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Los Voluble + Niño de Elche

Cantes de ida y vuelta

 

Vidal Romero

  

El proyecto conjunto de Los Voluble y Niño de Elche llegó al Sónar 2015 un poco de tapadillo, sin apenas generar expectación, y tal vez por eso terminó saliendo por la puerta grande. La razón: una manera de entender la mezcla entre música electrónica, el flamenco y la cultura del VJing que huía del pastiche y del lugar común. Que prefería buscar raíces comunes fuera de lo estrictamente musical, para así poder añadir al conjunto elementos propios de la cultura popular y un fresco acercamiento a la realidad social y política que nos rodea. Una estrategia que les ha llevado a repetir este año con un nuevo espectáculo, “En el nombre de”, que cambia el fondo pero mantiene las formas. Que sitúa el foco sobre el problema de las fronteras alrededor del Mediterráneo y de los problemas que está causando la (falta de) política migratoria. Los Voluble + Niño de Elche tocarán en el Sónar 2016. Puedes comprar las entradas aquí.

 

A pesar de que poca gente pensaba en vuestro primer espectáculo como uno de los highlights del último Sónar, terminó por convertirse en uno de los más celebrados. ¿Esperabais una recepción de ese calibre? ¿Ha supuesto un plus de presión a la hora de abordar el nuevo espectáculo?

(Pedro Jiménez) No la esperábamos, nos sorprendió a todas. Bueno, suponemos que la apuesta del Sónar estaba ahí, pero a nosotros desde luego nos sorprendió. Igual que nos sorprendió que nos volvieran a llamar. Y en cuanto al plus de presión, no reside sólo en volver a Sónar a estrenar algo, sino en que tratamos temas y formas que son completamente nuevas. Estamos los mismos, utilizamos casi los mismos elementos, pero el contenido y el punto de partida es otro, así que se trata más bien de una “autopresión” por querer contar bien lo que queremos contar.

 

Una de las razones de aquel éxito era la manera en la que estaba planteado un proyecto, “RaVerdial”, que por primera vez (al menos que yo sepa) mezclaba una electrónica más o menos experimental con un discurso flamenco ortodoxo. ¿Cómo llegasteis a ese punto?

(Francisco Contreras) Las primeras coincidencias llegaron a través de cuestiones materiales, de los aspectos sonoros y melódicos. Esa manera común de enfrentarse a la música, dando protagonismo al ritmo, al trance y a la repetición. Más tarde llegaron también las cuestiones relacionadas con la política o lo social, con el hecho de reivindicar la fiesta.

 

La otra gran baza del espectáculo residía en las imágenes. El trabajo audiovisual, repleto de imágenes de archivo y metáforas en las que se relacionan la cultura popular y flamenca con la crítica a la situación política, era muy poderoso. ¿Cómo fue el proceso de búsqueda y de incorporación al espectáculo? Porque, al menos desde fuera, las imágenes parecen seguir una lógica más cerrada, mientras que la música crece de una forma muy orgánica.

(PJ) Es muy curioso eso que dices, porque sucede exactamente al contrario.

(FC) Debe ser lo más flamenco que tiene el espectáculo: que parece lo que no es.

(PJ) Tampoco es algo que me sorprenda; ya me han preguntado alguna vez si con los visuales le damos al play y ya está.

 

Igual me estoy explicando mal: parece que hay una relación muy clara entre las distintas partes del espectáculo y las imágenes que las ilustran en cada momento. Por eso da la impresión de que la estructura está muy trabajada y que las imágenes habían llegado a posteriori, como una manera de ilustrar lo que sucedía con la música.

(FC) Creo que la palabra improvisación se queda muy grande para lo que hacemos. Pero sí es cierto que existe una actitud improvisadora en el sentido de que podemos adelantar o retrasar algunos momentos en función de lo que va sucediendo. Eso sí, lo que son las pautas del espectáculo están preestablecidas, están acordadas dentro de un trabajo de composición.

(PJ) Y quizás, al respecto de las imágenes, se trata de un elemento más visible. Es algo parecido al diseño de luces de un escenario, que cuando se hace en un teatro forma parte de la dramaturgia, pero en el escenario de un concierto se trata de algo que más o menos acompaña. En la música electrónica, cuando se trabaja con imágenes en directo, muy pocos espectáculos tratan lo visual como un elemento más (aunque los hay, y son los referentes que nos han interesado siempre). En nuestro caso, y aunque yo sea el que las ejecuta en directo, la selección de imágenes es un proceso colectivo, en el que todos aportamos ideas o encontramos fuentes. Y en cuanto a la improvisación, como las imágenes no afectan a la estructura, soy el único que realmente puede improvisar: en cada representación hay elementos nuevos, partes que van cambiando… Pero no se trata de un concierto tocado para unas imágenes. Nosotros nos vemos como una banda en la que uno de los integrantes toca las imágenes en vez de un instrumento.

 

 

Es cierto que cada vez que tocáis “RaVerdial” aparecen referencias distintas: a los titiriteros encarcelados, a Rita Maestre, cosas que suceden en la vida real, casi a la vez que la representación, y que se integran en el espectáculo con naturalidad.

(FC) Es lo bueno que tiene la imagen, que nos permite desarrollar lo que nosotros llamamos “cápsulas”: referencias que en lo musical son imposibles de construir, y que nos ayudan a trabajar con más libertad.

 

Esto entronca con una cuestión que me interesa mucho últimamente, y es que en la música actual se está produciendo una vuelta al ripio y al mensaje político de corto alcance. Bandas que introducen en sus letras mensajes muy de actualidad, pero que en muy poco tiempo están desactualizados: por ejemplo, si los Chikos Del Maíz tienen una letra que habla de Ana Mato, ¿tiene sentido seguir tocando esa canción a día de hoy? Y si no es así, ¿se abandona, se modifica? En este sentido, la vuestra me parece una manera muy inteligente de introducir referencias políticas sin tener que hipotecar todo el trabajo que se ha realizado.

(PJ) En nuestro caso es algo que intentamos hacer siempre. En Madrid llevábamos a Rita Maestre, en Málaga teníamos imágenes del alcalde bailando. En cada lugar buscamos referencias que tengan que ver con ese sitio en concreto.

(Pablo Peña) Las raves, además, tienen un componente político muy importante.

 

Como dice Pablo, las raves nacieron como una manera de trascender las limitaciones que tenían los clubes, sus espacios y horarios reducidos, mediante fiestas que escaparan de la legislación vigente. Por eso, cuando se empezaron a perseguir, surgió todo un movimiento en su defensa, en defensa al derecho a realizar cosas al margen de los cauces establecidos. No sé si las verdiales tienen una conexión con este aspecto, porque parece un palo poco apreciado por la ortodoxia flamenca, más cercano a la fiesta popular y a los aficionados.

(FC) Lo que nosotros trabajamos en “RaVerdial” era el concepto de bandas de verdiales, que en realidad tienen más que ver con el folklore que con el flamenco. Pero sí, las bandas de verdiales son periféricas, están fuera de control y gravitan alrededor de la fiesta. Que por cierto, la fiesta tiene un gran contenido político: la fiesta porque sí, el hecho de consumir drogas.

(PJ) La reflexión que a nosotros nos apetecía realizar tenía que ver, precisamente, con la idea de recuperar la fiesta como derecho a la ciudad; el derecho a la fiesta y el derecho a la ciudad. Es algo que ya hacía Spiral Tribe con un video realizado en la época post-Tatcher, que frente a ese entendimiento de la ciudad en la que cualquier actividad se realizaba pagando, planteaba la idea de la fiesta libre. Conectar esa cuestión tan urbana, que tiene sus derivas, con un espacio tan popular como el de las verdiales puede resultar complejo, pero creo que la clave reside en el texto que utilizamos en el espectáculo, proporcionado por el colectivo francés Tiquun. En una parte se habla de las fiestas que no son fiestas, y nos preguntaban hace poco si era una referencia a las verdiales, cuando en realidad se estaba hablando de las raves. Tropezar con ese tipo de argumentos nos parece interesante, porque nos da pie para explicar esta cuestión de lo popular y de lo urbano y añadir una dimensión política.

(FC) Y también de lo campestre, porque hacer una fiesta en el campo no significa que esa fiesta sea libre o no institucional. Eso es un engañabobos, que algunos aún se siguen creyendo.

 

Vuestro punto de vista es muy de los noventa también en el sentido de que en ese momento se estaba recuperando el situacionismo, con ese concepto de la ciudad como espacio de juegos. Algo que, ahora que por fin los norteamericanos han descubierto las raves, ha desaparecido, en el sentido de que sí, sus fiestas son el campo, pero están perfectamente regladas, organizadas y disponen de una producción espectacular que supera a la de muchos festivales o conciertos de grandes estadios. Se trata, en fin, de una mercantilización de la rave.

(PJ) Sin haberlo previsto, el trabajo que hacemos Benito y yo es bastante situacionista, sobre todo porque maneja esa idea de reaprovechar materiales antiguos, de transformar las sobras del capitalismo. Nuestro acercamiento a la remezcla no es sólo técnico, sino también político.

 

 

La segunda vez que el espectáculo se iba a representar, en los cursos de verano de la UNIA en Baeza, hubo un acto de censura. ¿Qué sucedió?

(FC) Es que la UNIA, como buena institución andaluza, tiene un porcentaje alto de caciques y de clientelismo.

(PJ) Lo que sucedió es que hubo un cambio político dentro de la institución, y los nuevos gestores no veían conveniente que nuestra actuación fuera el espectáculo que debía inaugurar los cursos de verano, un 17 de agosto, por la sencilla razón de que iban a asistir muchos políticos. El caciquismo parte de la incapacidad de negociación política por parte de la actual vicerrectora, Yolanda de la Fuente, que pensaba que al programar ese espectáculo ponía en riesgo su puesto de trabajo. O que no consideraba que a su puesta de largo dentro de la Universidad de Baeza (de hecho, llegó a decirnos que esto no le importaría si sucediera en Sevilla) le fuera a venir bien este espectáculo, porque su público no iba a entender la obra y eso iba a generar quejas. Así que propuso arrinconarnos en un patio de la Universidad, a la misma hora de la inauguración, y sin las condiciones que el espectáculo requería.

 

O sea, que la idea era impedir que el espectáculo se llegara a ver, que es una forma muy sutil de censura. Programar un espectáculo para luego ocultarlo.

(FC) La verdad es que nosotros estábamos programados por una compañía externa a la UNIA, que es La Fragua. O sea, que la dirección se encontró el espectáculo programado, pero sin haberlo visto.

(PJ) Pero esa contratación se realizaba dentro de un contexto que se llamaba “Jaque a la institución”, así que en realidad encajábamos perfectamente dentro del contexto. Pero lo cierto es que no entendieron nada, no quisieron dialogar. Ha sido una de las experiencias más lamentables a las que me he enfrentado nunca dentro de la gestión cultural. Venían a decir que la institución pública es su casa y que tú no estás invitado.

(FC) Ese es el caciquismo, claro.

 

Está previsto que parte de “RaVerdial” se publique como un EP. ¿Tiene sentido publicar un espectáculo como este sin su parte visual?

(FC) Lo vamos a publicar en formato USB, precisamente para no perder ese componente. Contendrá tres videoclips con los temas que tocamos en el espectáculo y un archivo con todas las pistas y elementos de los mismos, para que cualquiera pueda manipular ese material a su antojo.

 

Se va a publicar casi a la vez que estrenáis un nuevo espectáculo en el Sónar, “En el nombre de”. Me parece curioso que, con el poco recorrido que tiene “RaVerdial”, ya estéis dando vueltas a uno nuevo.

(PJ) La verdad es que desde el Sónar, apenas tres semanas después del festival, nos llamaron para que volviéramos este año, nos dijeron que pensáramos en algo. No se trata exactamente de un encargo porque no hay ningún tipo de petición ni existe exclusividad, pero al final somos así de capitalistas y nos hemos lanzado a la piscina.

(PP) De todos modos el lenguaje existe, así que tampoco estamos empezando exactamente de cero.

 

 

Según la nota de prensa, "En el nombre de" mezcla los cantes de ida y vuelta con reflexiones acerca de las políticas migratorias. ¿Qué tiene en común con "RaVerdial" y qué de diferente?

(PJ) La estructura es parecida en cuanto a que se trata de un bloque musical que funciona como un todo, con sus partes internas, sus momentos álgidos y sus momentos más profundos. El método de composición, a partir de improvisaciones, escucha y trabajo de mesa es también parecido. Y luego todo lo demás es diferente: las tesituras de las voces son diferentes, también la aparición de otros instrumentos como el muelle, la zanfoña o algunos efectos nuevos. Y sobre todo hay cambios a nivel narrativo y de contenido: tratamos las fronteras no solo en su sentido más crudo, que es el mediático, sino también en sentidos más metafóricos. Y para ello volvemos a trabajar con textos que provienen de la filosofía, como ya sucedía en “RaVerdial”, aunque las letras que aporta Paul B. Preciado nos llevan a otros lugares. Quizás es un espectáculo más directo, más crudo.

 

Para terminar, ¿qué opinas acerca de la desafección que parecen sentir todos los partidos políticos acerca de la cultura, al menos de cara a las próximas elecciones? ¿Crees que hay alguna manera de solucionar esta situación?

(PJ) Hay mucho que decir ahí. Porque resulte más sangrante que la violencia contra las mujeres, la homofóbica o el respeto al medio ambiente tampoco estén en la agenda mediática de los partidos políticos. En cuanto a cultura, creo que en el plano general vivimos en una burbuja, que por otro lado resulta bastante ombliguista. Todas las personas que formamos parte de este mundo en mayor o menor grado creemos que es lo más importante, pero está claro que no lo es. ¿Deberíamos defender la cultura como un derecho, al mismo nivel que el de la educación o la sanidad? Quizás sí, pero no lo hacemos y no está en la agenda social, mediática ni de los movimientos sociales. Y debería estarlo, entre otras cosas porque en el otro extremo estamos viendo cómo se producen guerras culturales, luchas simbólicas, en las que una vez más los derechos relacionados con la cultura no son los importantes. Se utiliza la cultura como tejido blando en el que hacer daño al adversario político, ya se trate de los titiriteros o del caso Zapata, pero precisamente porque ese tejido social es débil. Las reacciones a esos casos deben medirse también desde la escasa respuesta que dimos los propios agentes de la cultura. Y es en esa batalla cultural donde quizás tengamos muchas más cosas que decir y que hacer. Hay que aprender a hacer las cosas como proyectos tipo Capital Animal, que han sabido situar un debate desde y con la cultura en defensa de los derechos de los animales. Pero está claro que si desde la cultura no entendemos el potencial político, en lógica de derechos y hegemonía, que tiene la cultura, poco podemos pedirle a Pablo, Albert, Pedro o Mariano.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com

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