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Hobocombo

A la sombra de Moondog

 

Vidal Romero

 

Como sucede con muchos de los músicos visionarios del siglo XX, a Moondog se le conoce más por la anécdota biográfica que por la música que dejó grabada: él es ese tipo ciego que renunció a las comodidades y decidió vivir en la calle, que fabricaba sus propios instrumentos a partir de chatarra y escribía sus partituras en braille; que tocaba disfrazado de vikingo, nevara o hiciera calor, en una esquina de la Sexta Avenida.

 

Un tipo del que todo el mundo ha oído hablar, que mucha gente cita como influencia, pero que en realidad sigue siendo un gran desconocido para el público de a pie. Y eso a pesar de que hay samples muy evidentes de su música (nunca acreditados, por cierto) en temas bastante conocidos. ¿Ejemplos? El “Get a move on” de Mr. Scruff está más que inspirada en “Bird’s lament” y el “Pablo’s cruise” de The Avalanches es poco más que “Tugboat tocata” con un par de grabaciones de campo por encima.

 

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Conscientes de esa realidad, los italianos Andrea Belfi (viejo conocido de esta casa), Francesca Baccolini y Rocco Marchi dieron forma en 2010 a Hobocombo, una banda que rendía tributo al enigmático compositor, pero que al mismo tiempo investigaba alrededor de sus piezas, jugaba con ellas para intentar llevarlas a territorios inesperados. No es ninguna tontería. La música de Moondog es interesante por sus cualidades volátiles y su extrema economía de medios: más que composiciones al uso, nuestro hombre fabricaba miniaturas que raramente sobrepasaban los dos minutos, el tiempo justo para presentar las distintas partes del tema y dar forma a la melodía antes de desaparecer. Un prodigio de concreción en el que, sin embargo, quedaba espacio para desarrollar multitud de polirritmias, juegos dinámicos y travesuras melódicas. Es precisamente esa cualidad de “inacabada” la que Hobocombo utilizó como punto de partida para “Now that it’s the opposite, it’s twice upon a time” (11), un disco que seleccionaba algunas de las canciones más “famosas” de Moondog –todas extraídas de "Moondog" (69) y "Moondog 2" (70), sus dos títulos más conocidos-, que las despojaba de arreglos orquestales y las interpretaba desde ángulos diferentes. Versiones fieles en espíritu a los originales, pero que al mismo tiempo sonaban distintas, extrañamente desconocidas.

 

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Editado justo tres años después, “Moondog mask” (Trovarobato, 13) continúa esa línea de investigación alrededor de la música del viejo vikingo, pero con nuevos matices y una visión más libre. Para empezar, las versiones escogidas son en este caso de mediados de los cincuenta, la primera época de Moondog, y eso significa una mayor presencia de los elementos étnicos (sobre todo percusiones japonesas y cantos nativos norteamericanos) y una composición estructural mucho más volátil, especialmente a nivel rítmico. Un material que, como ya sucedía en la primera entrega, los chicos de Hobocombo se llevan a su terreno, ya sea domesticando los ritmos para dar un mayor protagonismo a las melodías (“To a sea horse”), fabricando versiones aún más laberínticas y alambicadas (“Utsu”, con un Belfi en estado de gracia), o superponiendo a la trama original antiguas grabaciones de folklore italiano, como sucede en la estupenda “Theme and variations” que abre el disco. Pero es que además, lejos de conformarse con adaptar el cancionero de su héroe, el trío italiano añade al listado una canción de Robert Wyatt –un “East Timor” sorprendentemente cercano al imaginario de Moondog– y varias composiciones propias, que manejan ese mismo imaginario con envidiable soltura: ahí están la estructura dispersa y los alucinados juegos vocales de “Response”, esa divertida aproximación a la exótica que es “Desert boogaloo”, la tenue melancolía que tiñe “Baltic dance”, el adhesivo juego de percusiones y melodías que se trenzan en “Five reasons”, para demostrarlo. Para demostrar que Hobocombo es algo mucho más complejo, mucho más interesante, que una simple banda de tributo. Que alguien los traiga a tocar a España, por favor.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com

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