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Mundial: Día 7

Y, al séptimo día, el campeón se apeó

 

Textos de Rodolfo Santullo, Toni Castarnado y Santiago García Tirado.

Fotos Fifa.com

 

La extraña y frustrante temporada del Barça, la prolongada y exigente temporada del Real Madrid, las sucesivas lesiones de Diego Costa en el último par de meses, el mazazo de la segunda parte contra Holanda, la tradición que asegura que la estrella de campeones del mundo cobra el peso de un agujero negro en la primera defensa del título, la convocatoria como primer delantero suplente de un tipo que ha sumado ocho míseros goles con su club a lo largo de todo el año (por veintitrés de un Negredo que lo vio todo por la tele), la ausencia de hambre anticipada por Del Bosque, la edad que comienzan a lucir algunos pesos pesados del equipo… Bien mirado, lo extraño no es que España haya quedado eliminada al segundo partido, sino que le permitieran incluso entrar en Brasil: de alguien tendrían que reírse, suponemos. Porque la otra selección que se volvió virtualmente a casa en tiempo récord, Australia, fue capaz al menos de plantarle cara a Holanda y de dejar para el recuerdo uno de los mejores tantos de la competición. Finalmente, ya de madrugada, Camerún se mostró más anárquico, autodestructivo y absurdo que Croacia, y eso implica mucha anarquía, autodestrucción y absurdidad: 4-0 para los balcánicos, que se jugarán el pase a octavos frente a México.     

 

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Australia 2 – Holanda 3

(Robben 20', Cahill 21', Jedinak p. 54', Van Persie 58', Depay 68')

Holanda, candidata luego de su apabullante victoria ante España (¿o ya lo era antes?). Australia, a ganar o quedar fuera. El partido arranca y, a medida que pasan los minutos, los canguros reiteran la buena imagen que dejaron frente a Chile, presionando en toda la cancha, imponiéndose con su físico, atacando por las bandas y buscando por arriba, donde dominan siempre. Y de a poco se despierta en uno ese sentimiento, que pasa casi siempre y casi siempre sale defraudado, de hinchar por el más débil. La poco probable Australia controla su partido contra la Naranja Mecánica de Robben, Van Persie y Sneijder. Pero, cuando estaba en lo mejor, se vino el apagón. Corrida desde la mitad de la cancha de Robben y, dando la inverosímil sensación de qué fácil que es esto de hacer goles en un campeonato del mundo, el pelado esquiva a uno y define cruzado de zurda.

No llega la sensación de "ya sabía yo que Australia no iba a poder" porque, menos de un minuto después, Tim Cahill firma su figurita de "sensación del mundial" y pone de volea un firme candidato a Mejor Gol de Brasil 2014. 1 a 1, pelota al medio y aquí no ha pasado nada. El resto del primer tiempo transcurre por los mismos canales: más Australia, dominando, y Holanda plegada atrás, jugando al contragolpe de aquel que confía en sus individualidades.

En el segundo tiempo cambia el libreto. Holanda sale a ganarlo, quizá después de mirar el repaso que hace The Guardian de la primera ronda, dónde los ubican primeros y a Australia últimos (a todo esto ¿qué mundial está mirando The Guardian?). Y, para colmo, Australia pierde a un sentido Mark Bresciano, artífice de su ataque (toda selección que se precie debería tener un pelado jugando. He dicho). Pero entonces ocurre lo improbable: mano en el área holandesa, penal para Australia y Jedinak mantiene el acierto perfecto en cuanto a penales cobrados en Brasil. 2 a 1, Australia lo da vuelta.

¿Y ahora?, se preguntan cuantos apostadores hay en el mundo, que ven sus pencas estallar en mil pedazos. Pues pocos minutos después suspiran tranqulos: quedada en la defensa australiana y el infalible Robin Van Persie empata. 2 a 2 y las cosas vuelven a ser al menos más razonables para la lógica. Ma qué partido... ¡partidazo!

Van y vienen, ataca Holanda, ataca Australia. Holanda pega, como viene haciendo hace varios mundiales. Y, justo después de una increíble salvada de Cillessen, el recien ingresado Depay le paga fuerte de fuera del área, le pica frente a las narices a Ryan y 3 a 2. Sumemos a nuestra desazón que inmediatamente sale nuestro ídolo Cahill (sí, para este momento hinchaba por Australia con todas mis fuerzas) y los canguros quedan sin su mejor jugador.

El partido se le escapa a Australia como agua entre los dedos. Holanda se defiende firme y, si tiene que pegar, lo hace sin asco. Leckie, el 7 australiano, es el único que todavía lleva algo de peligro pero no alcanza. Y me encantaría poder escribir que entonces ocurrió el sorpresivo empate y, es más, en una última carga y en tiempo extra, el cuarto gol que le dio la sorpresiva víctoria a Australia. Pero hay una razón por la cual uno hincha por el más débil: no suele ganar. Y esta vez no fue la excepción.

Partidazo, sí. Con algo de sabor amargo, también. Pero el objetivismo me obliga a concluir: justa victoria de Holanda. Rodolfo Santullo

 

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España 0 – Chile 2

(Vargas 20’, Aránguiz 43’)

Antes de empezar un torneo de este tipo, siempre surgen las típicas conversaciones entre amigos futboleros, se hacen porras, quinielas, hay quien es más optimista, hay quien no lo es tanto. Mi pronóstico fue este: si pasan la primera fase, ganan el Mundial, aunque lo que dudo es que se clasifiquen. Es verdad que, pese a que se sabía que la selección española llegaba fundida en lo físico, y muchos de sus jugadores también en lo moral, los resultados en los tres últimos grandes torneos hacían albergar esperanzas de que esta vez también se podían salir con la suya, “salir campeones” como dicen en Argentina. Pero había algo en el ambiente que nos hacía pensar que en esta ocasión no íbamos a vivir sensaciones similares a las de hace tan poco. Cuestión de química, de intuición, de ver los rostros de unos y otros. Había cierta desconfianza, cierta desmotivación (aunque tenían el premio más gordo por ganar el Mundial, y con diferencia, de entre todos participantes), es algo que fuera del campo se puede disimular, pero una vez dentro se te ven todas las costuras, los rivales te desnudan solo con la vista. Y de nada sirve que hace un mes Sergio Ramos fuera uno de los favoritos a llevarse el Balón de Oro, porque en realidad lo merecía, y visto ahora no aspire ni al podio. Pues no ha sido ni de lejos el central deslumbrante que se lo llevaba todo por delante, en su área y en la del contrario. Esa ha sido la viva imagen de este grupo de jugadores. Y, como él, el resto. Sigo pensando que Del Bosque ha pagado muy cara su gran apuesta, la de Diego Costa. No porque el ariete de origen brasileño no tenga nivel para estar aquí, el problema es que no ha tenido la chispa necesaria, cuando sufres un percance como el suyo a final de temporada luego no te puedes reenganchar y ser el mismo. Eso ha hipotecado al equipo, la brújula cambió su orientación y ya no sabía hacía dónde mirar, si al norte o al sur, al este o al oeste. El compromiso con él era sólido, tomaron una decisión hace meses, y ahora no se podían echar atrás. Cuesta entender, entonces, que Cesc fuera eje principal hace dos años en la Eurocopa, y también en el resto de triunfos, y en cambio todavía no haya pisado el césped en estos dos partidos. O que Villa, a quien te llevas por ser quien mejor entiende el juego de este equipo, tres cuartos de lo mismo. Son las exposiciones más flagrantes. Así que, con ese panorama, llegaba el combinado de Chile, su turno. Con ganas de revancha por dos razones, primero porque, según el pueblo chileno, “La Roja” sólo se les puede considerar a ellos, tuvieron ese apelativo antes que nadie, y les molesta que otros se hayan hecho más famosos bajo ese titular. Y, también, debido a la dejadez en el Mundial anterior, les tocó ser segundos de grupo (en el mismo de España) y en el cruce de octavos cayeron. Rocosos, con verticalidad, con un central que no llega a los dos palmos, pero que se lleva todos los balones, con un Vidal que, aún convaleciente de su lesión, corrió más que todo el equipo contrario junto. Con el 2-0 al descanso ya estaba todo el pescado vendido, la segunda parte fue un calvario. Iniesta lo siguió intentando, el que más, Busquets falló un gol cantado, y Santi Cazorla, un jugador fantástico y de refresco, fue el único que se atrevió a chutar. Impotentes y sin sentido. Ahora toca reflexionar, dar entrada a unos y salida a otros, y desear que el árbitro pite el final del partido contra Australia y les haga despertar de esta pesadilla. Suerte que llevábamos anteriormente seis años con dulces sueños, como Eurythmics. Toni Castarnado       

 

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Camerún 0 – Croacia 4

(Olic 11’, Perisic 48’, Mandzukic 61’ y 73’)

Me dispongo a ver el Camerún-Croacia, aunque soy consciente de las condiciones en que me encuentro. Comienza el juego y mi vista huye de la pantalla a la que me descuido, se posa en los papeles de mañana, leen una nota, buscan entre el correo. Oigo un balón que se patea y un estruendo de anfiteatro en el ambiente, pero no me dice nada. No logro ubicarme y el sueño me pierde el respeto. ¿Por qué no acaba ya esto? Anoto en una hoja: 18 de junio. Enseguida borro la fecha y acabo rompiendo el papel. Amago con escribir un poema despechado, el primero de mi vida, pero me contengo en un último instante.  La verdad, no pensaba que todo esto de la abdicación real me fuera a doler de esta manera.

Pasan unos minutos y compruebo entre la niebla que esto sigue su curso, supongo que en una realidad paralela. Corren de un lado al otro Camerún y Croacia. Los confundo, pero me dura poco, hasta que veo el ajedrezado. El fútbol es implacable, que decía Jorge Guillén, y hay que ser fuerte. Puede ser que dijera eso, o que mi estado de hoy me lo esté retorciendo todo. El caso es que en ese instante veo en la pantalla una internada croata que ha nacido de pase largo de Modric, veo una asistencia de tiralíneas de Perisic a Olic, y un gol que entra limpio a la red. Ahí está, implacable, la esencia del fútbol. Si no lo dijo Jorge Guillén, pues es igual.

El gol parece haberme arrebatado a la melancolía, al menos mis ojos ahora siguen el juego. Croacia no parece saciada, y vuelve unos minutos después a por su ración de gol. Lo intenta dos veces de córner, y ambas son rematadas de cabeza por Perisic. Por su parte, Camerún está, ahí simplemente, corriendo como en un partido de colegio, y va sacando su lado bronco. En un alarde de estupidez, Alex Song, jugador básico en la estrategia de su equipo, agrede a Mandzukic cuando se cruza sin balón, y acaba expulsado. Bien está. Estamos sobrados de energúmenos y yo no me merezco este espectáculo, a estas horas, por muy paralela que se crea esa realidad.

Espero mucho de la segunda parte, egoístamente hablando. Necesito un efecto prozac, inmediatamente, dosis de fútbol, carreras, jugadas que provoquen una emulsión de endorfinas en mi atmósfera triste. Croacia está por mí, lo veo enseguida, y me regala una cabalgada de las inolvidables: Itandje hace un mal saque que no llega al medio campo y Perisic mete gas con el balón pegado al pie hasta meter un trallazo por el palo corto que ni la defensa ni el propio Itandje acaban de creerse. Segundo gol, y alguna endorfina comienzo a ver.

Croacia es sabia, Croacia es buena: para sacarnos del abatimiento todavía cocina dos goles más, y ambos obra de Mandžukic. El primero, de cabeza; el segundo, a placer, tras un despeje fallido del portero camerunés. Me siento mejor. Veo que hay sustituciones. Olic ha hecho un partidazo y se merece un descanso. Perisic, lo mismo. Y estoy muy de acuerdo con Niko Kovac, que debe reservar lo mejor para el último partido contra México. Has hecho bien, Niko, le digo, y muy campechanamente, me guiña un ojo. O me parece.

Empieza a sentarme bien la realidad paralela. Ya huelo las endorfinas y empiezo a sonreír. Bueno, también es que tengo mucho sueño, y tener mucho sueño nos vuelve felices. En la pantalla los cameruneses se lían ahora entre ellos, y salen a mamporros, pero ya no me importa. Los cuatro goles croatas me han puesto de buen talante. Muy bueno. A todo esto, cuando me voy a acostar reviso mi agenda de partidos y veo que España jugaba hoy, y me pregunto, ¿jugaba? También leo en internet que desde las 00:00 h. había un rey nuevo en el mundo, ¿lo había? Es el milagro del fútbol, me digo. Apago la luz, y ya no recuerdo nada. Santiago García Tirado

 

 

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