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Machinefabriek

Hay un hombre en Holanda que lo hace todo

 

Vidal Romero

 

Hubo un momento, a mediados de la década pasada, en la que muchos artistas comenzaron a poner en crisis el modelo tradicional con el que habían estado funcionando los músicos; ese modelo que consiste publicar un disco para salir de gira para publicar un disco para salir de gira.

 

Era también un momento en el que la industria musical se tambaleaba y en el que los usos de los oyentes estaban cambiando –comenzaban a escucharse más canciones que discos y las recomendaciones ya no venían de mano de los amigos, sino de webzines y de servicios como YouTube–, así que resultaba más importante que nunca mantener un flujo continuo de información nueva, para no quedar perdido en la vorágine de la red. Una realidad que el holandés Rutger Zuydervelt supo leer a la perfección: bajo su propio nombre, o como Machinefabriek, publicaba discos nuevos prácticamente cada mes; ediciones casi siempre caseras y casi siempre muy limitadas (pocas rebasaban las cien copias), que se agotaban con rapidez. Que espoleaban los reflejos de los coleccionistas, esa raza cada vez más escasa, al tiempo que le permitían gozar de una presencia constante en los medios (de papel o virtuales) dedicados al ambient y la cosa experimental.

 

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Esa manera de operar le permitió, además, utilizar sus grabaciones como un campo de pruebas continuo, una manera de crecer delante mismo del público, de explorar muchos caminos en paralelo, sin las ataduras de tiempo y de dinero, sin las ataduras artísticas, que suelen lastrar a la industria musical. Las ventajas eran evidentes: por un lado, los discos (que a pesar de su origen casero solían lucir diseños muy cuidados) se convertían en piezas de colección, que no se buscaban sólo por el contenido, sino también por su halo de exclusividad. Por otro lado, Zuydervelt podía hacer evolucionar su lenguaje con una libertad y una rapidez de movimientos inusitados. Y así, si al principio se le asoció con el ambient diamantino y los drones minimalistas, pronto andaba expandiendo sus actividades hacia la neoclásica, el post rock, los paisajes sonoros, los collages radiofónicos y cualquier otra loca etiqueta que a ustedes se les pueda ocurrir. Parafraseando a Astrud, daba la impresión de que había un hombre en Holanda que lo hacía todo.

 

Por supuesto, tanta actividad no pasó desapercibida para los sellos más convencionales. Así que a lo largo de los años, nuestro hombre ha terminado por publicar discos en plataformas tan prestigiosas como 12k, Type, Dekorder, Digitalis, Important, Home Normal o Entr’acte; un laberinto de títulos que, sumando todos los formatos, todos los alias y todas las colaboraciones en las que Zuydervelt se ha involucrado (colaboraciones, cuidado, con luminarias del calibre de Celer, Gareth Davis, Nils Frahm, Stephen Vitiello o Peter Broderick), se va más allá de los doscientos títulos. Un caudal inabarcable, en el que la calidad no es siempre alta –el carácter altamente experimental de muchas de sus grabaciones lleva implícito ese riesgo-, pero que contiene un puñado de referencias notables, que cualquier buen aficionado al ambient y la música experimental debería tener en su estantería. Entre ellas, tres de los discos que ha publicado en los últimos meses. No están todos los que son, el tipo sigue siendo prolífico y sigue cultivando todo tipo de formatos y plataformas; pero sí están los más interesantes.

 

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Grabado bajo su nombre de pila, “Stay tuned” (Baskaru, 14) ofrece un acercamiento bastante particular a la música neoclásica. Se trata de una pieza en la que participan 153 músicos (entre los que se incluyen muchísimos nombres conocidos: de Richard Youngs a Benoit Pioulard, de Nils Frahm a Julia Kent, pasando por Andy Moor, Scott Tuma o Stephen Mathieu), cada uno de ellos tocando un instrumento a su elección –que en no pocas ocasiones es su propia voz-, con la única condición de tocar la nota “La”. La idea, según Zuydervelt, consiste en permitir al oyente “pasear alrededor de una orquesta de ensueño” en la que se mezclan instrumentos acústicos clásicos junto a guitarras eléctricas o sintetizadores, y en las que también se mezclan técnicas para tocar tradicionales con manipulaciones que escapan del lugar común. Una pieza en la que nuestro hombre lo fía todo al poder de la mezcla: juega con volúmenes y ecualizaciones hasta conseguir un drone brillante y luminoso, que siempre está en movimiento, y que semeja una especie de líquido amniótico, en cuyo interior las leyes del tiempo y el espacio parecen desvanecerse. Una pieza que recuerda al trabajo de gente como Rhys Chatham o Phill Niblock y que (una vez más) abre un camino lleno de posibilidades delante del músico holandés.

 

 

También muy interesante es “Shivers” (Miasmah, 14), el homónimo debut de un proyecto que Zuydervelt comparte con Leo Fabriek y Gareth Davis. Tal y como su título sugiere, la inspiración del disco proviene de una de las primeras películas de David Cronenberg –que en España se tituló “…vinieron de dentro de” (75)–, una cinta de atmósfera asfixiante en la que había espacios para el gore y el humor negro. De igual manera, los tres músicos alternan piezas en las que los instrumentos parecen arrastrarse por el suelo, parecen desmoronarse y deshacerse en el espacio, con otras en las que incluso se hilvanan motivos melódicos (como sucede en la bonita y melancólica “Rabid”) o que citan sin ningún tipo de pudor al viejo John Carpenter (la estupenda “Brood”). Todo cabe en seis estupendas piezas de naturaleza cinemática, a medio camino entre el post rock, el dark ambient y la música para películas.

 

 

Y ya que estamos con las bandas sonoras es necesario hablar también de “Stillness soundtracks” (Glacial Movements, 14), una colección de siete composiciones, publicadas esta vez como Machinefabriek, que acompañan a otras tantas viñetas visuales de la fotógrafa y videocreadora Esther Kokmeijer. Grabadas en Groenlandia y el Mar Ártico (de ahí el interés de Glacial Movements, el sello que dirige Alessandro Tedeschi, en el proyecto), las piezas de Kokmeijer escapan del formato clásico documental; antes bien, se trata de planos fijos en los que la duración, la posición de las cámaras y hasta la textura están pensados para capturar la inmensidad de esos paisajes congelados. Una poética de la magnificencia que Zuydervelt acompaña unas veces con delicadas composiciones para cuerdas y piano –en las dos versiones de “(Chinstalp)”-, y otras veces con collages de apariencia más abiertamente aislacionista: ya saben, drones, subgraves, ritmos crujientes, cuerdas emborronadas y nubes de electricidad estática, todo fundido en prodigiosa armonía. Ese tipo de sonido por el que se conoce a Machinefabriek, pero depurado y llevado a unas cotas de belleza que pocas veces ha llegado a alcanzar nuestro hombre en ninguno de sus proyectos.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com