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70 años de Sunshine

Feliz cumpleaños, mr. Hofmann

Vidal Romero

 

De los muchos descubrimientos casuales que jalonan la intrahistoria del siglo XX, pocos han resultado tan decisivos para el universo de la música como el del LSD, hasta el punto de que ha transformado su desarrollo por completo. Semejante afirmación puede parecer un poco exagerada: a fin de cuentas, la cultura popular del rock siempre ha dado mucho más valor a otras drogas (la marihuana, la cocaína, sobre todo la heroína) con un mayor cociente nihilista.

 

Drogas que hablaban de caminar por el lado salvaje, de apartarse de la sociedad, de dejar un bonito cadáver y una leyenda que perseguir. Drogas mucho más interesantes para el adolescente fascinado con la estética yonqui que el LSD, una sustancia enteógena que a fin de cuentas es contemplativa y liberadora, que favorece el consumo en comunidad y que encima trae adosada a la espalda toda esa carga de paz, amor y flores que la cultura hippie ayudó a promover. Y sin embargo, sin el LSD muchas bandas y discos no habrían existido, o habrían existido de manera muy diferente: basta pensar en los Beatles, en los Beach Boys, en Grateful Dead, Jimi Hendrix y los 13th Floor Elevators, en Pink Floyd, Spacemen 3 o los Flaming Lips para darse cuenta de la magnitud de su influencia, de lo distintas que serían nuestras vidas y nuestra percepción de la música, si el suizo Albert Hofmann no hubiera metido los dedos donde no debía un bonito día de abril de 1943.


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Desde mediados de los años ochenta, después de que Hofmann relatara en una famosa entrevista la historia del descubrimiento, los aficionados al LSD han celebrado de manera efusiva el aniversario de ese descubrimiento (el llamado día de la bicicleta, el 19 de abril), una efeméride a cuyo rebufo han surgido un puñado de libros, discos y revistas que ofrecían su particular (ejem) visión del invento. Y de todos esos discos, uno de los más interesantes es el que editó Silent Records en 1993, “50 years of sunshine”. Recopilado y editado por Kim Cascone (que en aquella época todavía dirigía los designios del mítico sello de San Francisco), lo interesante de este doble compacto es que ofrecía una visión de la psicodelia muy particular, alejada tanto de las animadas visiones de mundos caleidoscópicos que prometían canciones como “Lucy in the sky with diamonds” o “Baby lemonade”, como de esa felicidad líquida y de color flúor, propulsada por el MDMA, que a principios de los noventa hacía bullir las raves. En su lugar, “50 years of sunshine” investigaba con formas lisérgicas menos evidentes, de naturaleza más meditativa y reconcentrada. Piezas que, cada una a su manera, preferían el viaje interior antes que la exaltación lujuriosa de la felicidad. Todo ello, a través de dos decenas de canciones exclusivas y en general luminosas, en las que convivían clásicos iconoclastas como Timothy Leary, Elliott Sharp, Psychic TV, Hawkwind o Nurse With Wound, y un puñado de jóvenes cachorros, afectos a ese ambient house de tintes experimentales que a Cascone le gustaba publicar en su sello.

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Veinte años después, el interesante sello polaco Monotype (del que hablaremos a fondo dentro de poco, por cierto) ha recogido el guante de aquella iniciativa, y ha encargado a Cascone que haga de comisario para una nueva recopilación, “70 years of sunshine”, que “ponga al día el software”, aprovechando el evidente resurgir de la psicodelia en el que andamos metidos. Una empresa que Cascone se ha tomado al pie de la letra, al recuperar a varios de los artistas que aparecieron en la primera recopilación (aunque todos mucho más viejos y con nuevos proyectos), y completar el invento con una mezcla de viejas glorias y de jóvenes valores. Eso sí, tal vez signo de los tiempos que nos ha tocado vivir –o quizás porque la música electrónica ha cambiado mucho desde 1993 esta vez el tono general de las colaboraciones es mucho más crudo y sombrío. Lo que significa que varios de los artistas se alejan de aquella sensación de escapismo, de aquel tímido bienestar, que “50 years of sunshine” dejaba flotando en el ambiente. Es algo que se percibe sobre todo en el segundo de los compactos (que no por casualidad se subtitula “Descent”), en el que proyectos como Komora A, Mirt o Ceremonial Dagger parecen más interesadas en reflejar los estados de ansiedad o paranoia que el consumo de LSD puede llegar a provocar. Suerte que, para compensar el mal viaje, también hay muchas visiones cósmicas (Kawabata Makoto, Ethernet, Invisible Path o Mystical Sun), alguna pieza con sabor clásico (Andrew Lilles), collages evocativos (unos sorprendentes Legendary Pink Dots) y ciertas dosis de minimalismo diamantino (Chihei Hatakeyama, la preciosa “Scilla im scilla” de Rafael Anton Irisarri). Dos decenas de temas, en fin, que brindan por la pervivencia de una manera de entender la vida (o mejor dicho, de celebrar la vida) más necesaria que nunca en estos tiempos oscuros.

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com

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