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Deerhunter

Fading frontier

4AD

7

Pop-folk

Albert Fernández 

 

Hay algo que no pillo del último disco de Deerhunter. No me acabo de adaptar a la cadencia de este cancionero, que engaña con su inicial parsimonia, para adentrarse puntualmente en pasajes inconexos y turbios. No sé por qué me extraño. Al fin y al cabo, no es más que la clásica ambivalencia anímica de las canciones de la banda de Bradford Cox, uno de los mejores compositores de nuestros días, y al tiempo un personaje de personalidad complicada, que suele ceder a pulsos esquizofrénicos, y que además viene de pasar una época no demasiado afortunada precisamente.
 
Con todos los gozos que reserva este disco, siento un nervio roto al escucharlo, como algo mal ordenado, un gesto quebrado, una mascarada de bienestar. Tal vez sea normal, porque no debe ser fácil dar con un orden de las cosas después del accidente de coche que sufrió Cox el invierno pasado, un suceso que le abocó a un letargo de soledad y rabia, rasgos ya suficientemente acentuados en épocas anteriores, puesto que el líder de Deerhunter, aquejado de síndrome de Marfan, siempre se ha mostrado como un ser humano turbio y complicado. 
 
 

 

Hace años hablé con Cox por teléfono ('entrevista', lo llaman). Era una tarde de octubre, recuerdo que yo estaba tirado en el suelo del hall del Auditori de Sitges con unos papeles garabateados. Había tenido que salir a media proyección para llamar a la hora convenida. Cuando se puso al teléfono, Cox sonaba totalmente ido. Arrastraba las sílabas con un grado etílico y enloquecido superlativo y, muy lejos de decir nada interesante, se dedicaba a quejarse constantemente sobre todo el asunto de las entrevistas (yo también las odio en cierta manera, así que hacíamos coro) y mascullaba insultos a las discográficas, la industria, la prensa, al tiempo que trataba de contener sus arrebatos y ser conciliador conmigo. No sé en qué quedó aquello, y ni siquiera recuerdo haber escrito o leído esa entrevista (tal vez lo hice, pero no lo recuerdo). El caso es que entendía que a un tipo así, retraído y dolorido de la vida, le costara explicar discursivamente aquello que ya había expresado de una manera más bella. A eso aspira justamente la música de Deerhunter, una hermosura rota, siempre trazando esas corrientes de grandilocuencia, tensándolas y destensándolas, ordenando algo que más tarde desbaratará.
 
Pero estoy divagando; perdón, me he contagiado Sigo con esto del disco. Te destaco algunas canciones y me voy. Tú no te levantes, sigue con lo tuyo. 
 

 

El disco parte de un corte que es al tiempo raso y rugoso, y que, con todo, despierta una primera sensación de placer antes que de crispación: "All the same" es puro satén de cuerdas, percusiones reverberantes en segundo plano (creo que incluso suenan disparos) y una línea de voz translúcida pero determinada; plastilina en relación a los meteoritos que caían según empezaba a sonar "Monomania" (2013), apenas un soplo de canción sin relevancia si comparamos con los formidables arañazos que encontrábamos en "Halycon digest" (2010) o "Microcastle" (2008).

 

El ánimo hedonista se mantiene a medida que vamos dando los primeros pasos para adentrarnos en la cueva melódica de Cox, ahora convertida en un patio con vistas al exterior. Ese nido confortable de rayos de sol escurriéndose entre los dedos que conforman "Living my life" y "Breaker" (dueto con Lockett Pundt) representan la perfecta expansión complaciente de un alma torturada que por fin saca la cabeza de su ombligo y se dedica a mirar al mundo y sonreír. Sintetizadores, cuerdas ligeras y estrofas confiadas y esperanzadas, más la extraña sensación de que estamos escuchando el disco de otro, que tarde o temprano asomarán las telarañas del líder del grupo. "Leather and wood" plasma esa metamorfosis extraña, de éxtasis ambiental y narcótico donde podemos reconocer a Deerhunter, aunque sus tonos de crooner de sonrisa torcida, declamando dentro de un pozo de crepitaciones siderales, estén algo por debajo de sus mejores obras. 

 

 

"Snakeskin" es el gran subidón del disco, el single enérgico y agradecido para la pista y las mesas de mezclas, un rock nervioso, descarado y en cierta manera tosco, con tan buena onda que acaba por sedimentar lo dislocado de un álbum al que, como a su máximo responsable, le acaba pasando factura la falta de tejido conectivo.  

 
"Fading frontier" funciona como un remanso de paz por momentos, un mirador complaciente que se desenfoca en ciertos pasajes, y que deambula con inflexiones tan difuminadas e inasibles como las fronteras evanescentes a las que apela el título. Seguramente Cox quería componer un bálsamo musical, un disco lineal y sencillo, pero más allá de sus intenciones, se puede percibir algo enrevesado, discontinuo e incómodo en la manera en que está hilvanado el repertorio. En la búsqueda de calma de Deerhunter hay siempre latente una negrura nerviosa. 
Comentarios
Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com

 

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