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Lubomyr Melnyk

Como una lluvia de notas sobre el asfalto

 

Vidal Romero

Fotos Color Scott McMillan

 

Nacido en Ucrania en 1948, y criado entre Canadá y Francia, Lubomyr Melnyk ha sido durante muchos años uno de los secretos mejor guardados dentro de la escena contemporánea; una figura marginal incluso dentro de un campo en el que la marginalidad es norma. Pianista de formación clásica, su vida cambió cuando descubrió las cosas que estaban haciendo los minimalistas en Nueva York.

 

La música de Terry Riley y Steve Reich abrió todo un universo delante de mí”, reconocía el año pasado, en una entrevista para The Guardian. “Así que comencé a seguir sus pasos a través del piano, que me parecía el instrumento más apropiado para este tipo de composiciones”. Tocando de esa manera (y aquí es donde el relato se pone un poco jipi) descubrió que “esa música en apariencia simple estaba provocando un cambio en mi cuerpo y en mi mente. Me di cuenta de que era posible, como pianista, unirme de una manera íntima con el sonido del piano; que sólo así se podía llegar a obtener la auténtica voz del piano. Era como recorrer un paisaje completamente nuevo, después de haber estado atrapado dentro de un lugar común”.

 

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Fue así como Melnyk desarrolló lo que él denomina “música continua”, una manera de tocar el piano que consiste en acumular capas de notas y acordes, lanzadas al aire con mucha rapidez y de manera repetitiva, hasta conseguir que extrañas formaciones armónicas comiencen a flotar por encima de las piezas. Las referencias al minimalismo son evidentes, porque aquí también existen numerosos patrones que se van repitiendo, y que al hacer aflorar los armónicos ocultos en la escala tonal, conforman el esqueleto de las piezas. Piezas que adquieren un carácter entre meditativo e hipnótico, que invitan al oyente a dejarse llevar por lo que suena: “el movimiento se convierte en no-movimiento. El espacio y el tiempo se transforman en una única entidad, de carácter sólido, y la conciencia resuena como lluvia sobre la superficie de la carretera”. El problema, en realidad, reside en que alcanzar ese estado de comunión entre músico e instrumento exige del intérprete unas capacidades técnicas muy elevadas y una concentración total, lo que en la práctica significa que Melnyk (que está considerado como uno de los mejores pianistas del mundo, y posiblemente el más veloz) es el único músico capaz de tocar sus propias composiciones: una especie de Paganini moderno, enzarzado en una eterna competición contra sí mismo.

 

Es esa cualidad física y técnica de sus obras, la imposibilidad para otros músicos y formaciones de introducirlas en sus repertorios habituales, lo que posiblemente ha motivado que la figura de Melnyk haya permanecido durante mucho tiempo en un segundo plano, tanto en directo (hasta hace poco era bastante raro verle tocar) como en estudio: apenas existen en el mercado media docena de discos “oficiales”, casi todos grabados durante la década de los ochenta, y casi todos bandas sonoras para obras de danza, una disciplina que encaja a la perfección con la extrema volatilidad que transmite su música. Un ostracismo del que, curiosamente, han venido a sacarle los jóvenes cachorros de la música neoclásica y experimental. La recuperación comenzó en 2007, cuando el sello Unseen Worlds reeditó el debut discográfico de Melnyk, “KHM: piano music in the continuous mode”, un disco publicado originalmente en 1979, y que permanecía perdido prácticamente desde entonces. Una reedición que sirvió para introducir la obra del compositor a tipos como el suizo Roger Ziegler (uno de los miembros de Herpes Ö Deluxe), que publicó a través de su sello “The voice of trees” (Hinterzimmer, 11), una obra para dos pianos y tres tubas escrita en 1983, o como Peter Broderick, que conoció al viejo maestro en un festival y le propuso grabar un disco a medias. “Corollaries” (Erased Tapes, 13), que así se llamó la criatura, era Melnyk en estado puro: una colección de piezas de una complejidad extrema y de longitud generosa, que fluía por el espacio con una ligereza insultante, dejando por el camino una estela de notas encantadas y ecos armónicos. Un disco que saltaba del gamelan (“Nightrail from the sun”) al impresionismo (“Pockets of light”) y la épica contenida (“Le miroir d’amour”), y en el que las colaboraciones de Broderick (violines y sintetizadores) y de Nils Frahm (productor del invento y responsable de las mezclas) aportaban una interesante pátina moderna.

 

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Es en la estela de ese disco cuando la presencia del pianista se ha incrementado de manera notable. Sólo el año pasado aparecieron dos discos más: “The watchers” (Important, 13), grabado a medias con James Blackshaw, proponía un fascinante diálogo entre piano y guitarra de doce cuerdas; cuatro piezas elegíacas y brillantes, repletas de luminosidad. Y “Three solo pieces” (Unseen Worlds, 13) presentaba tres nuevas piezas del compositor, que llevaban la complejidad textural de la música continua a las mayores cotas imaginables. Pero es el título que ha aparecido estos días, “Windmills” (Hintzimmer, 14), el que de verdad demuestra el enorme talento de Melnyk. El punto de partida es uno de los cortos más famosos de Walt Disney, “The old mill” (37), un musical de bolsillo que está construido a partir de los ruidos y sonidos que producen los animales de una granja. Un coro de criaturas, edificios y objetos que Melnyk reinterpreta desde su piano, a veces desatando toda una tormenta de notas, a veces jugando con ecos y silencios, a veces incorporando fragmentos de la música original del corto dentro del inabarcable torrente de notas. Un trabajo repleto de imaginación y libertad, que sigue manteniendo un pie en los terrenos del minimalismo (la melodía principal siempre está presente, aunque muchas veces apenas en la forma de un eco), y que cumple de sobras con esa vieja idea de Melnyk de fusionar el espacio y el tiempo en una única entidad. Termina de sonar la última nota y el oyente parpadea, preguntándose cuánto tiempo ha transcurrido; preguntándose a qué extraño y hermoso paraíso ha sido transportado.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com