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Kanye West The Life of Pablo  

Kanye West

The Life of Pablo

G.O.O.D. Music / Def Jam

8,7

Hip Hop

Marc García

 

Con todos los reparos que cabe oponerle a la crítica biográfica, con todas las simplificaciones que su uso potencialmente entraña, es casi inevitable recurrir a ella al menos en parte al enfrentarse a alguien que coloca en el centro exacto de su disco un freestyle donde repite su nombre cada dos segundos (es tan literal como fácil resulta echar las cuentas: 25 veces en 44 segundos). Si Kendrick Lamar, que va camino de arrancarle a Kanye West el cetro del rapero más ambicioso y pletórico del momento, infunde sus discos de sensibilidad storyteller y los organiza novelística, cinematográficamente, de acuerdo con criterios de unidad narrativa, West no parece capaz de abrir el foco más allá de las cinco letras de su nombre. Uno que abruma por su omnipresencia, que la mayor parte de las veces nos impacta en la peor de las acepciones posibles: es complicado seguir apoyando a Kanye West, no cabe negarlo, cuando lo que se empeña en ofrecernos es una sarta de boutades machistas, exabruptos indignantes que parecen motivados por unas ganas de provocar tan palmarias como alicortas y proclamas megalómanas que caen en lo autoparódico de lleno; cuando se presenta ante nosotros, con una consciencia aparentemente poco autotransformadora, como "a 38-year-old 8-year-old with rich nigga problems"

 

Y, sin embargo, hay dos cosas que no deberíamos olvidar ante los delirios de grandeza de Kanye West. La primera es que, por sorprendente que parezca, hay un terreno donde aciertan, que coincide con el único donde parece que su inteligencia no solo es funcional, sino que se expande hasta alcanzar los terrenos de lo visionario: la música, claro, o el lugar donde conviene mantener el foco si no queremos salir trasquilados del encuentro con su personalidad arrolladora. Cuando, durante su actuación en Glastonbury, West declaró ser la mayor estrella de rock del planeta, hay algo que los 136.447 firmantes de la petición destinada a exigir que la organización lo sustituyera por una Genuina Banda de Rock no entendieron (y probablemente no estarían dispuestos a entender jamás): que estaba absolutamente en lo cierto. Para bien o para mal, West reúne en su errático comportamiento público (pero también en su energía musical desbordante, entre lo jubiloso y lo furibundo) todos y cada uno de los tópicos de la estrella del rock: esto es, una figura no musical, sino mediática, cuya simpática colección de dislates suele aplaudir el público, mayormente cuando ya quedan lejos y han sido desactivados (súmesele un plus de tolerancia si la estrella en cuestión es blanca, o, lo que es lo mismo, forma parte de un sistema de coordenadas socioculturales que le conceden la presunción de inocencia y el marchamo de respetabilidad que en muchas ocasiones se les niega, prejuiciosamente, a sus pares negros). Qué duda cabe: vivir a West en presente supone, a ojos de un observador poco sensible a la idealización mitómana de la disfuncionalidad, un enfrentamiento con los límites de la tolerancia hacia la estupidez pura y simple, donde, en la tríada habitual, el sexo ha sido sustituido por reproches monomaníacos hacia sus ex, las drogas, por antidepresivos legales, y el alcohol, por Internet. Pero escuchar sus discos, y, muy en particular, su disco nuevo, supone algo bien distinto: supone ser testigo de los chispazos contrapuestos de un temperamento en pugna, que, en "The Life of Pablo", encuentra su correspondencia formal en una arquitectura sonora multiforme hasta el borde del desgajamiento.

 

 

Que Kanye West, y no únicamente en el terreno creativo, parece atravesado por fuerzas que estiran de su ánimo en direcciones antagónicas es la segunda cosa que su tendencia a subrayar su grandeza no debería hacernos olvidar. Es sabido, pero conviene recordarlo de nuevo: la extremada polaridad de su espectro sentimental abrió las puertas a una gama de tonos prácticamente inédita en el hip hop previo a su debut con "The College Dropout" (2004), que encuentra sus eslabones más notorios (y notables) en la sentimentalidad autobiográfica valerosamente reivindicativa de Frank Ocean, el aura villanesca de castigador sombrío y autodestructivo del mejor The Weeknd y la figura entera de Drake, a la vez megalómana y capaz de suavidades melancólicas tan acusadas y potencialmente parodiables que han inspirado colecciones enteras de memes.

 

Seguir las manifestaciones públicas de Kanye West, decíamos, pone a prueba el estómago de cualquiera, pero también inspira cierta preocupación compasiva al constatar lo evidente si uno mira aquí y allá, y repasa sus propias letras: West parece estar atravesando un momento emocional y psicológico complicado. Como la vez en su carrera que se encontró en una situación más parecida, a la altura de "808s & Heartbreak", ha entregado un disco ambivalente para reflejarlo: emocional, indagador, atravesado por corrientes de una brillantez inapelable; también inseguro, titubeante, ajeno a la sensación de control y claridad arquitectónica que transmiten sus mejores obras, pero por ello vivo, fresco, interminable.

 

 

Muchas críticas aseguran que el séptimo disco de Kanye West es el primero en que no se reinventa, empeño este, el de la metamorfosis constante, en el que no va a la zaga de otros precedentes ilustres de la música negra, como Miles Davis. Verdad parcial: "The Life of Pablo" contiene una variedad de estilos prácticamente inédita en un disco de su autor, y es precisamente esa heterogenia lo que primero nos sorprende. Pablo renuncia a la compacta y afilada coherencia sonora de "Yeezus", su predecesor, para presentar un potlatch aparentemente informe de ideas brillantes colocadas al lado de otras a medio cocer, que transmite la sensación de una creatividad fecundísima, muy por encima de la de la mayoría de sus contemporáneos, que corre el riesgo indudable (al que este disco no ha sucumbido todavía) de ceder ante su propia indomeñabilidad, pero que resulta indiscutiblemente estimulante por su viveza y su inquietud, inusuales y nada acomodaticias.

 

A lo largo del proceso público de elaboración del disco, Kanye West señaló varias veces que este estaba dividido en tres actos; sus fronteras, tras innumerables cambios en el tracklist, no parecen ya nada claras, pero es dable reconocer tres zonas tonales en el álbum, cuyos límites son tan borrosos, y cuyos interiores tan contradictorios, como lo es el álbum entero. La primera se abre con el disco, y con "Ultralight Beam", que no es quizá el tema más redondo del álbum, pero sin duda sí el más sorpresivo, audaz y repleto de significados. Si bien acaba revelándose como la piedra Rosetta de "The Life of Pablo", la declaración de intenciones que encapsula el disco entero, en primera escucha es una pieza de apertura tan inaudita como desconcertante. Con su calmoso tono litúrgico, tan anticlimático en el contexto del Madison Square Garden donde se la pudo oír por primera vez, más bien parece adecuada para cerrarlo, función que, de hecho, le estaba destinada inicialmente. Para más inri, la voz de Kanye West está prácticamente ausente del tema, consecuentemente con la estética del que es su disco más coral (y no solo en cuanto a autoría, sino también por lo que respecta a aliento, estética y propósitos): en su regreso a la suavidad soul de "The College Dropout" y "Late Registration", cede la voz a uno de los herederos de aquellas coordenadas, Chance the Rapper, que sostiene la pieza casi entera. Pero lo que entonces era rítmico y cálido (College) u opulento y lujoso (Registration), ahora es despojado y espectral en cuanto a lo sonoro (un órgano leve, la lejanísima trompeta de Donnie Trumpet, un coro que aparece y desaparece sobre un paisaje vacío) y escurridizo, casi cubista, en lo estructural: versos, puentes y estribillos se suceden en proporciones y órdenes inusuales. Temáticamente, la letra es una plegaria por la paz (personal y colectiva), la manifestación de una voluntad bondadosa y el reconocimiento de que esta se ve sobrepasada (cuando no saboteada directamente) por deseos y ambiciones de alcance mayor que hacen al que los alberga capaz de lo brillante (como la música de "The Life of Pablo") y de lo infame (como algunas de las letras que la acompañan, amén de su propia carrera como elefante en la cacharrería que Twitter es). He ahí, pues, el espíritu que impulsa este disco, reconocidamente a caballo entre la voluntad de redención y la tendencia natural al despropósito irritante. El correlato sonoro de esa tensión, particularmente presente en "Ultralight Beam", son estructuras de una imprevisibilidad sorpresiva, entre la inventiva genialoide y la mera yuxtaposición o amontonamiento de materiales ("Just throw this at the end if I’m too late for the intro", canta muy autoexplicativamente Chance al final del segundo verso), que salva, pero salva con nota, el reconocido don de West para ensamblar y recombinar elementos de cualquier tradición musical y grado de celebridad imaginable. Y es que el gran logro de la carrera de West, en esencia productor y arquitecto sonoro, no es lírico ni técnico, sino formal: la consecución de una estética grandilocuente, omniabarcadora, cuya voluntad de escapar de la ortodoxia rap contaminándola de los géneros más diversos no responde a una subordinación a los intereses mercantiles de la (peor) música blanca, sino a la voluntad de explorar, reinventar y reapropiarse de los logros más singulares y estimulantes de esta, y de todas las que sea posible llegar a abrazar.

 

 

En cuanto a "The Life of Pablo", el timbre litúrgico, la confortable organicidad sonora y los buenos propósitos morales se extienden como mínimo hasta la cuarta canción: hasta allí, las dos partes de "Father Stretch My Hands (Pts. 1&2)" han proseguido con las estructuras serpenteantes y endiabladas, tan provisorias como intransferibles, así como con la compungida admisión de culpa y el deseo de liberarse y hacer el bien, con algunos versos infames por el camino. "Famous", mucho más compacta y repleta de ganchos, empieza a recrudecer antipáticamente el discurso mientras se erige en una pieza de orfebrería combinatoria en cuatro fases que traza una genealogía circular: en la primera, una Rihanna en el trance, aún inconcluso, de liberarse de las servidumbres y definir una personalidad propia, interpola el primer verso de "Do What You Gotta Do" según Nina Simone; en la segunda, West se autocomplace enhebrando su megalomanía en los primeros versos verdaderamente rítmicos del álbum; en la tercera, el recurrente clásico del dancehall "Bam Bam" de Sister Nancy suena raudo y soleado en manos de West, y da frutos que ya no esperábamos; en la cuarta, la presencia de Nina Simone (a la que el West productor es tan afecto) resulta un tributo y un reconocimiento de deuda.

 

"Feedback" inaugura el segundo tramo del disco: este, mayormente oscuro, espartano, inquietante, alternativamente dolorido y furioso. Sobre un beat memorable, que desasosiega como un zumbido del inframundo, West proclama amenazadoramente su regreso, y la canción, que podría (y debería) haber abierto este disco si este disco fuera otro, suena y se lee como una versión aquietada pero igual de maliciosa de ese "On Sight" que inauguraba "Yeezus" con aspereza industrial y punch destructivo. El díptico "Low Lights" y "Highlights" encarna los polos de alternancia del disco: en la primera, vuelve el góspel, se ausenta West de nuevo, esta vez por completo, y se cantan las gracias de Dios, pero no sin que un aire de peligro se destile del envolvente colchón sonoro y la cadencia crispada de los versos; la segunda, contagiada en lo sonoro del espíritu abierto y celebratorio de algunos cortes de "Graduation", su disco más pop, es otro ejercicio de megalomanía desatada líricamente ridícula. "Freestyle 4", por su parte, incluye uno de los samplers más inesperados y antológicos de Kanye West: bajo sus versos gruñidos, descoyuntados, licantrópicos, las cuerdas erizadas del "Human" de Goldfrapp crean un clima cinematográfico de genuino terror que intensifica el que ya de por sí transmite la lujuria animal y agresiva del texto. "I Love Kanye" va más allá del guiño entre delirante y paródico para convertirse en explicitación humorosa y autoconsciente de los puntos de origen y llegada de su trayecto musical y como figura pública, que coexisten en tensión en un personaje que contiene multitudes y que firma, aquí, un disco que las abarca todas, ya sea en la forma de sus abundantes personalidades sonoras o mediante la presencia explícita de una panoplia numerosa y pletórica de sus herederos confesos, que reivindican la tradición colaborativa de la genealogía musical en que se inscriben.

 

 

"Waves", por su parte, es una pieza dulce y reposada de pop negro moderno, sin sobresaltos rítmicos y casi enteramente cantada, que, con su beat vibrátil y su espíritu abierto, hímnico y coral, podría encajar en el sensible y melancólico "Channel Orange" de Frank Ocean: quizá sea esa cualidad derivativa lo que estuvo a punto de dejarla fuera del disco, pero con su inclusión sirve como un gustoso interludio, plácido, emotivo y confortable. Y, tras ella, el triplete más coherente del disco: "FML", con su voz quebradiza, feísta y autotuneada al límite, su registro confesional, su alejamiento del hip hop y proclividad hacia la canción y su ánimo nocturno y compungido, reescribe junto a The Weeknd el disco que fue admitidamente seminal para la propuesta de este: "808s & Heartbreak". Al que también suenan "Real Friends" (la letra más redonda del álbum) y "Wolves": dos de las piezas mejor definidas y más memorables de las aquí presentes, erigidas sobre beats gélidos, ululantes e insistentes, como sirenas de espanto entre la niebla; dos temas repletos de dudas, culpa, flagelación contrapuesta al autobombo, autobiografismo doméstico en crudo y declaraciones de amor y aceptación servidas mediante descabellados paralelismos religiosos.

 

El día que "The Life of Pablo" sonó por primera vez en el Madison Square Garden, este era el cuerpo del disco. El tercer acto, añadido dos días después, cabe entenderlo (y disfrutarlo) como un conjunto ya decididamente heterogéneo de bonus tracks sin criterio unificador alguno para una edición especial que, si atendemos a las declaraciones de Kanye West, probablemente nunca vaya a llegar. El interludio "Silver Surfer Intermission", donde West recibe la autorización de Max B para usar un título para su álbum, "Waves", que al final solo ha empleado en una canción que entró en él literalmente fuera de tiempo, refleja lo convulso y apresurado de su formulación final, como hacen explícitamente algunos versos de "30 Hours" ("Check it out, / this the bonus track, this the bonus / My favourite albums just have like bonus joints like this / That’s why they kick it off like this / Just did that Madison Square Garden […] I’m just doing a… just doing an adlib track right now"), un corte de último minuto con un flow que se serena hasta tornarse relajado y espontáneo, casi conversacional, sobre un beat que vuelve a revelarnos los alcances enciclopédicos y heterodoxos de la melomanía de West: si en "Blame Game", de "My Beautiful Dark Twisted Fantasy", sampleaba a Aphex Twin, aquí va más atrás en la evolución de la electrónica más indagadora, lírica y esquinada para recuperar a Arthur Russell. "No More Parties in L.A." aprovecha material de aquel disco para enhebrar un tema seco y propulsivo, campanilleante y chulesco, que incluye los mejores fraseos del disco: si Kendrick Lamar, indiscutiblemente el MC actual con mejor técnica (esto es, velocidad, cadencia, tono, acentos, ritmo, versatilidad, respiración), no le roba (del todo) la canción a Kanye West como hizo con Big Sean en su ya legendario verso para "Control", es porque este se esfuerza por brillar a un nivel que, con sus recursos vocales modestos, le había eludido durante años: "I know some fans who thought I wouldn’t rap like this again", dice, y nosotros cabeceamos felices por habernos equivocado. "Facts" antepone un jugoso sampler de Father’s Children a unos versos bastante pobres, que avanzan a saltos espásticos sobre un colchón de sintetizadores crudos repletos de eco que ha perdido algo de fiereza, pero ganado una cierta cualidad pesadillesca, respecto a la versión inicial. Y con "Fade", la pieza más abiertamente electrónica y clubber de la carrera de West, minimalista y escuálida pero meticulosamente construida, el de Atlanta se quita de en medio como lo hacía al principio del disco, no sin antes hacer un último truco de prestidigitación sampladélica: el tres en uno que supone poner a colisionar a Post Malone con un clásico house y una oscura banda de blues a la vez.

 

 

Este sentido de desorientación propio de un producto en bruto, con una unidad conceptual tenue y quebradiza que acababa definitivamente desfondada, es análogo al que transmite "Anti" de Rihanna. Las nuevas entregas de Rihanna y Kanye West son los dos discos de música negra de gestación más pública y convulsa de la temporada, cuya incapacidad para ver la luz parecía producto de un perfeccionismo sin límites que, al cabo, no ha cristalizado en piezas redondas (aunque la de West está muy por encima de la de colaboradora), pero sí en obras repletas de ideas, direcciones y posibilidades. Esta es la herencia principal, el rasgo identificativo inédito en la carrera de Kanye West, de "The Life of Pablo", que parece consecuencia directa de una época en la que ya parecen decidida e irremediablemente obsoletas las ideas en torno a cómo lanzar, comercializar y publicitar un disco (e incluso en torno a cómo concebirlo como unidad artística y a cómo disfrutarlo e interpretarlo), pero también de una agitación creciente en la mente inestable de su creador: su dedicación cada vez más reconocidamente intensa a la moda y su perfil público acusadamente incordiante muestran a alguien confuso respecto a sus prioridades e incapaz de alinear su voluntad con su temperamento, desajuste que amenaza con erosionar sus futuros logros artísticos. En cierto modo, eso ya ha ocurrido en "The Life of Pablo", pero sería injusto penalizar por inconcluso o imperfecto un disco que es todo eso y más, pero que es también muy ancho: anchos en estructuras, tonos, registros sonoros y emocionales, ingredientes, casting, ambiciones y logros. La séptima obra de Kanye West rebosa ideas muy por encima de la media, hasta desbordar gozosamente el marco que las contiene. "I done talked a lot of shit but I just did the numbers", afirma en "Facts": ¿y con qué, sino con eso, deberíamos ahora quedarnos? ¿Y qué, sino eso, habíamos venido aquí a buscar?

 

 

 

 

 

 

 

Marc García

Marc García (Barcelona, 1986). Licenciado en Humanidades (UPF) y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (UB). Ha colaborado en medios como Quimera, Qué Leer, numerocero, Revista de Letras, Hermano Cerdo, The Barcelona Review Panfleto Calidoscopio. Trabaja como editor de mesa, y es también corrector, redactor, traductor y lector editorial.