aire pastoral. Un final perfecto para un disco casi perfecto; una de las gemas más brillantes que ha dejado a su paso este 2014 que se nos acaba.



Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com