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Phill Niblock

Minimalismo radical

 

Vidal Romero

 

Da gusto comprobar que, con ochenta años recién cumplidos, Phill Niblock sigue siendo uno de los compositores minimalistas más radicales e interesantes que existen. Más que la mayoría de los jovenzuelos que en el mundo se dedican a esto, pero también mucho más que cualquiera de los que formaron la primera ola del género, en el Nueva York de los años sesenta.

 

Por supuesto, ese gusto por seguir siempre la vía más difícil ha motivado que su figura sea mucho menos conocida que la de otros compañeros de generación más, digamos, comerciales –el crítico inglés David Stubb dijo de él, para que se hagan una idea, que a su lado Terry Riley parece Mike Oldfield–, pero a cambio le ha permitido dar forma a una obra en la que no caben fisuras ni pasos en falso. Enfrentar una pieza compuesta por Niblock significa adentrarse en un cúmulo de drones entre lo pequeño y lo minúsculo, que se engarzan en capas infinitas, hasta definir macroestructuras de carácter monolítico, en cuyo interior las variaciones son siempre sutiles. Lo suyo es, más que música, puro sonido en suspensión; un derrame de pureza aural que se expande hasta inundar los bordes de la estancia. De ahí que siempre haya insistido en que sus discos deben reproducirse al volumen más elevado posible: para sentir, y no escuchar, cómo la música ocupa y desplaza el aire a su alrededor

 

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Otro de los motivos por los que Niblock ha permanecido siempre en un segundo plano tiene que ver con el escaso que interés que siente por grabar discos. El motivo principal, según reconoció en una entrevista en The Wire hace algunos años, tiene que ver con que su música “es algo que se tiene que escuchar en directo, para disfrutar de un sistema de sonido potente, un espacio de gran tamaño y mucho volumen. Sólo así se producen las condiciones apropiadas para que aparezcan patrones de tonos y sonidos”. De hecho, y durante varias décadas, la mejor manera de acercarse a su obra era acudir a su apartamento en Nueva York, un loft diáfano (y de grandes proporciones) en el que daba conciertos con público de manera regular –una costumbre que últimamente tiene casi abandonada, por cierto, debido a que “al nuevo casero no le hacen mucha gracia los conciertos”. Todas esas reticencias sólo han pasado a mejor vida con la llegada de los ordenadores, una herramienta que le permite controlar el proceso de grabación y llevar sus piezas un paso más allá, aunque (cosas de pensar como un artesano) siga utilizando grabadoras de cinta multipista, para poder manejar el proceso de una manera manual, antes de volcarlo todo al Pro-Tools y proseguir allí con todo tipo de manipulaciones.

 

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Es ese cambio de circunstancias y mentalidad –y también el apoyo de sellos-ONG como Moikai, Touch o Sedimental– lo que ha permitido que la discografía del neoyorquino se haya expandido de manera notable desde finales de los noventa. Un espacio temporal en el que ha publicado una decena de títulos (más del doble que en los treinta años anteriores, es decir) que trazan una manera de hacer música única y cautivadora, situada en algún lugar ignoto entre la música concreta, la improvisación y la composición minimalista. Piezas en las que casi siempre se utiliza un mismo método: uno o varios instrumentistas tocan una nota o un mismo fragmento sonoro varias veces, produciendo múltiples pistas que son prácticamente iguales, y que luego Niblock combina y manipula en su multipistas, para dar forma a un gran drone de naturaleza misteriosa: ese derrame de pureza aural del que hablábamos más arriba. Un drone que se puede definir como música concreta porque la manipulación tan radical los sonidos originales provoca una poderosa descontextualización de los mismos. Como improvisación, porque muchos de los harmónicos que constituyen la esencia de las composiciones surgen de forma inesperada y casual, a la manera de Rhys Chatham o William Basinski (dos tipos que, no por casualidad, se consideran discípulos de Niblock). Y como composición minimalista, porque utiliza una gran economía de elementos –en muchas de sus piezas apenas suena un único instrumento, incluso una sola nota- y fía toda su suerte a las posibilidades de la repetición.

 

 

El último disco de Niblock, “Touch five” (Touch, 13) –titulado así porque es su quinta referencia en el sello inglés, su casa discográfica más querida–, está dividido en dos compactos de distinta naturaleza. El primero contiene dos piezas que siguen la metodología descrita más arriba: otros tantos instrumentistas –la chelista belga Arne Deforce y el arpista eléctrico Rhodri Davies, respectivamente- graban acordes y tonos puros decenas de veces, plegándose a las instrucciones de Niblock y utilizando afinaciones muy específicas. Un proceso que en el primer caso, “Feedcorn ear”, da lugar a un drone majestuoso y pleno de luminosidad; un enjambre de microtonos que acarician el oído y el alma del oyente y le ayudan a evadirse del mundo durante media hora feliz. Una suspensión del espacio y el tiempo que también consigue “A cage of stars”, aunque utilizando tonos ligeramente más siniestros y perturbadores. El segundo compacto, por otro lado, presenta a un Niblock menos habitual, que en vez de manipular fragmentos grabados escribe una auténtica partitura para un cuarteto de guitarras eléctricas. Una pieza, “Two lips”, formada por varias secciones, todas ellas compuestas a partir de secuencias microtonales, que luego se combinan entre sí de manera aleatoria. Para aumentar el goce, el disco incluye tres versiones de la pieza, grabadas por otros tantos cuartetos de guitarras. Tres cuartetos que han grabado la pieza cuarenta veces; cuarenta tomas distintas que están presentes en la mezcla definitiva, produciendo una auténtica piscina de harmónicos. Música celestial y con un potente trasfondo eléctrico, que recuerda poderosamente a uno de los mejores discos de Niblock: “G2,44+/x2” (02). Palabras mayores.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com

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