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David Holmes

LateNightTales

LateNightTales

8,5

Disco de sesión

Vidal Romero

 

 

En un mundo como el de 2016, con un internet lleno hasta los bordes de podcasts, programas de radio online, videos de Youtube que rescatan conciertos y parafernalia histórica, sesiones que exploran o desmontan cualquier género imaginable y listas de reproducción de todo pelaje; en un mundo como este, ¿tiene sentido seguir publicando discos de sesión en un formato físico? Los responsables del sello LateNightTales, locos adorables, opinan que sí. Y lejos de actuar como si la aventura fuera tan sólo el producto de una nostalgia o un romanticismo mal entendidos, se esfuerzan en intentar transmitir esa pasión por todos los medios posibles. Por medios físicos, por supuesto, entregando ediciones preciosistas y delicadas al tacto, sobre todo en las versiones de vinilo (toda una contradicción, por cierto, porque reúnen la colección de temas en el mismo orden, pero prescindiendo de la mezcla). Pero también cuidando el contenido de los discos, que al girar alrededor un tema tan concreto como es la nocturnidad –pero no esa nocturnidad espoleada a base de química que llena las discotecas, sino una más recogida y discreta, de manta, sofá y whisky de malta-, permite escoger artistas y bandas que no suelen frecuentar las cabinas de esos mismos clubes, o que si lo hacen (pienso en el caso reciente de Sasha, por ejemplo) intentan enfocar su participación desde un punto de vista diferente, alejado de lo que se espera de ellos. Y el resultado, claro, son sesiones que no ponen tanto empeño en la mezcla, que muchas veces es casi inexistente, como en la selección. Sesiones que suelen tirar hacia lo atmosférico y lo melancólico, que vienen trufadas de canciones raras o inesperadas. Que abren puertas para el oyente atento.

 

En ese sentido, la elección de David Holmes para este nuevo volumen de la serie resulta completamente lógica. Y es que, a pesar de que lleva más de treinta años pinchando, el irlandés siempre ha sido más respetado por su olfato para localizar temas oscuros y olvidados (un ejemplo: fue el primero al que le escuchamos pinchar el “Sugarman” de Sixto Rodríguez, allá por 2002), por su talento a la hora de encajar entre sí temas de diferentes épocas y estilos, que por la (escasa) maña que se da delante de los platos. Esta ocasión no es una excepción: la mayoría de los temas se enlazan entre sí aprovechando codas atmosféricas y pasajes instrumentales. Algo que no importa demasiado, porque el tono de la sesión es premeditadamente moroso y oscuro, con gusto marcado por las texturas de naturaleza entre líquida y humeante, y con preferencia por las canciones tristes y melancólicas. No en vano, el disco está dedicado a la memoria de varios seres queridos, uno de ellos su hermano, que Holmes ha perdido en los últimos meses.

 

 

Ese tono funerario queda patente desde el principio, cuando empieza a sonar “Great father spirit in the sky”, un suerte de blues desértico y mutante, repleto de drones, con el que un muy desconocido Barry Woolnough (un fichaje de Andrew Weatherall para su exclusivo sello-juguete Moine Dubhn) juega a conjurar el espíritu de algún dios ancestral. Ese aire elegíaco continua sobrevolando el grupo de canciones que llegan justo después: en los polvorientos arreglos de “The reiki healer from County Down”, que el propio Holmes firma junto a Steve Jones; en los inquietantes coros infantiles de “It’s a long way to heaven”, a cargo de los desconocidos The Children Of Sunshine; en los extraños ecos electrónicos que dan forma al “Slythtovery” de Spark Sparkle (un alias de Hugo Nicolson, viejo amigo de la época de Bocca Juniors); y en el tenso recitado del también semidesconocido Alain Maclean en “Talking judgement day blues”, que resuena con frases tan explícitas como “That wasn’t me Lord/That was just the drugs and the drink”. Apenas media docena de canciones le sirven a Holmes para fijar las coordenadas estéticas que le interesan (esa congoja existencial de la que hablábamos más arriba), pero también para sacarse de la chistera un puñado de temas por los que hubiera matado cualquier archivista de la cosa musical. Esa “exclusividad” que, también decíamos más arriba, supone una poderosa marca de la casa.

 

El resto del disco continúa trabajando ese aire entre herrumbroso y psicodélico, mezclando pequeñas gemas modernas (el “Stereo music for acoustic guitar” de Keith Fullerton Whitman, el estupendo “Into forever” de Eat Lights Become Lights), inesperados rescates de temas clásicos (el fabuloso “Orleans” de David Crosby, un viejo favorito del que esto suscribe, el “Love is strange” de Buddy Holly, la versión que Neo Maya grabaron de “I won’t hurt you”, el “After dinner” de Paradise Of Replica) y una decena larga de temas exclusivos, algunos cedidos por amigos suyos (amigos como Geese, Lullaby Movement o el mismísimo Jeff Bridges), y otros escritos o producidos expresamente para la ocasión, entre los que destacan un tristísimo “Henry McCullough”, escrito a medias con BP Fallon justo después del funeral del guitarrista irlandés, la muy etérea “Gloomy Sunday”, escrita por una cantante de Belfast que se hace llamar Die Hexen, y la elegíaca “Elsewhere anchises”, en la que se alía con Jon Hopkins para tejer una delicada telaraña de campanitas y drones titilantes sobre los que el actor Stephen Rea recita un texto del escritor Seamus Heaney. Un auténtico pleno al quince de irlandeses, que pone el broche perfecto a un disco notable, que está construido a base de fantasmas y retales de memoria.

 

Comentarios
Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com