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Gnod

Mirror

Rocket Recordings

9

Punk psicodélico

Vidal Romero

 

 

La única vez que hablé con Paddy Shine, lo más parecido a un “portavoz oficial” que existe en Gnod, me contó que él y sus compañeros siempre se habían definido como un colectivo mutante y variable, un proyecto que no atendía “a ningún tipo de plan, que busca romper la estructura supuestamente normal que debe tener una banda para dar forma a algo menos definido, algo que pueda incluir muchas cosas diferentes en su interior”. Esa naturaleza multiforme y escalable se adivinaba a la perfección detrás de los primeros discos que publicó el colectivo: artefactos en los que los instrumentos se amontonaban a la busca de un drone primordial, de carácter psicodélico y volátil. Shine me contaba todo aquello (debían de ser los primeros meses de 2013), pero también reconocía que de las entrañas de la bestia había ido surgiendo algo cada vez más parecido a una banda (digamos) convencional: “cuatro personas que estamos constantemente intercambiando ideas, haciendo jams, tocando y probando cosas. Y que también somos las que nos ocupamos de organizar las giras, preparar los discos, realizar todo el diseño de carteles y álbumes y dirigir nuestro sello”.

 

Fruto de este nuevo entendimiento de la criatura fueron llegando discos de carácter más obtuso y a la vez más centrado (aunque esto pueda parecer una contradicción). Discos que ya no se conformaban con buscar un estallido de intensidad a base de acumular capas y ruidos extravagantes, sino que construían andamios estructurales en los que el ritmo y la tensión adquirían papeles protagonistas. Para entendernos, entrar en el mundo de Gnod ya no era como subirse a un coche lanzado a toda velocidad y sin frenos, sino como subirse a un camión de gran tonelaje, que fuera dando bandazos por una carretera de montaña, siempre a un parpadeo de caer por el precipicio. Viéndolo con retrospectiva, diría que el tránsito de un estado a otro se produjo con su entrega de 2011, “InGnodwetrust”, un álbum de consistencia líquida y trasfondo obsesivo, al que le bastaban dos canciones para ventilar tensiones alrededor de la Iglesia Católica y sentar las bases de un vocabulario propio en el que (como muy acertadamente señala la nota de prensa de “Mirror”) confluyen la capacidad para el asalto violento de los Swans más primitivos con la precisión de relojeros que exhibían P.I.L. en “Metal box”. Una manera de hacer que, de manera inevitable, se iría volviendo cada vez más excesiva y laberíntica, hasta desembocar en el monumental “Infinity machines” (15), un auténtico agujero negro, de proporciones colosales (más de cien minutos repartidos en dos compactos o tres vinilos), que parecía marcar un punto de no retorno para el colectivo de Manchester: después de semejante bofetada sólo quedaba reinventarse o jugar a repetirse, siempre con efectividad, pero cada vez con menos gracia (como le sucede, por ejemplo, a Mogwai).

 

 

Tal vez para continuar jugando al despiste, “Mirror” no es ni una cosa ni otra. Y con esto quiero decir que, si bien el décimoquinto álbum –sin contar splits, casetes, EPs y demás referencias ignotas- de Gnod conserva intactas algunas de las cualidades de la banda (la acumulación de capas como motor creativo, la presión sonora como estrategia estética), también parece más convencional. El mejor ejemplo de este “parecido” se encuentra en el tema titular, que después de un breve estallido de ruido se enrosca alrededor de un ritmo rocoso y contenido, en el que mandan un bajo monstruoso y una batería en constante contrapunto, un señor se desgañita gritando y por las escasas fisuras se cuelan serpenteantes guitarras cargadas de eco y un murmullo de voces capturadas en la lejanía. Se trata de un corte minimalista y feroz, en el que resuenan ecos del post-punk (P.I.L., por supuesto, pero también Wire o Pere Ubu), y que ejemplifica de manera perfecta cómo gestiona la tensión el cuarteto de Manchester. Una capacidad que estalla aún con más violencia en “Learning to forgive”, ocho minutos de violencia sonora en los que bajo y batería golpean como un martillo pilón, las guitarras y teclados inventan nuevas definiciones para el significado de la palabra “ruido” y una especie de sirena inunda el plano de fondo, empujando al oyente hacia el infarto. Lo mejor, sin embargo, es que estas dos canciones se plantan alrededor de los ocho minutos, demostrando así que nuestros chicos pueden acercase al formato clásico de canción sin perder ni un ápice de su capacidad energética.

 

Ya en la otra cara (los discos de Gnod siempre están pensados para el vinilo), “Sodom & Gomorrah” recupera el tono épico y el pulso mecánico de la banda: dieciocho minutos asfixiantes y opresivos, en los que un ritmo ralentizado sirve de anclaje con la tierra, mientras por encima van levantándose castillos de distorsión, ecos de naturaleza fantasmal y plegarias ahogadas por la distancia. Se trata de música ritual en su versión más asfixiante: un sermón lanzado desde ultratumba que (de nuevo) juega con la tensión de manera magistral, zarandeando al pobre diablo que todavía sigue al otro lado de los altavoces, que intenta encontrar su reflejo en la enigmática portada del disco. Todo esto cabe en un “Mirror” salvaje y concentrado: poco más de media hora es lo que necesita la banda para ofrecer su propia visión del punk, que es irrespirable y altamente psicodélica. Que reinventa los códigos estéticos de un cuarteto en estado de gracia, para el que no parecen existir límites de ningún tipo.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com

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