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Soledad Vélez

Zarpas sobre la vía láctea

 

Albert Fernández

Fotos Jordi Vidal

 

Como el despertar ebrio de una bestia en la oscuridad de un llano desabrido, “Run with wolves” (Absolute Beginners, 2013) amanece como un cancionero arisco. Pero en realidad, es mucho más lo que habita en el segundo disco de Soledad Vélez. El animal que libera la cantautora chilena no está hecho únicamente de rasgueos secos y versos intratables; sus lobos también quieren correr en compañía, lanzarse sobre pistas de sintetizadores y alcanzar galaxias en espiral. 

 

La mayor parte de las canciones que suenan en “Run with wolves” parten de un estado propio, pero en otras surge una necesidad de expresar, incluso hasta llegar al punto de la reivindicación con rabia, y en especial de compartir sensaciones, cantar sobre algo que otros también han vivido.

 

La Soledad Vélez con la que converso, justo después de que nos regale a algunos privilegiados un showcase en Record Playexcelente punto de encuentro en el barrio de Gràcia barcelonés, es justamente esa persona con inercia a empatizar. Aunque no le gusta que se la vea contenta en las fotos, Soledad es extremadamente afable. Pronto se siente tan cómoda como para confesar medio en broma que quiere tener pronto un hijo, y, divertida pero sin apenas sonreír, se entrega a cada respuesta.

 

Has explicado alguna vez que hay una motivación personal en la metáfora que da título al disco, “Run with wolves”...

En realidad, lo de ‘correr con lobos’ no es algo que yo haya buscado. Hace un año, cuando estaba terminando mi primer disco, “Wild phising” (Absolute Beginners, 2012) tuve una crisis nerviosa. Sufro mucha ansiedad y a veces los nervios te juegan malas pasadas. Yo al menos me lo tomé así, no quise pensar que me estaba volviendo loca. Es cierto que desde que era adolescente me pasan cosas muy extrañas, escucho y veo cosas que no coinciden con la realidad. El año pasado tuve esa crisis bestial, y veía lobos, y veía como las mesas se evaporaban. Me asusté, pensaba ‘¿qué mierda está pasando?’. Pero me sobrepuse, me dije ‘Sole, no te preocupes, todo va a estar bien. Además, de esto puedes sacar una canción’. Me tomé un receso con la vida, descansé, me relajé y mejoré. Ya no me ha vuelto a pasar. Pero me di cuenta de que aquello era algo decisivo en mi vida, que tenía que hacer un disco sobre ello. 

 

 

 

El resultado es un disco que en muchos pasajes explora tu fuero interno y que, sobretodo al principio, tiene un poso agresivo. En todo caso, si “Run with wolves” habla de búsquedas existenciales y de fisuras en la confianza en uno mismo, lo que transmite en cambio es una seguridad y un determinismo brutales.

Sí, creo que cuando estoy componiendo y cuando hago conciertos me siento súper-segura de todo lo que estoy contando, porque es lo más real que tengo, lo que una ha vivido. Por eso intento basar mis canciones en eso, son cosas que aún llevo dentro y que me pesan. Después de todas esas cosas que veía, crear canciones y sacarlo todo fue para mi como una especie de exorcismo.

 

Pasa que, en las primeras escuchas, sientes que “Run with wolves” es un disco muy duro y afilado, donde el folk se pasa por ese filtro de fiereza más rock, pero a medida que transcurre el cancionero, te das cuenta de que no es eso lo único que habita su recorrido: las últimas canciones, como “Good morning darling”, tienen otro satén, desprenden una ternura, como si la bestia quisiera acurrucarse un poco.

Eso que dices es muy interesante. En realidad, traté de relacionar este disco con el anterior, y también darle aspectos que lo distinguieran. El disco se divide en dos partes: en la primera parte predomina el rock, música muy espacial, rasgos andinos, y se da una mezcla que llevaba buscando hace mucho tiempo. Pero también creí conveniente trabajar canciones que no se alejasen mucho de “Wild phising”, porque yo soy todas esas cosas. En los directos, la gente también espera canciones de los primeros discos, así que intentamos que todo cohabite. Es muy extraño pasar de una pieza nueva como “Silver Wolf” a “Secret sisters”, hay un paso gigante. Pero justamente busco eso, romper un poco con lo que la gente conoce o espera de mí.

 

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Como en tus discos sueles apelar tanto a la naturaleza y lo salvaje, es difícil imaginarte grabando en otro sitio que no sea una cabaña en el bosque. Claro que a veces las apariencias engañan. ¿Para ti el lugar donde estas determina el arte que emerge, tiene que ver con lo que creas?

No, en mi caso no. Todo lo que compongo se basa en los recuerdos que tengo de haber vivido en la naturaleza, en medio de la nada. Pero no me condiciona estar en un sitio. De hecho, “South mountain”, que habla sobre el sur, la escribí después de volver de Chile, de la gira del diciembre pasado. Ya en España, me vino, quería explicarle a la gente de donde vengo. Siempre me confunden con otros lugares, pero no soy norteamericana, ni francesa, ni argentina, ni de Canarias. Soy chilena y estoy muy orgullosa de mi tierra, determina mis rasgos personales y mi carácter.

 

Hay canciones como “Milky way” y “Silver wolf” que le dan un aspecto más sintético al disco, con esa presencia de teclados y una ambientación más cósmica. Ofrecen un contraste con el sonido más agresivo de cortes como “On fire”, con el rasgueo fuerte de la guitarra y el trémolo de tu voz llevado a la enésima. Los sonidos se muestran acordes con el ánimo de cada canción. ¿Es fruto de una ponderación compositiva, o todo eso se satina en el estudio?

Todo lo que tiene que ver con la percusión y el teclado lo tenía ya visualizado en el momento de escribir la canción. Yo sabía, por ejemplo, como iba a sonar “Silver wolf”, una canción que mucha gente me dice que suena muy ochentera, se preguntan: ‘¿qué hace esta canción aquí, en este disco?’. Pero es lo que digo de tratar de romper, sorprender. La mayor parte de los arreglos del disco, todos los detalles, se hicieron grabando el disco. Yo hice las canciones estando de gira, o en los momentos que encontraba en casa. Sabíamos que en el estudio, con la mente abierta, podríamos refrescar un poco las canciones. Les explicaba a los músicos por donde quería llevar cada canción, como quería que sonara, y era impresionante como de inmediato se introducían en cada tema. Hubo una conexión impresionante.

  

También cuentas con unas segundas voces masculinas formidables en algunas de las canciones…

Eso fue genial. Tener un coro de cuatro hombres fue… Siempre ha sido el sueño de mi adolescencia. ¡Madre mía! ¡Si alguien me hubiera dicho a los 14 años que eso iba a suceder, no me hubiera enfadado con mi mejor amiga por robarme los novios! (risas). Bueno, no llegaron a ser novios, simplemente me gustaba los chicos, y ella me los quitaba.

 

En el apartado lírico, parece que hayas querido utilizar pocos elementos, pero muy marcados. No llenas de versos las canciones, ni pretendes unir seis frases en los estribillos, pero en cambio se le da mucha fuerza a las pronunciaciones, y a menudo se abren espacios para que lances algún aullido lobuno… ¿Disponer de pocos elementos, tanto instrumentales como líricos, era una prerrogativa elemental?

Sí, lo hago adrede. Es mi legado del blues, que siempre ha utilizado pocos elementos letrísticos. Pero cada vez que lo cantas, lo haces de otra forma. Interpretas muchísimo más. Hay gente a la que se le da fenomenal contar historias larguísimas, y tú te quedas embobado. Pero yo no tengo esa capacidad, y hay que saber donde tenemos nuestros límites. En cambio, sí puedo, a partir de letras muy básicas, darles todas las vueltas imaginables con la voz, y transmitir.

  

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Comentarios
Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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