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Nick Cave & The Bad Seeds

Skeleton Tree

Bad Seeds LTD

8,4

Rock

Marc García

 

Con su recepción marcada (y, hasta cierto punto, mediatizada) por el signo de la tragedia alrededor de la que se ha fraguado el disco, es fácil leer “Skeleton Tree” como un palimpsesto repleto de alusiones a la inmensidad de la pena: una pena tan negra, inmaculada y omniabarcadora como la del continente del disco (su esencialista e ilustrativo diseño de carátula) y la que sirve de combustible para al menos parte de su contenido. Y el álbum, sí, aparece atravesado de vislumbres perturbadores, con el más grande y doloroso de todos ellos al frente: la imagen de un cuerpo que cae desde el cielo y se estrella en un campo, que abre “Jesus Alone”, el primer corte del álbum, y cerró trágica, inesperada y prematuramente a los quince años la vida de Arthur Cave, uno de los dos hijos del cantante australiano, en junio de 2015. “Skeleton Tree” alude, con sobria desesperanza, a la interrupción que comportan las ausencias irremediables, a la inevitabilidad de la pérdida, al ocaso y silencio de los dioses y al borrado de los referentes, al precio que hay que pagar por estar vivo y el modo en que éste desequilibra el balance de la existencia; convoca imágenes de desolación cotidiana que, a la luz de los datos sobre la cronología de la grabación del disco que nos proporciona “One More Time with Feeling”, el documental que acompaña su lanzamiento, tanto pueden ser recuentos autobiográficos como espeluznantes premoniciones. Pero “Skeleton Tree” no enarbola el confesionalismo frontal, a ratos impúdico, que caracteriza el último tercio de la película de Andrew Dominik: más bien ahonda en la veta de escritura esquiva, fracturada, lírica y sugerente que en su anterior álbum (“Push the Sky Away”, tan imprescindible como, oído ahora, seminal) Cave servía con modos en ocasiones cercanos al spoken word (“Finishing Jubilee Street”).

 

 

Y es que en él Cave acertaba al reinventarse ensayando una tercera vía entre el minimalismo del álbum de songwriter y la exuberancia de los discos grabados con su banda, cuya presencia allí era menos vistosa pero igual de decisiva. Espectral, abstracto, inesperado; quebradizo, elegante, brillantísimo: “Push the Sky Away” borboteaba de una tensión subterránea que, encarnada en los gruesos y determinantes bajos del temporalmente recuperado Barry Adamson (“We Real Cool”), los medulares y fantasmagóricos loops de un Warren Ellis definitivamente convertido en mano derecha del líder (“Push the Sky Away”) o los épicos y ascendentes insertos de cuerdas (“Jubilee Street”), intensificaba sus propiedades gracias a su resistencia a desbordarse por completo. “Skeleton Tree” eleva la apuesta, convirtiéndose en el álbum más austero, despojado, frágil y esencial de la carrera de su autor, que en ocasiones alcanza una impresionante sublimación y en otras muestra la sombra de algunas comprensibles carencias. La voz de Cave, purgada de tics y afectaciones dramáticas, vulnerable e incorpórea, rodeada de instrumentaciones paisajísticas leves y elusivas, ocupa el centro del álbum. En “Jesus Alone”, una llamada a la reunión de los desarraigados, la rodean cuerdas amenazadoras, sirenas de intranquilidad, coros ululantes, sutiles escobillas de batería y colchones de piano construidos a base de acordes parcos y espaciados. “Rings of Saturn”, un paréntesis de luz, la abren minúsculas incrustaciones electrónicas, baterías amortiguadas y ecos de estática; las teclas oníricas de “Girl in Amber”, ensoñadora y envolvente, remiten al Angelo Badalamenti de “Twin Peaks”, y el calmo zumbido del inicio de “Magneto” preludia una hermosísima meditación, formalmente mínima y evanescente, sobre el amor, con su montaña (o ruleta) rusa de gozos y dolores. Una tras otra, conforman una de las secuencias de canciones más depuradas, gráciles, maduras, trascendentes y admirables de la carrera de Nick Cave.

 

 

La segunda mitad del álbum se las arregla para no bajar del notable alto que parece la cota irrenunciable de cualquiera de los discos de su autor, pero reduce sensiblemente el nivel compositivo. Pese a las percusiones insistentes y secas de Thomas Wydler que la puntúan y animan, “Anthrocene”, el momento más decididamente recitativo y ambiental del álbum, no logra sacudirse cierta sensación de linealidad y monotonía. “I Need You” y “Distant Sky” son dos canciones abiertas y sencillas, de una simplicidad algo cándida en lo lírico pero desarmante en lo emocional: la primera avanza a lomos de un brote de sintetizadores hacia su estribillo creciente, que Cave entona con voz contrita; la segunda se levanta con pausa sobre órganos catedralicios, que convocan un sentimiento litúrgico ligeramente malmetido por el inusual inserto de la voz de la soprano Else Torp, acaso un paso a la derecha más de lo necesario en la frontera escurridiza entre lo sublime y lo kitsch. Es un preludio luminoso de la nota de esforzada, voluntariosa esperanza, no carente de espinas, con que se cierra el álbum, cuyo tema titular se mece al ritmo rasgado de la primera guitarra acústica que oímos nítidamente en él, amontonando las impresiones visuales de una mañana de domingo. Una esperanza, aquí, ardua y aún no reconquistada del todo; la que deseamos que, consoladora, domine al Nick Cave del futuro. El del presente, bien avanzada su carrera y en medio de la más grave de las sacudidas personales que han jalonado su convulsa trayectoria, ha logrado redondear un álbum imperfecto pero con tramos de extraordinario nivel; una obra valerosa e indagadora, elevada, elegante, inusualmente desnuda y honesta, que encarna la fértil transformación artística y la indeseada, traumática transformación personal que ha sido su doble y amargo caldo de cultivo.  

 

Marc García

Marc García (Barcelona, 1986). Licenciado en Humanidades (UPF) y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (UB). Ha colaborado en medios como Quimera, Qué Leer, numerocero, Revista de Letras, Hermano Cerdo, The Barcelona Review Panfleto Calidoscopio. Trabaja como editor de mesa, y es también corrector, redactor, traductor y lector editorial.