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Chvrches

Every open eye

Glassnote / Universal

7,7 

Pop electrónico

Albert Fernández 

 

Chvrches lo tienen.

 

Hacía falta regresar con un single realmente asombroso, que superara las altísimas marcas dejadas por canciones tan imperiales como "The mother we share", "Gun" o "Recover", de su justamente aclamado debut "The bones of what you believe" (Universal Music, 2013): lo tienen. En cuanto escuchamos los primeros compases de "Leave a trace", tenemos claro que habemus single. Y vaya single. La corriente de teclados robóticos, los crujidos sintéticos de percusión y las ondas de estática electrónica en permanente crecida vuelan al son de la sinuosidad de la voz de una Lauren Mayberry más consciente que nunca de hasta donde llega su influencia e impronta en la música de Chvrches. La canción dirime los conflictos de (ex-)pareja de la cantante con un discurso sonoro que mezcla la emoción orgánica de los versos con cierta aureola aséptica y distante, a través de fraseos que hierven y se engrandecen hasta explotar en un estribillo memorable como pocos. 

 

Como si no fuera suficiente que sonara de maravilla, "Leave a trace" se remata con un vídeo que expresa con su cromatismo, luminosidad y sencilla propuesta la desazón que habita en este temazo. Vemos a Lauren cantando sola, bella y orgullosa entre lagos insondables y horizontes gaseosos y parpadeantes, y solo podemos pensar en ese desgraciado al que ahora desprecia la cantante, un tipo por lo cantado bastante torpe, pero que al menos ciertos días logró ser amado por esa rocambolesca combinación de chica jodidamente dura y, al tiempo de aspecto indeciblemente frágil, que es la frontgirl de Chvrches

 

 

 

Hacía falta un disco de reválida inspirado y coherente. Y Chvrches lo tienen. "Every open eye" no se queda a medio camino de nada, y revisa el imaginario y los usos de la banda con una capacidad de definición asombrosa. En su segundo disco, el trío de Glasgow usa menos elementos, pero hace que los sintamos más fornidos, logrando que el impacto de todas las canciones, incluso las menos inspiradas, abra brecha en el pecho. Líneas de bajo gruesas, compases fáciles de seguir y reducción de capas de relleno: la alfombra de sonidos precisa para elevar la deriva sentimental de cada canción, y el trampolín perfecto para que la voz, nítida y viva a la enésima, salte más alto que nunca.

 

Tras dos años sin respiro sobre escenarios de todo el mundo, Lauren Mayberry, Iain Cook y Martin Doherty regresan con un aliento experto y clarividente, más una idea muy clara de la dirección y sentido que deben seguir sus composiciones y las consiguientes plasmaciones en directo. La idea es que el recorrido del disco y del repertorio se pueda reseguir sin levantar el dedo sobre la curva melódica, delineando con sencillez las subidas y bajadas anímicas, culminando en definitiva una circularidad pasmosa. Eso es lo que hace justamente "Never ending circles", por ejemplo. La pista que abre el disco describe desde su inicio unas órbitas cíclicas de una belleza soberbia y una perfección metronómica, y nos instala automaticamente en el ambiente de androide sangrante del cancionero. 

 

 

Después de escuchar millones de veces la segunda del disco, ese single adictivo al máximo, llegamos al subidón energético, cargado de vigor ansioso, de "Keep you on my side", una canción que promueve una onda realmente contagiosa, y deriva en una pieza menor, la meliflua "Make them gold". Entonces suena la otra gran joya de la corona, "Clearest blue", y empezamos a tener presentes las castas del disco: en "Every open eye" hay cúspides creativas como los dos primeros cortes, esta maravillosa navegación azul donde la voz de Mayberry te da ganas de abrazarte a ti mismo y sumergirte hasta el fondo del océano, más esa escalada contagiosa que es la ochentera y luminosa "Empty threat". Aunque los chicos también han cometido algún error, como permitir a Martin Doherty cantar en la remolona "High enough to carry you over", uno de los pasajes más flojos del álbum. Con todo,  tampoco la borraría, ya te digo, porque ese corte, así como la cola final (¿cara B?) donde aparecen medios tiempos y baladas como "Down side of me" y el cierre de "Afterglow", en incestuosa mezcla con pistas más guerreras y directas como "Bury it", sigue teniendo algo de llama encendida, de intención creativa y conocimiento sereno del legado pop; la mecha de emisión natural de talento sigue encendida hasta el final. 

 

A todo esto, no sé si hacía falta un happening público y notorio, pero incluso eso tienen Chvrches. Ver la irónica  y altiva forma en que Lauren Mayberry despacha en un reciente concierto a un fan que le pide matrimonio desde el público a mitad de actuación solo puede hacer que amemos incluso más a esta monumental arisca, por mucho que nos odie ella. 

 

 

Con su derrotero de malas conexiones sentimentales y personales, más sus paisajes rítmicos a medio camino entre la euforia orgullosa y la caída lánguida recurrente, Chvrches han fabricado un disco de graduación tremendo, oscuro y encantador; una colección de éxitos en potencia capaz de satisfacer a nostálgicos del pop de los 80, hipsters que hacen fotos a sus platos enfriándose, o adolescentes garrus que escuchan listas de Spotify. Y todo eso simplemente porque Chvrches lo tienen: sonidos de pop universal con cierta carga nostálgica, letras con meollo sentimental, velocidades de habitación o de discoteca, un directo sin fisuras y una front-girl de un talento, imagen y carisma colosales. Chvrches lo tienen todo. 

 

Comentarios
Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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