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Fennesz

Retorno al hogar

 

Vidal Romero

 

Si existe un disco fundamental en la carrera de Fennesz, ese es sin duda “Endless summer” (01). Fue ese el título que le convirtió en una estrella subterránea, el que demostró que era posible introducir una cierta dosis de sensibilidad pop en el interior de aquel digitalismo radical que marcó el cambio de milenio; que era posible mezclar guitarras eléctricas con ordenadores y fabricar por el camino canciones de belleza cegadora. Trece años más tarde, el guitarrista austríaco vuelve a pisar territorios cercanos al pop con “Bécs” (Editions Mego, 14), una colección de canciones luminosa y asequible, que rinde homenaje a la ciudad de Viena y al sello en el que dio sus primeros pasos. Un disco que se publica a finales de abril, pero que se presentará en directo este mismo fin de semana, en el escenario del Lapsus Festival.

 

Que aquel disco tuviera tanta repercusión me sorprendió mucho, no voy a engañarte”, reconoce Fennesz desde su estudio en Viena. Por supuesto, hablamos de “Endless summer”, un disco que en principio estaba destinado al mercado experimental, pero que terminó por desbordar todo tipo de previsiones. Que gustó por igual a los seguidores de la electrónica y del pop, y que sirvió de inspiración a un montón de bandas y artistas que estaban buscando una manera de trasladar aquel novedoso universo de clicks y crujidos al interior de sus propias canciones. “Creo que la clave reside en todas esas melodías y armonías que estaban enterradas en el fondo de la mezcla, detrás de todos los sonidos digitales”, prosigue Fennesz. “Melodías que a la gente le recordaban a esas canciones que sonaban en la radio durante los sesenta y los setenta. Esas canciones que todo el mundo había escuchado con anterioridad, aunque con otro tipo de vestimenta”.

 

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Claro que la historia no es tan sencilla como nuestro hombre la pinta. Lo que hacía grande a “Endless summer” era su capacidad alquímica para conjugar procesados digitales y construcciones melódicas, la manera en la que mezclaba elementos disparatados para trazar pequeñas sinfonías de bolsillo. Una manera de producir que se puede rastrear en “Bécs”, pero con algunos matices: existe un denominador común entre ambos discos, y es la forma en la que las melodías se sitúan en el corazón de las canciones, actuando como un centro gravitacional alrededor del que todo lo demás se mueve. Pero al mismo tiempo se puede señalar una diferencia estética fundamental, y es que, si en el año 2001 gran parte del sonido de Fennesz estaba anclado al uso de glitches y loops, ahora las formas son mucho más libres, parecen esculpidas en el aire, enfrente mismo del oyente. “Me gusta la manera en la que lo describes”, responde, “creo que explica muy bien cómo ha cambiado mi perspectiva acerca del diseño de los sonidos en todos estos años”. Y también de lo que no es el sonido. “Durante bastante tiempo he vivido a caballo entre París y Viena, he viajado muchísimo y he trabajado con numerosos artistas; una serie de experiencias que me tienen que haber cambiado necesariamente, y que imagino que están reflejadas en el disco de alguna manera. Aunque no me preguntes cómo: ese es tu trabajo”.

 

Y mi trabajo consiste en explicarles que el título del disco, “Bécs”, es el nombre de la ciudad de Viena en húngaro. “Volví hace ya casi tres años a la ciudad y creo que es una de las mejores decisiones que he tomado nunca”, explica, “y además me parecía oportuno rendir homenaje a mis raíces húngaras”. Es decir, que se trata de un disco de reencuentros y retornos, una manera de volver la vista al pasado y reconciliarse con él. O al menos, eso es lo que señalan desde el sello que publica el disco, Editions Mego, que lo vende como la “continuación conceptual” de “Endless summer”. “Eso de la ‘continuación conceptual’ es algo que se han inventado ellos para vender mejor el disco”, aclara Fennesz. “Pero no me importa, porque hay cierta verdad en ello: siempre he tenido la sensación de que algo se había quedado a medias en mi relación con Editions Mego; que tenía que grabar un tercer disco con ellos para completar nuestra historia. Así que me alegro de haber encontrado el momento para hacerlo, y de que encima haya salido tan bien”. Y es que otro de los cambios que ha vivido el vienés (y que posiblemente esté relacionado también con esa vuelta a la paz del hogar) es la facilidad con la que trabaja últimamente. Hace varios años, en otra entrevista, me confesó que él siempre había sido el mayor enemigo de sí mismo: un tipo obsesivo hasta límites enfermizos, capaz de invertir días enteros en pulir algún detalle minúsculo de sus producciones; capaz de desechar discos enteros si no sentía la emoción de lo nuevo en lo que estaba grabando. En los últimos tiempos, sin embargo, “las canciones adquieren se resuelven con menos dificultad, adquieren su forma definitiva con una rapidez sorprendente”. La manera en la que trabaja no ha cambiado, “sigo partiendo de largas improvisaciones. Me gusta entrar en el estudio, encender la máquina grabadora y tocar durante horas, buscando algo interesante”, pero los resultados tardan menos en llegar. “No me malinterpretes”, advierte, “llevo dando vueltas a ciertas ideas que hay en el disco desde hace muchos años, y tal vez por eso, cuando me he decidido a darle a todo una forma definitiva, las cosas han surgido con mucha rapidez: apenas he necesitado tres semanas para grabar todas las canciones”.

 

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En esa rapidez influye también la propia naturaleza del disco, más una coleccción de canciones que el desarrollo de una idea específica. “Black sea” (08), en particular, “era un álbum con una gran carga conceptual, en el que todas las canciones y todos los elementos utilizados empujaban en una misma dirección. ‘Bécs’, en cambio, es bastante más pop, con más libertad en las formas”. Una sensación de libertad a la que contribuyen los varios músicos que han participado en su gestación. “Las colaboraciones me parecen interesantes porque provocan un intercambio de ideas y de puntos de vista. Sobre todo para alguien como yo, que tiene la suerte de trabajar con músicos especialmente dotados”. Tipos cuyo grado de implicación es variable: “Sav”, una pieza grabada junto a Cédric Stevens (Acid Kirk, Psychonauts), “es el resultado de dos días de improvisación en el estudio, pero con el resto de los músicos he partido de piezas más o menos compuestas. Les decía lo que tenían que hacer, pero siempre dándoles un gran margen de libertad”. Es así como ha actuado con Werner Dafeldecker (Autistic Daughters) y Martin Brandlmayr (Radian) en “Static kings”, la intensa pieza que abre el disco, y sobre todo como ha terminado de dar forma a la inmensa “Liminality”, una canción en la que toca Tony Buck (el batería de The Necks), y a la que tiene un cariño especial. “Es la única que había estado tocando durante algún tiempo en directo, y precisamente por eso me costaba trabajo grabarla, no terminaba de darle una forma definitiva. Tuvo que venir Tony a ayudarme, y quizás debido a esa dificultad ha terminado convirtiéndose en la pieza central del disco”, la canción alrededor de la que gravita todo el contenido de “Bécs”.

 

Siento curiosidad por dos de tus proyectos paralelos. Por un lado está la colaboración que mantienes desde hace varios años con Ryuichi Sakamoto. ¿Cómo funciona? ¿Hay interacción, o te limitas a producir piezas a partir de sus improvisaciones al piano?

Pues hemos trabajado de las dos maneras. En “Cendre” (07) le mandaba piezas a Sakamoto sobre las que él improvisaba, y que yo luego completaba en el estudio. En “Flumina” (11), en cambio, recibía una serie de improvisaciones al piano, sobre las que tenía que componer mis partes. Y tengo que decir que prefiero el primero de esos dos métodos de trabajo.

 

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Por otro lado está Fenn O’Berg, ese proyecto que compartes con Jim O’Rourke y Hecker. ¿Existe todavía? ¿Cómo funciona?

En Fenn O’Berg siempre manda la libertad de estilo. Me encanta tocar con estos tipos porque cualquier cosa es possible, es lo más cerca del rock que me he llegado a sentir. Desafortunadamente, O’Rourke no está dispuesto a dejar Japón, así que el proyecto se ha convertido en una banda japonesa, que sólo graba y toca en directo en Japón.

 

Por ultimo, también me interesa la banda Sonora que publicaste el año pasado, “AUN - The beginning and the end of all things” (12). Siendo tan perfeccionista como eres, ¿qué tal ha sido tener que trabajar con la presión de una fecha de entrega determinada?

Las fechas de entrega son como granos en el culo, pero estoy acostumbrándome a ellas poco a poco, y en parte es gracias al puñado de bandas sonoras que he grabado en los últimos años. El caso de “AUN” fue especialmente interesante porque el director me dio plena libertad, no me impuso reglas, y le pude dar a las canciones el espacio que necesitaban.

 

Este fin de semana estarás tocando en directo en Barcelona, en la primera edición del Lapsus Festival. ¿Qué podremos ver en el escenario?

Mi primera idea era traer conmigo a Lillevan, que es el que siempre hace las partes visuales para mis giras, y que preparó un espectáculo fantástico para un concierto reciente en el Carnegie Hall, pero ha sido imposible por una cuestión de fechas. Así que aprovecharé para tocar por primera vez las canciones de “Bécs” en directo. Puedes decir que será como una especie de premiere mundial del disco.

 

 

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com

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