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David Bowie Blackstar  

David Bowie

Blackstar

Columbia / RCA / ISO

7

Pop

Half Nelson

 

Brian Eno, en su emotiva carta de despedida a David Bowie, resume muy bien lo que todos sentimos: “Su muerte me ha pillado totalmente por sorpresa, como casi todo lo que hizo en vida. Siento un gran vacío ahora mismo”.

 

La muerte de Bowie es un gran mazazo para todos los aficionados a la música porque, como ha demostrado la enorme y cálida respuesta de miles fans, aficionados y, sobre todo, otros músicos y artistas, todo el mundo tiene una vivencia relacionada con, al menos, una canción de David Bowie. La extensión (temporal, estilística y genérica) de su carrera ha producido multitud de momentos (discos, vídeos, canciones, conciertos, apariciones televisivas, cameos en películas o series, papeles principales, secundarios, hasta presentaciones de premios...) que han dejado huella en los consumidores de música (o directamente de mitos) y lo que es más importante, en los creadores de más música (y más mitos). Las redes sociales bullen todavía con testimonios anónimos de admiración, pero también con sinceras muestras de respeto por parte de multitud de compañeros de profesión.

 

 

La muerte de un mito siempre es un momento propicio tanto para el homenaje sincero como para el postureo. En plena conmoción, incluso han aparecido ya evidencias visuales de que Bowie está vivo como un Paul McCartney cualquiera. Pero la muerte de Bowie ha sido especialmente dolorosa por la profundidad de su legado y por el hecho de que hace apenas tres días, coincidiendo con su 69 cumpleaños, se publicó “Blackstar” su vigesimoquinto LP de estudio, lo que ha añadido un elemento de sorpresa particularmente impactante. Nadie espera que muera el autor de un disco que se acaba de publicar, cosa que se interpreta como un signo de salud y recuperación, especialmente después de los fundados rumores acerca de la mala salud de Bowie de años anteriores. Rumores de tal calibre que unas imágenes del inglés parando un taxi en Nueva York en octubre de 2012 dieron la vuelta al mundo como prueba por un lado de que seguía con vida y, por otro, de su quebrantada salud.

 

Con su muerte, cualquier intento de valoración objetiva de “Blackstar" se torna imposible. Se cargan las tintas sobre el carácter premonitorio y testamentario de la música y, sobre todo, de los dos vídeos publicados hasta el momento: no hay que ser un lince para reparar en el cadáver del astronauta (¿del Major Tom?) en el vídeo de “Blackstar” y en la tétrica presencia del propio Bowie; en el nada alegórico vídeo de “Lazarus” que muestra a un Bowie amortajado y que empieza con las escalofriantes palabras “Look at me / I’m in Heaven / I’ve got scars that can’t be seen…” y que acaba con el Bowie vivo, pero maltrecho, metiéndose en el armario donde está su doble agonizante.

 

Diga lo que diga Tony Visconti, compañero de sus primeros años y co-productor de este “Blackstar”, en Rolling Stone (“nuestro objetivo era evitar el rock’n’roll”) este es un disco de rock. Y un disco incompleto de apenas cuarenta y un minutos con dos canciones “recicladas”, regrabadas después de haber sido ya publicadas: “Sue (Or in a Season of Crime)” era el único inédito del recopilatorio “Nothing Has Changed” (Parlophone, 2014) y “'Tis a Pity She Was a Whore” fue su cara B cuando se editó como single.

 

 

En cierto modo, “Blackstar” es como esas cartas que se envían con la indicación de no ser abiertas hasta después de la muerte del remitente para proporcionar impunidad y, sobre todo, libertad al autor de la misiva. Sólo que con Bowie esa precaución no era necesaria: muchas veces hizo uso de la libertad suprema de los artistas, aunque en los últimos (¿veinte?) años se hubiera vuelto calculador, algo copión (con buen gusto) y siempre a medio camino entre el inconformismo y la indecisión. Esa libertad formal es la que da alas a la inicial “Blackstar”: diez minutos de vaivenes que, de inicio, mezclan ese aire misterioso, grave, tan cercano a los Radiohead más ominosos y al Miles Davis ambiental y levemente aflamencado de “Sketches of Spain” (Columbia, 1960), con guiños vocales a ese Scott Walker que siempre ha sido su reverso tenebroso y con una segunda parte que es puro soul, una de las grandes aficiones de Bowie. Se apoya también en la libertad formal del jazz con el diálogo con la sección de viento, antológico en “‘Tis a Pity She Was a Whore”, donde se luce Donny McCaslin al saxo, el instrumento favorito del Bowie adolescente, el que le conecta con el medio hermano que le descubrió el jazz Terry Burns (esquizofrénico con tendencias suicidas que finalmente acabó confirmando en 1985: David escribió “Jump They Say” en su honor). El aliento del jazz se prolonga en “Lazarus”: balada jazzística, humeante y creciente donde de nuevo un McCaslin colosal pone el contrapunto a los impactantes versos de un implorante Bowie. Esta pieza cierra el capítulo de las canciones que recordaríamos siempre aunque este no fuera su último álbum.

 

Las demás adolecen de una dolorosa falta de intensidad o de riesgo y, estilística e instrumentalmente, parecen descartes incorporados a toda prisa ya que comparados con los temas anteriores rompen una cierta unidad conceptual. El funk-rock de “Sue (Or in a Season of Crime)” se queda a medio camino, pese a la disonancia impostada de la segunda parte y el pseudo-hip-hop circular de “Girl Loves Me” no va a ninguna parte y acaba haciéndose pesado. “Dollar Days” con la baza acústica y “I Can’t Give Everything Away” con la electrónica, pretenden jugar la liga de las baladas clásicas de Bowie con un cierto aire épico, pero ambas fracasan: la primera por insulsa y la segunda por excesivamente ampulosa con un solo de guitarra que no aporta nada. Lamentablemente, da toda la sensación de que a Bowie no le ha dado tiempo a completar una despedida digna de su espléndida vida y legado. Descanse en paz.

 

Puestos a buscar señales y significados ocultos, no nos dimos cuenta en su día de que su anterior disco, mucho más completo aunque también irregular, se llamaba “The Next Day” (ISO / Columbia, 2013). Pues bien, el día siguiente, el primero sin Bowie, ha llegado. Y no nos queda otro remedio que seguir adelante sin él de la manera en que se sigue adelante sin los seres queridos y admirados: viviendo sin olvidarlos, como si todavía estuvieran a nuestro lado, buscando su compañía y su inspiración y actuando como ellos lo hubieran hecho para que desde algún lugar entre las estrellas nos miren y nos sonrían orgullosos.

 

Half Nelson

Crítico musical que ha visto multitud de modas y estilos nacer, crecer, multiplicarse y morir desde que empezara a colaborar en Ràdio Ciutat de Badalona en 1993. Fan del jazz y del pop británico, aunque todavía impactado por el drum’n’bass, su firma se ha visto prácticamente en todas las cabeceras de prensa independiente (Mondo Sonoro, Go Mag, Rockdelux, Suite, Trax/Beat…) y radio online (ScannerFM) y por su grabadora han pasado muchos de los grandes (Costello, Lowe, Hitchcock, Mills, Craig, May, Saunderson, Gelb, Calexico, Goldie, Size, Flaming Lips, Bon Iver…). También ha contribuido con varios capítulos a “Loops” (Mondadori, 2002) y a “Teen Spirit. de viaje por el pop independiente” (Mondadori, 2004).

 

half@blisstopic.com