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Justin Robertson Everything is turbulence  

Justin Robertson’s Deadstock 33s

Everything is turbulence

Skint

7

House psicodélico

Vidal Romero

 

Como sucede con otras luminarias de los noventa (pienso en Andrew Weatherall o en Richard Fearless, dos tipos con los que comparte muchas filias e influencias), Justin Robertson ha visto como su carrera se reactivaba en los últimos años, a la vez que crecía el interés por ese house de naturaleza psicodélica y alma ravera que, en el fondo, es lo que siempre ha sabido hacer. En ese sentido, cabe señalar que los maxis y discos de Deadstock 33s, el último de sus disfraces, se parecen cada vez más a los que firmaba a mediados de los noventa con Lionrock, sin duda el más conocido de todos sus proyectos. Es decir, una mezcla más o menos rocosa de ritmos gordos, cadencia dub, samples de guitarras, remolinos ácidos y estética rockera. Una mezcla a la que, eso sí, nuestro hombre ha sabido insuflar una producción actualizada a modo de lifting, eliminando así los riesgos (al menos en parte) de que el invento se quedara en mero revisionismo; un enésimo efecto colateral de la retromanía que nos invade.

 

Justin Robertson  

 

Al hacer eso, sin embargo, ha caído en ese error tan común (tan propio de las series de televisión españolas, para entendernos) que consiste en hacer los discos intentando satisfacer al mayor número posible de sectores del público; o sea, sacrificando coherencia interna en favor de una dispersión estilística difícil de defender. Algo que el propio Robertson parece ser consciente cuando define el segundo disco del proyecto, “Everything is turbulence”, como “una colección de soul lisérgico y de boogie atómico, urgente y cruda en algunas ocasiones, delicada y oscura en otras, concisa pero poco definida, que combina las necesidades viscerales de la pista de baile con la rica herencia de años de estudio de la ciencia psicodélica”. Lo que quiere decir que aquí dentro conviven retazos de house engolfado (“If you want to ge tinto it”) con números de dub blandito (“Metal taste”, “For one touch”), algún acercamiento a un pop experimental (la estupenda “There’s no more time” que cierra el disco) o buenos ejemplos de rock electrónico del calibre de “Telesto enchantment” o “Sacred bone”, que con su (doble) línea de bajo pulsante, su ritmo motórico y un fondo de sintetizadores burbujeante e hipnótico, constituye uno de los mejores momentos del disco. Eso sí, aunque la dispersión afecte al resultado global, “Everything is turbulence” sigue teniendo razones (donde “razones” podría traducirse por “temazos”) que permiten confiar en la pervivencia del proyecto: es el caso de la irónica y muy nuevaolera “Spirit of the age”, de esa locura tropical que constituye “Bajo la luna” o, sobre todo, de “I am automatic”, un pequeño banger construido alrededor de una línea de bajo ácida y un ritmo en tensión, que viene firmado a medias con Daniel Avery.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com