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Mundial: Día 8

La gran épica mundialista

 

Textos de Brais Suárez, Rodolfo Santullo y Santiago García Tirado.

Fotos Fifa.com

 

La conjunción de los conceptos “selección uruguaya” y “campeonato del mundo en Brasil” invita a recordar lo mismo que anticipar momentos para la leyenda. En el enfrentamiento entre los charrúas e Inglaterra, por un rato le adjudicamos el principal a Álvaro Pereira, quien, tras recibir tremendo rodillazo en el parietal derecho, quedar conmocionado y abandonar el campo con las piernas flojas, se negó en redondo a ser sustituido y regresó al césped para seguir dejándose la piel en él. Pero, tras el justo empate de Rooney, Luis Suárez adelantó a su compañero sumando su segundo tanto de la noche y rompiendo a llorar en su carrera celebratoria, sabedor del esfuerzo casi milagroso que le ha tomado a su menisco estar en condiciones para la cita brasileña. Frente a la épica celeste, la pérfida Albión volvió a combinar buenos destellos (Sturridge) con pequeñas decepciones (Sterling) y su ya tradicional gafe (el cabezazo de Gerrard que habilitó a Suárez en el gol de la victoria). No están fuera los de Hodgson, pero dependen ya de una muy concreta combinación de resultados. Mientras tanto, en el grupo C de Colombia, los Cafeteros certificaron su liderato y Japón y Grecia firmaron un empate a cero que ni los elimina ni les invita a albergar grandes esperanzas de clasificación.       

 

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Colombia 2 – Costa de Marfil 1

(James 64’, Quintero 70’, Gervinho 73’)

Fran Perea se pasó toda su vida artística como el foco de las burlas de una generación, pero bien haría su selección si siguiera al pie de la letra las sumas hiperbólicas de esta alma perdida si no quiere acabar como él. Porque hay países que, en efecto, logran que  dos jugadores equivalgan a la fuerza, la velocidad y la precisión de siete bestias. Normalmente lo consigue algún equipo africano, que acaba convirtiéndose en la revelación del Mundial, pero esta vez fue Colombia la que salió al campo para destrozar las operaciones matemáticas más básicas y dar motivos, a base de jugadores-sorpresa, para no descartar el ver ningún partido del campeonato por muy mediocre que se plantee. Costa de Marfil no fue más que un buen compinche para derribar las reglas elementales de la naturaleza, al demostrar que los elefantes pueden hibernar si están fuera de su hábitat, o si salen a pastar sin los colmillos de Drogba y Kalou.

Así fueron los primeros 75 minutos del partido de ayer: Colombia, envalentonada por ese siniestro patriotismo que tiñe las copas del mundo, supo al menos transformarlo en algo más que una exaltación de sus colores y demostró un fútbol arrebatador, alegre y potente, que ni necesitó a Bacca, Guarín o Jackson Martínez (por no hablar de Falcao) para empezar asustando tras un pase genial de James Rodríguez a Teófilo Gutiérrez que casi acaba en gol. Pero, tal y como estaban las cosas, con Aurier como único destacado entre los africanos, el tanto no podía tardar en llegar. Y así fue: en el minuto 59, Cuadrado asustó de jugada personal con un tiro al palo y, en el 64, James Rodríguez se convirtió en otro elefante para reventar la portería de Boubacar a la salida de un córner. Drogba, recién entrado, se comió su marcaje, pero todavía tendría que esperar Costa de Marfil a recibir un segundo gol, cinco minutos más tarde (de Quintero, tras un robo en zona prohibida), para reaccionar. A falta de veinte minutos, Gervinho se multiplicó por siete, regateó con la cadera y tiró con el alma para despertar a su equipo, que consiguió meter el miedo en el cuerpo a los colombianos a fuerza de músculo. El partido era ya un espectáculo de cincuenta contra cincuenta y Fran Perea se revolvía en su tumba (¿sigue vivo?), listo para componer la banda sonora del próximo Mundial. Brais Suárez

 

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Uruguay 2 – Inglaterra 1

(Luis Suárez 39’ y 85’, Rooney 75’)

Qué partido. Así como me fue muy difícil en su momento reseñar con un poco de onda Uruguay-Costa Rica, me cuesta horrores poder centrarme en este Uruguay-Inglaterra. ¿Qué decir? Qué Uruguay plantó cara a un rival superior (y venía de perder contra un rival supuestamente inferior, no olvidemos) y lo llevó a jugar su juego. ¿Y cuál es el juego de Uruguay? El de la presión en tres cuartos de cancha, el de la entrega a niveles sobrehumanos de sus jugadores, el de la marca y el irse arriba de los contrarios ni bien tocan la pelota, o incluso antes. El juego de una pareja de centrales, Godín y Giménez (este último debutante en un mundial y con tan sólo 19 años), que anuló todo lo que pudo a los hasta cuatro delanteros que empleó Inglaterra. El juego de un Martín Cacéres subidor y el del sacrificio de un Álvaro "Palito" Pereira que llegó incluso a negarse a salir de la cancha a pesar de la recomendación médica. En el medio campo, Egidio Arévalo Ríos fue un titán. Anuló por completo al gran Steve Gerrard. Lodeiro, Rodríguez y especialmente el "Tata" González hicieron de todo, y todo bien. Y, cuando el equipo se vió superado, allí Inglaterra se topó con un Muslera inspiradísimo.

Y los de arriba. Si Suárez volvió de su lesión para silenciar todos los rumores ("Puede jugar apenas 60 minutos", había especulado Inglaterra) convirtiendo dos golazos, es Edinson Cavani mi elección para jugador del partido. No le faltó nada. Marcó. Pasó. Exigió. Corrió. Cómo corrió. Si alguna vez le pusiéramos un GPS a Cavani y contabilizáramos los kilómetros que corre, quedaríamos seguro de boca abierta.

Inglaterra no fue fácil, claro que no. Rooney exigió todo el partido y, en la única que logró salirse con la suya, lo empató. Y les puedo asegurar, como uruguayo que soy, que, faltando esos apenas quince minutos hasta el final, sentí que otra vez se nos negaba, que a pesar de la tremenda entrega de todo un equipo, volvíamos a quedar en la puerta. Y la verdad, jugando el equipo como estaba jugando no era justo. Luis Suárez pensó lo mismo. Su 2 a 1 es una muestra exacta del tremendo delantero que es. Esos que, si tienen una oportunidad en un partido, hacen un gol. Si tienen dos, hacen dos. Si tienen tres, tres. Ustedes me entienden.

En otro momento quizá hubiera podido ser más objetivo en mi crónica. Hoy sólo puedo decir: URUGUAY, NOMÁS!!! Rodolfo Santullo

 

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Japón 0 – Grecia 0

De no andar de por medio el fútbol, no me digan que un cartel que aúne Grecia y Japón no es por sí mismo una apuesta preñada de posibilidades. A un lado, la cuna de la cultura occidental, y al otro, la cuna del sushi. Un ejército de hoplitas y un ejército de samuráis. Un monasterio en Meteora frente a un templo en Kyoto. Así podría seguir durante días, hasta el infinito, la concatenación de detalles. De no andar por medio el fútbol.

En el fútbol, la Historia es un plazo de 90 minutos, y la estirpe toda se reduce a once que pelean contra once. Sin matices. En esta ocasión, además, ambos conjuntos llegan cargados de inseguridad, con sus técnicos cuestionados, y bajo presión para que no cometan errores antes de hora. Si Colombia ya tiene plaza asegurada, todavía es posible que la acompañen uno de los dos que pelean en el estadio das Dunas.

Japón asume la iniciativa en los primeros compases, y ya no la cederá a lo largo del encuentro. Es ella la que crea ocasiones, domina, se mueve sobre el terreno con su particular tiki-taka, si bien nunca termina de ser creíble. Grecia se posiciona con el cerrojo echado y se contenta con lanzarse al contragolpe. Cuando puede. Observen que, en el min. 15, Japón ya ha ejecutado 132 pases; Grecia, sólo 26 (y esa proporción se mantendrá hasta el final). Osako prueba desde larga distancia, varias veces. Honda lanza un misil. Por suerte para Grecia, todo parece estar bajo control con Kamezis en el marco.

Entonces se produce un hecho crucial para el desarrollo del encuentro: Katsouranis incurre en su segunda amarilla, y es expulsado cuando corre el min. 37. Poco antes había sido sustituida la estrella helena, Mitroglou, por problemas de cadera. Eso significa, a todas luces, que Grecia se enfrenta a un potencial bombardeo de demasiados minutos que le puede poner las cosas muy feas. Con todo, la primera parte se acaba sin goles.

La segunda mitad aporta pocas variaciones a ese cuadro. Ninguno de los dos equipos se atreve a grandes audacias, y las continuas ocasiones que Japón es capaz de crear quedan en humo. Crea muchas, muchísimas. Los griegos aguantan con su particular versión del catenaccio y, a la que pueden, improvisan alguna excursión al contragolpe. A continuación se repliegan, y el proceso vuelve a empezar. Los minutos pasan y no pasa nada. No ha dado más de sí la historia. Japón no ha sabido / no ha podido / no ha arriesgado. Grecia ha estado heroica conteniendo los envites de los nipones. Es evidente, al final, que unos y otros han dado por bueno el resultado y se citan con la suerte en el tercer y último encuentro de esta fase. Ya hay varios equipos con el billete de retorno comprado (ayer España, hoy casi Inglaterra), y han debido pensar que no era cuestión de precipitarse.

Más cosas de escritores: me entero, a través de Carlito Azevedo y Aníbal Cristobo, que, antes de debutar en Brasil, la selección inglesa visitó un orfanato. “Es descorazonador ver sus caritas tristes, sin alegría”: quien supuestamente lo dice no es Rooney, sino José, un chaval de 6 años. Bromea al respecto en Twitter Peter Nurse, del Wall Street Journal. Santiago García Tirado

 

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