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Kendrick Lamar

untitled unmastered.

Top Dawg Entertainment

8,3

Hip Hop

Marc García

 

Políticamente comprometido, de imagen pública edificante y razonablemente modesta, defender a Kendrick Lamar resulta más sencillo (y más agradecido) que hacer lo propio con Kanye West, su único competidor posible, junto con Drake, en lo más alto de la clasificación de la liga del rap. Si Drake representa el crossover pop, el triunfo de un r&b cálido y mullido, sexy y confesional, megalómano y melancólico a la vez, y Kanye West cumple a la perfección con el estereotipo del mad doctor al frente de una máquina de sonidos extraordinariamente creativa, sorprendente y abarcadora, Kendrick Lamar presenta al menos tres argumentos que lo hacen acreedor del título de mejor rapper en activo. El primero es su extraordinaria técnica, sin parangón en el rap actual: versátil e incontenible, capaz de efectuar encadenamientos imposibles de acuerdo con patrones rítmicos improbables, de escupir con velocidad arrolladora y aliento infatigable versos abarrotados y de transformar y modular la voz con pericia interpretativa. El segundo es su ambición lírica y conceptual, que se materializa en letras inteligentes, sorpresivas, informadas y escrutadoras, repletas de autoanálisis exigente y vastos panoramas sociológicos y organizadas en marcos casi novelísticos. El último, al fin, es su sonido, una reactualización orgánica y suntuosa del jazz rap de los noventa (más cerca de los elásticos surcos del "Jazzmatazz" de Guru que del ascetismo afilado de A Tribe Called Quest) que aglutina las múltiples facetas de la música negra cocinada junto a músicos de trayectoria más que acreditada (el pianista Robert Glasper, el virtuoso del bajo Thundercat) o estrella sobradamente ascendente (el saxofonista Kamasi Washington).

 

 

 

Este inapelable trío de ases sigue reinando a lo largo y ancho de “untitled unmastered.”, disco estimulantemente situado en el cruce de caminos entre el EP y el álbum completo, entre la colección de descartes y el proyecto con unidad conceptual. Más de una de sus canciones está atravesada por una sensación de provisionalidad (en las estructuras zigzagueantes y acumulativas, en la estética puntualmente lo fi, en el aire ocasional de jam session), pero una escucha atenta revela los lazos que unen.

 

En “untitled unmastered.”, como en la discografía entera de Kendrick Lamar por ahora, convergen diversas fuerzas que se complementan, matizan, discuten e incluso oponen. Si en "The Life of Pablo" Kanye West solía disociarlas en canciones casi antagónicas, que daban a su disco un aire escindido, al borde de lo esquizofrénico, y una notable y en ocasiones inasible diversidad sonora y tonal, Kendrick Lamar las pone a convivir y las examina cerebral e inclementemente, saltando —a veces de modo desconcertante, sin reparar en ambigüedades— entre voces narrativas, y consiguiendo así una obra de interiores, implosiva, oscurantista y voluntariamente inhibida.

 

Es esa una constatación que se deriva de la primera y desconcertante escucha de los dos temas del álbum que ya conocíamos, que antes llevaban el nombre de “Untitled y “Untitled 2 y ahora se han redenominado “Untitled 03 | 05.28.2013 y “Untitled 08 | 09.06.2014. Cuesta entender, de entrada, por qué ha renunciado Kendrick a las dos codas que llevaron las canciones cuando las estrenó en televisión, una de rabiosa autoafirmación colectiva y otra de orgullosa (si no directamente arrogante) autoafirmación individual, ambas de estética sónica explosiva y arrasadora. No obstante, todo resulta más comprensible cuando descubrimos estar ante un álbum donde la única perspectiva que aguarda a la comunidad es el apocalipsis, y donde los excesos de ego son exhaustivamente escrutados y censurados.

 

Y es que el Fin de los Tiempos asoma pronto en el disco, tras una promesa que dura poco y que nunca llegamos a creernos: la del cuerpo, enunciada por un Bilal cuya voz insinuante se torna amenazadora hasta culminar en risa diabólica justo antes de que la sustituya —llena de eco, como si surgiera de entre los pliegues de una pesadilla— la de un Kendrick Lamar que encadena, con tono progresivamente acelerado, una retahíla de imágenes de destrucción bíblica sobre beats ominosos y cinematográficos y pianos llovidos. Las formas contemporáneas de la plaga (guerras, discriminación de clase y de género, sobresexualización objetualizante mal entendida) hieren la mirada de un rapero que sabe que ha hecho honor a su misión divina negligiendo las peores trampas y tentaciones de la fama, pero que a su vez duda de si sus esfuerzos son suficientes, en una pieza inaugural que acaba, tras rebajar la intensidad, con una sátira del alcance desmovilizador del carpe diem no carente de ambigüedad.

 

 

Se podría decir que “untitled unmastered.” versa, en esencia, sobre la cara oscura del triunfo: sobre el modo en que puede apartar el trabajo de una vida de su dimensión más noble, y a uno mismo de la senda correcta. “Untitled 02 | 06.23.2014arranca con un cántico, “Pimp, pimp, hooray!, que recorre el disco como un ritornello con su tono desmayado y depresivamente autoirónico, al modo en que lo hacía el poema “I remember you was conflicted en "To Pimp a Butterfly". Más inquietante que celebratorio, llama a su autor a mantener a raya el ego tras el éxito unánime de su disco de consagración, e incluso puede ser leído —lectura que avalan algunos de los dardos lanzados más adelante al subgénero gangsta— como una condena del aplauso generalizado que ha recibido la estética pimp en el contexto de la música negra. Más allá de eso, la atmósfera de la canción contribuye a resemantizar algunos de los versos más pletóricos del final de la toma en directo de “Untitled 08 | 09.06.2014: donde allí eran desacomplejadamente expansivos, aquí, enunciados con voz nasal, oscura, arrastrada, sirven como toque de atención sobre los vicios más inextirpables de la escena hip hop, retratados por uno de sus mayores representantes, que se admite en tormentoso conflicto entre lo tentador de llevar una vida confortable y regalada y la necesidad de restaurar el sentido y el propósito constructivos de su labor artística en un marco depauperado.

 

“Untitled 3 | 05.28.2013 es una de las canciones más enérgicas y melódicamente atractivas del lote, propulsada por chasquidos, flautas ululantes y un coro insistente de voces deformadas entre lo humorístico y lo siniestro: su letra, inasible, parecería una reproducción encadenada de estereotipos raciales (con una visión a la vez autocrítica y reivindicativa de su propia comunidad) que tiene por fin satirizar a los que los acuñan si no fuera porque la ambigüedad con que superpone las voces y discursos no permite descartar que en ocasiones no incurra en los propios peligros de los que alerta. En semejantes terrenos parece moverse “Untitled 04 | 08.14.2014, un interludio menor eminentemente vocal en que Kendrick se aleja del foco para limitarse a aludir entre susurros, mientras Anna Wise sostiene la pieza, a episodios cuya aura enigmática no opaca su naturaleza inequívocamente terrorífica, rubricada por los zarpazos casi de horror movie con que culmina el tema: en él, el juguetón lema “head is the answer, que tanto puede aludir a la inteligencia como al sexo oral, puede leerse como la creencia firme en la formación intelectual (o la aceptación bienhumorada del placer físico) como única salida, pero también como una impugnación del hedonismo frívolo y paralizador en el que mucho viven (vivimos) instalados; sea como sea, el envoltorio sonoro, parsimonioso pero lleno de oscuro misterio, no nos habilita para albergar grandes esperanzas.

 

 

“Untitled 5 | 09.21.2014, la pieza más orgánica, suntuosa y jazzy del disco, empieza con una batería propulsiva pero amortiguada, llena de filtros (un poco como la que abría “Tis a Pity She Was a Whoreen el experimento testamentario de jazz desencajado que fue "Blackstar", de David Bowie), a la que rodean las carreras arriba y abajo de Thundercat por el mástil de su bajo flexible, una trompeta nocturna y elegante y la voz de Anna Wise conjurando escenas de violencia; una voz, esta, que instala el arranque de la pieza en territorios casi de jazz vocal contemporáneo, progresivamente fracturado. La irrupción de Kendrick transforma la pieza en un microrelato —que encajaría temáticamente en "good kid, M.A.A.D city", y partes del cual ya pudieron oírse en su actuación en los Grammy— en el que habita el cuerpo de un hombre desesperado a punto de recurrir a la violencia: el texto se reconduce hacia terrenos menos fictivos y más confesionales con la aparición de un Jay Rock que cree en su potencial tanto como duda de sus alcances, que admite su deriva insensibilizada sin dejar de ser consciente del horror que le rodea mientras trata de navegar en ese océano de contradicciones.

 

En lo formal y en lo discursivo, “Untitled 06 | 06.30.2014” es la agradecida nota de color del disco, menos disonante de lo que pareciera por cuanto explora las mismas contradicciones que han dado cuerpo a este (incluso reescribiendo algunos versos previos), pero ahora desde una aceptación abierta y festiva, que atañe tanto a las fallas propias como a las ajenas: una pieza de autoafirmación, y un tributo de amor, respeto y admiración románticos mecido por el ritmo leve, percusivo e imprevisto de la bossanova. La nota perturbadora es aquí extramusical: al ofrecer a Ce Lo Green, cuya voz actúa como correlato de las intenciones del Kendrick personaje, la posibilidad de disculparse por un escándalo de resolución no particularmente tranquilizadora, el de Compton parece tomar partido de modo un tanto imprudente, quién sabe si por una solidaridad comunitaria en este caso desenfocada.

 

“Untitled 7 | 204-2016”, por su parte, encarna como ninguna otra pieza del disco los aspectos más libres, indagadores y queridamente desarreglados en lo formal de este, con una estructura reptilínea y tripartita con interludio: el arranque ve de nuevo contradicho su discurso triunfalista por lo perturbador de su correlato sonoro, que da paso a una impugnación de los aspectos más inmoralmente confortables y discriminadores del mundo del rap, escurridiza por estar enunciada en tono (solo) en apariencia aprobatorio por una voz en primera persona. Le sigue una breve sección de aliento enrarecidamente litúrgico (cortesía del beat vibratorio, de una sencillez monocorde cautivadora, que le sirve Egypt, el fantasma de la ópera de cinco años hijo de Alicia Keys y el productor Swizz Beatz), y un final en forma de risueña jam session sostenida por las notas repetitivas de un bajo perezoso y renqueante, que recupera algunos de los motivos líricos del disco y hace honor al espíritu unmastered que pregona este desde su título.

 

 

“Untitled 8 | 09.06.2014, otro de los temas más pegadizos del lote, quizá el más dinámico y bailable de todos, amplifica el sustrato funk del que abreva una de las vetas del sonido de Kendrick: con el ritmo rebotón de sus sintetizadores, el hi-hat de batería que lo sostiene, su estribillo abierto y sus coros manipulados, con un toque entre hilarante, futurista y surreal, el tema se remonta hacia las fuentes del G-Funk de Dr. Dre, una de las influencias admitidas de Kendrick: esto es, hacia el P-Funk de George Clinton, cuya presencia en “Wesley’s Theoryde "To Pimp a Butterfly" se revela como algo de lo más natural.

 

Desprovisto de la ambición y la grandiosidad unitaria de sus álbumes propiamente dichos, imbuido de un espíritu de obra menor que hace que coexistan sin prejuicios en ella esbozos (interesantísimos, pero esbozos al cabo: “Untitled 04 o “Untitled 07”), piezas simpáticas y bienvenidas pero no particularmente enjundiosas (“Untitled 6”), temas retadores y asfixiantes (“Untitled 1”) y otros infecciosos y vivaces, con madera de hit (“Untitled 3”, “Untitled 8”), “untitled unmastered.” se preocupa pese a todo por constituir una unidad temática y sonora, en la que Kendrick parece girar el foco hacia adentro, hacia la digestión de las consecuencias del éxito y el modo (arduo, conflictivo) de engranar este con el compromiso necesario, y lo hace llevando la estética de su predecesor hasta extremos más desapacibles, tenebristas y contenidos. Si no juzgamos “untitled unmastered.” de acuerdo con las expectativas que pesan sobre el sucesor del que ya es un disco histórico sino como lo que es, (mucho más que) un disco de descartes, el disfrute está asegurado. “Forecasted my future / this is my future / The mastermind until my next album, afirma Kendrick a finales de "Untitled 5": ¿cabe esperar que regrese, pues, en versión oscurecida, compacta y turbulenta? Una cosa es segura: lo que cabe esperar en su caso es siempre algo grande.

 

Marc García

Marc García (Barcelona, 1986). Licenciado en Humanidades (UPF) y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (UB). Ha colaborado en medios como Quimera, Qué Leer, numerocero, Revista de Letras, Hermano Cerdo, The Barcelona Review Panfleto Calidoscopio. Trabaja como editor de mesa, y es también corrector, redactor, traductor y lector editorial.