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Thighpaulsandra The golden communion  

Thighpaulsandra

The golden communion

Editions Mego

9

Rock Experimental

Vidal Romero

 

Nieto de un director de orquesta, hijo de una cantante de ópera, el galés Thighpaulsandra creció (y estudió música) en un ambiente clásico, en el que la música pop y la televisión estaban completamente prohibidas. Una burbuja cultural que estalló a mediados de los ochenta cuando nuestro hombre comenzó a trabajar como ingeniero de sonido en unos estudios de grabación y descubrió, de golpe, el punk y el rock más asalvajados. Desde entonces, se ha ganado la vida como escudero de algunos artistas clave dentro del universo independiente –ha sido hombre en la sombra de Julian Cope durante gran parte de los noventa, mano derecha de Jason Pierce desde los tiempos de “Ladies and gentlemen, we are floating in space” (98) y compañero de correrías de Coil en la última etapa de la banda, entre otras muchas cosas–, pero también se las ha arreglado para grabar un puñado de discos en solitario. Discos en los que siempre se alternan fieros arrebatos de rock y música industrial, ejemplos perfectos de pop elegante y piezas de naturaleza neoclásica, enraizadas en esa peculiar educación que le acompañó durante los primeros años de su vida. Un babel de músicas en apariencia inconexas, pero que en sus manos funciona de manera sorprendente, como bien demuestra “The golden communion”, su séptimo disco largo.

 

Grabado a lo largo de diez años, con un plantel variable de músicos y en circunstancias y ubicaciones diversas, “The golden communion” es un mastodonte que se va más allá de las dos horas. Un disco en el que la mayoría de los temas están compuestos por multitud de piezas pequeñas que entran en colisión; que a veces se superponen para crear un efecto perturbador y otras se van sucediendo hasta dar cuerpo a una narrativa fragmentaria y siempre sorprendente. De lo primero es buen ejemplo “The foot garden”, un distópico paisaje de found sounds sobre el que sobrevuelan diferentes capas de instrumentos, que apenas se insinúan durante unos segundos antes de desaparecer. Y para lo segundo se puede recurrir a “Misery”, una suite de bolsillo que comienza superponiendo voces melódicas y arreglos de clarinete sobre un fondo de drones y cintas manipuladas, para luego virar hacia un post-punk con aires orientalistas y terminar mutando en una pieza de música industrial, todo ello dejando asomar aquí y allá los elementos que aparecían al comienzo de la canción.

 

 

 

Son dos estrategias que se repiten a lo largo del disco: se pueden escuchar en “A devil in every hedgerow”, que mezcla pistas de piano impresionista y voces cuasi operísticas con chirridos digitales y esputos de ruido blanco. Están en “The sinking stone”, una pieza de ambient espectral, punteado por retales de doom metal (algo parecido a lo que intentaron no hace mucho Sunn O))) y Scott Walker, sin ir más lejos). Están en “Valerie”, una preciosa canción de pop que comienza en un tono íntimo y se crece después con la entrada de un coro de estatura épica, para terminar enfangándose en un choque de sintetizadores. Y por supuesto, están en “The golden communion”, una especie de sinfonía autista, que va mutando a lo largo de veintiséis minutos, y que conforma el centro de gravedad alrededor del que gira todo el disco.

 

Esta manera de producir, que es a la vez fracturada y circular, que mezcla herramientas y técnicas compositivas sin ningún tipo de pudor, es la clave sobre la que reside el extraño magnetismo que recorre todo el disco. Una obra monumental en sus ambiciones y hechuras (apenas alcanza las dos horas de duración, pero deja exhausto al oyente que se atreve a escucharlo de una sentada), a la que resulta muy difícil buscarle parecidos razonables. Se nota, por supuesto, la sombra de Coil: está en la manera de construir los ambientes, en la perversión con la que se manipulan los instrumentos clásicos, en esos ritmos de naturaleza alienígena que aparecen por todas partes (y además, tanto Peter Christopherson como el desaparecido John Balance tocan en algunas de las canciones). Pero también es cierto que el dúo inglés nunca hubiera cedido tanto espacio a las formas más clásicas del rock y que tampoco sabían manejar los recursos de música de cámara con tanta soltura como Thighpaulsandra. Circunstancias que convierten a “The golden communion” en una criatura única y fascinante; uno de los discos más hermosos y a la vez más inaccesibles que van a poder escuchar en este 2015.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com