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Bon Iver

22, A Million

Jagjaguwar

8,4

Pop-Folk-Electrónica

Brais Suárez

 

Bon Iver se electriza. O se electroniza, de hecho. Vernon nos replantea la música actual y se adueña de un terreno vagamente explorado por él hasta hoy. Semejante revolución suscita demasiados comentarios como para canalizarlos de una forma coherente. Demasiadas preguntas.

¿Hace esto porque es lo que nadie se espera?

¿Cómo puede conseguir lo que nadie se espera sin dejar ni por un momento de ser el mismo huraño mononucleósico que grabó “For Emma, Forever Ago” (2007)?

¿O es que está obligado a dar un giro a sus discos anteriores una vez se confirmó con “Bon Iver, Bon Iver” (2011) que era un genio capaz de remodelar el folk?

¿Es la fama lo suficientemente perversa como para presentarte a Kanye West y que este te corrompa con su pasión por el autotune?

¿O es acaso un fenómeno que te acerca a James Blake y te enriquece con ese uso siberiano de sintetizadores?

Insisto: ¿por qué usar un autotune, aunque sea de fondo, en una canción tan conmovedora como “33 “God””?

Experimentar, sí, ya lo sé. Viene bien cambiar de aire.

Los juegos con las pistas de voz, los detalles de notificaciones sonoras de redes sociales, las bases infinitas de los sintes, los silencios… Perfecto. Pero, en serio, ¿por qué el autotune?…

 

 

En efecto, si la voz de Vernon siempre consigue destacar, esta vez lo hace con un repertorio de sorpresas que van mucho más allá de su garganta. Ya sea con los loops de “21 M♢♢n Water”, con el bendito autotune de “33 “God”” o con la gama cromática de “22 (Over S∞∞N)”. Quizá sea eso de tardar diez años en aprender a cantar como un adulto y otros 40 en permitirte el lujo de jugar con esa cualidad. La cuestión es que, con más o menos acierto, este “22, A Million” se convierte en una especie de habitación de espejos en la que el folk del Bon Iver de toda la vida se busca a sí mismo, se encuentra, se pierde, se confunde y brilla más que nunca.

 

Es un disco tan instrumental como vocal, ya que la voz toma en el sentido más estricto el protagonismo de un instrumento. De una sinfonía. Lejos de otras adaptaciones dolorosas a la electrónica, Vernon consigue entenderla con todas las posibilidades de su sensibilidad y amoldarla a su música, trasladarla al mismo terreno melancólico que muestran las letras.

 

El disco lleva esa coherencia un paso más allá y no solo trata el paso del tiempo, sino que lo experimenta en sus 34 minutos, agarrándonos de la mano en un punto y, como sin quererlo, soltándonos en otro completamente distinto. Se esfuma, el disco. La música se va escurriendo como la arena de un reloj entre los dedos.

 

De lo que no cabe duda es que entender “22, A Million” puede convertirse en una labor tan costosa como descifrar los propios títulos de las canciones. Ante un cambio tan drástico con su último trabajo, es complicado no comparar. En este caso, mantiene su sentimiento y su integridad, pero se los juega en un terreno desconocido. Quien apuesta, gana.

 

Brais Suárez

Brais Suárez (Vigo, 1991) acaba de estrellarse con su idea de vivir escribiendo aun sin ser escritor. Dos periódicos gallegos se encargaron de dejarle claro que mejor le iría si recordara mineralizarse y supervitaminarse, lo que intenta gracias a colaboraciones esporádicas con algunas revistas y otros trabajos más mundanos que le permiten pagarse su abono anual del Celta y un libro a la semana. Por lo demás, viajar, Gatsby y estroboscopia lo sacan de vez en cuando de su hibernación.