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Trevor Jackson Format  

Trevor Jackson

Format

The Vinyl Factory

7,5

Electrónica

Vidal Romero

 

Pionero en la mezcla entre pop, post-punk y música disco –su único disco como Playgroup sigue siendo un pequeño clásico del (sub)género, quince años después de su publicación–, Trevor Jackson corría el riesgo de convertirse en una parodia de sí mismo; un tipo más interesado en las instalaciones sonoras, los recopilatorios de digger obsesivo y las pinchadas “con concepto” que en escribir material nuevo. Casi parecía dispuesto a dar la razón a sus muchos detractores, a esos que opinan que es una especie de Andy Warhol de la música electrónica: un tipo con olfato para descubrir los talentos del futuro (fue el primero que publicó a Four Tet y LCD Soundsystem, a través de su sello Output), pero que debe gran parte de su éxito a la nutrida nómina de colaboradores que le acompañan en sus propias producciones, y a su evidente capacidad para la publicidad. Para gestionar una agenda envidiable, en la que se agolpan los nombres de artistas y personalidades de todo pelaje.

 

Format”, sobre el papel, parecía la constatación de esa transformación en (ejem) “artista conceptual”: una docena de temas, publicado cada uno en un formato diferente (vinilos de 7, 10 y 12 pulgadas, compactos de 3 y 5 pulgadas, cintas de casete, de VHS, de magnetófono y de ocho pistas, miniDisc, DAT y lápiz USB), en tiradas muy limitadas, y completados con una instalación en la galería que gestiona en Londres The Vinyl Factory. Sobre el papel, decíamos, aquello parecía certificar ese interés que tiene Jackson por ser “algo más” que un simple productor. Y además, con un tema muy bien escogido, porque las cuestiones alrededor del formato (la desaparición o no de los formatos físicos, la recuperación fetichista de formatos en extinción, como el casete o el vinilo, la desafección y cambios en las maneras de escuchar música que ha provocado la irrupción de ese “no formato” que es el mp3), suponen uno de los dos grandes debates que se están produciendo, ahora mismo, en el pequeño universo de la música independiente –el otro, lo han adivinado, es la pertinencia o no de que los artistas mezclen música y política.

 

Más allá de cuestiones fetichistas, la realidad es que cada formato tiene unas características que lo convierten en único: el vinilo, sobre todo cuando está cortado a 45 rpm, da mucho más cuerpo a los bajos y también añade, con el uso, un cierto ruido de superficie (que artistas como Autechre consideran fundamental para su obra); las casetes tienen un desgaste que aporta rugosidad al sonido; los formatos digitales permiten a los artistas trabajar con silencios absolutos o, en el caso de los MP3, alargar la duración de las piezas hasta casi el infinito. Características que, por desgracia, Jackson no ha aprovechado a la hora de producir los temas: antes bien, y según reconoce el propio interesado, se trata de una recopilación de cosas que ha ido produciendo a lo largo de los últimos quince años. Es decir, que lejos de utilizar la ocasión para realizar una reflexión sobre la obsolescencia de la tecnología y las conexiones sentimentales entre contenedor y contenido, ha terminado por dar forma a una pieza de diseño, muy bonita en la forma, pero que sólo servirá para alimentar el ego de un puñado de coleccionistas de arte con el ubrique lleno hasta los bordes.

 

Un traspiés, eso sí, que se le perdona a Jackson porque el contenido de “Format” (que también se ha publicado en formatos más “tradicionales”, triple vinilo y compacto, para que esté al alcance del público de a pie) es sólido y generoso. Y eso a pesar de que suena antes a colección de singles que a álbum cohesionado, algo inevitable teniendo en cuenta la manera fragmentaria y dispersa en la que se ha concebido y ha visto la luz. A cambio de ese “defecto”, aquí encontrarán sintetizadores de aire Carpenteriano cabalgando sobre ritmos ochenteros (“Lumiline”, “OCP”), homenajes nada encubiertos a la EBM con  fragmentos de spoken word incluido (“They came from NY”), pistas de techno crudo que no desentonarían en el catálogo de sellos como L.I.E.S. (“Belial”, “Voodoo racist”) y acercamientos sutiles al acid (“Scuz”, “Nowhere”); ambient de tintes clásicos (“In your hands”) y de tintes aislacionistas (“Lethal”), IDM (“An exorcism”), synth pop de espíritu gambitero (“Icaro”) y hasta algún guiño al Aphex Twin más cubista (“I want you”). Todo cabe en un disco tan diverso como divertido, al que sólo le falla la coartada intelectual.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com

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