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The Chemical Brothers Born in the echoes  

The Chemical Brothers

Born in the echoes

Universal

9,2

Subidón, subidón

Virginia Arroyo

 

Pocas cosas me suscitan más lástima en el mundo que las viejas glorias vestidas con sus viejas galas pretendiendo pavonearse ante los atónitos ojos de quienes apenas las reconocen. Y lo de Chemical Brothers podía haber sido perfectamente eso, porque esto no es un comeback, pero sí: la vuelta después de una década y media jugando a no-se-sabe-bien-qué, perdidos en la irrelevancia más absoluta, como una Carmen Sevilla presentando el "Telecupón" totalmente ida. Sin un disco como Dios manda desde el “Come with us”, apenas un par de buenos singles los mantenían en la memoria colectiva de los veinteañeros (“Galvanize”, “Do it again”), mientras que lo que superamos la treintena los teníamos aparcados a la espera de un improbable retorno por todo lo alto.

 

 

Y se obró el milagro. Tom Rowlands y Ed Simons han vuelto para enseñarle a Skrillex y compañía quién es su papi y qué es eso de mover el buyate. “Born in the echoes” es el periódico mojado en orín con que el dúo mancuniano le pega en el hocico a la generación EDM y sus subidones de 15 segundos.  Y lo hacen sin acritud, como los grandes que siempre han sido. Y es que esto no es una montaña rusa de bombos y piyuleo noventero en sesenta minutos, esto es una masterclass de electrónica con pedigrí. Desde los momentos más poperos con que se abre el disco, “Sometimes I feel so deserted” y “Go” con Q-Tip (que repite tras “Galvanize”), al technazo de “Reflexion” o el momento ravero asfixiante de “EML Ritual”, pasando por la psicodelia a caballo entre los Beatles y Tame Impala en el fantástico “I’ll see you there” o el coqueteo con el electroclash en el tema que da título al álbum y que cuenta con la apropiadamente contenida aportación vocal de Cate Le Bon. Mención aparte merece la maravillosamente malrollera “Under neon lights”, con un puntito The Knife y una Annie ‘St. Vincent’ Clark planteándose las bondades del suicidio. El house, que no podía faltar en un álbum del dúo, funciona, maridado con unos bajos bien gordos, como bisagra del LP en “Just bang”, abriendo una segunda mitad con más espacio para la experimentación, ejemplificada en “A taste of honey”, una especie de homenaje sui-generis a Rimsky-Korsakov pasado por el tamiz del imaginario del dúo, de la mano (o de las alas) de un solo de abeja. Y el final, ah, ese final… Primero “Radiate”, una balada que bien podría haber firmado el bonico de Anthony González . Y luego la guinda, el que es desde ya uno de los mejores temas de la historia de la banda: un “Wide open” con la voz de Beck y el espíritu de New Order latiendo muy fuerte detrás de las preciosas líneas de sinte que cierran un trabajo mucho mejor y más completo de lo que ningún fan descreído de los Chemical Brothers se atrevió a soñar.

 

Virginia Arroyo

Desde que se sacudiera al ritmo de "True Blue" agarrada a los barrotes de su cuna, quedaron claras dos cosas: que Virginia Arroyo nunca sería una gran bailarina y que su futuro pasaría de una manera u otra por la música. En el shuffle de su iPod te puede sorprender perfectamente Britney Spears entre los temas de Foals, Four Tet, Lindstrøm o Boards of Canada, y lo peor de todo es que en lugar de sonrojarse probablemente se pondrá a bailar y cantar como una loca. Ahora, tras colaborar en diversos medios musicales como Go Mag, Mondosonoro, Neo2, H Magazine o Calle20, aterriza en Blisstopic con todo el empeño y la ilusión de alcanzar cuanto antes esa soñada blisstopia.