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blur  

Blur

The Magic Whip

Parlophone

7,7

Pop metamorfo

Albert Fernández 

 

A veces nos convencemos de que las cosas pueden volver a ser como antes, que no importa el tiempo que haya pasado, todo va a ir bien. Insistimos en que podemos charlar con aquella pasión y vehemencia, tocar de nuevo aquellas manos y vivir el contacto con la misma intensidad, volver a aquel sitio olvidado y encontrar la misma calma y recogimiento. Y la jodemos, claro, porque nada de eso suele ir así.

 

De todo ese tipo de cosas que nos significan, tal vez la música sea la más importante, al menos ahora, al menos para mí. Cuando llega a tus orejas un nuevo disco de Blur, ni más ni menos que de Blur, 12 años después del último, ni más ni menos que 12 años, el encogimiento y la desconfianza son parecidos a todos esos episodios mencionados. Más aún cuando conoces la historia detrás de la grabación de "The Magic Whip": la banda se queda atrapada en Hong Kong tras cancelarse uno de sus conciertos de su gira de reunión, y se ponen a grabar algunas canciones a modo de entretenimiento. Nadie piensa que aquello vaya a salir de allí, que vaya a convertirse en algo más que unos esbozos de disco y cuatro tardes distraídamente memorables, hasta que Graham Coxon se decide y le lleva todas las pistas a Stephen Street, el viejo productor de los discos más recordados de Blur (y de Morrissey, y de Suede, ya puestos), y la cosa entra en una segunda fase de verdadera sedimentación, de disco de facto, de Blur volviendo de veras. 

 

Llegados a este punto, uno pone el nuevo disco de Blur con todo el recelo del mundo, pero como no vamos a dejar de ser ilusos ni cuando tengamos los jetos como pasas, siempre piensas que tal vez sí, que si la cosa empieza bien, será posible desligarse de todo, simplemente escuchar y permitirse sentir. Y, con algo de fortuna, tal vez en efecto se puede sentir algo, y, uf, se tendrá algo bueno que contar. Y justo eso es lo que pasa. 

 

Aquí están otra vez Blur, para demostrar que, joder, tal vez sí que hay cosas a las que nunca se les debería perder la fe. Lugares a los que vuelves consciente de que una vez te instales, vas a saber encontrarte a gusto, casi tan a gusto como antes. "Everyday robots" ya nos había dado pistas de que el estado de inspiración de Albarn era óptimo, pero siempre hay un espacio para la objeción y el remilgo cuando es una banda tan reputada y significativa la que regresa, y lo hace sin artimañas o grandes éxitos, si no  ofreciendo sus credenciales en un disco que, para mayor sospecha, nace de la casualidad. 

 

Las dudas amainan en cuanto amanece "Lonesome street", un primer corte que parte de ruidos filtrados de las calles de Hong Kong para lanzarse a una corriente de guitarras rítmicas enérgicas y concisas, que atraviesan un entramado de voces radiadas hasta encontrarse con el primer verso de Albarn, que imprime la misma convicción a cada fraseo que cuando tenía veintipocos. El aire circense de esa primera pieza, con sus teclados nerviosos y las  segundas voces à la Beatles, más la crecida de coros y los parones reverberantes, nos convencen de primeras: estos son nuestros colegas. 

 

"New world towers" es una caída a la melancolía mecida y acompasada, tristona pero hasta cierto grado rozando lo paródico, que emparenta este cancionero con el del debut de Albarn en solitario. 

 

Me estoy poniendo muy digno, y en realidad lo que tengo es ganas de quitarme los zapatos mientras comentamos todo esto. Porque ya ha pasado: tres o cuatro canciones y ya estoy cómodo, conozco el lugar, me siento bien. Solo pretendo explicar sin grandes coartadas lo que me pasa a mí cuando vuelvo a escuchar Blur, y lo cierto es que me apetece muy poco ponerme riguroso o técnico (como si alguna vez me pusiera riguroso o técnico), o enarcar la ceja ante el eterno debate de los retornos, o por tratar material tan de dominio público. Yo ya estoy descalzo, aviso.

 

De "Go out", el single que avanzaron hace algunos meses y que parece que sirvió de carnaza para los que se enorgullecen de su escepticismo de escoba atravesada por el trasero, solo puedo decir que me cae bien, sin ser brillante, gloriosa ni lujosa. Pero, ¿entretenida? ¿sencilla? ¿directa? ¿juguetona? ¿charming? Por favor, claro que sí, nadie sabe hacer singles tan pícaros y ligeros como Blur cuando se ponen. Y éste por mucho que, ¡horror!, sea lo nuevo, lo de ahora, de lo que hay que rajar (o no, espera, espera, ¿lo que molaba era rajar de lo de antes?), a mí me parece simpático y resultón. 

 

 

 

 

En este disco el ingrediente Coxon resulta definitivo para entender una ambivalencia que, por brillante que fuera, no existía en "Think tank" (Parlophone, 03). Este nuevo pulso de inspiraciones de la banda, tanto tiempo después, compensa el hábito más pop y directo, un rasgo añorado y altamente reconocible del grupo, con las formas más enrarecidas, sutiles y relentecidas por las que han orbitado otros cancioneros de Albarn y compañía, ya fuera con Gorillaz o The Good, The Bad And The Queen.  

 

"My terracotta heart" tiene un aureola Radiohead inconfundible, y extiende un satén de sonidos similar al que nos acaricia en piezas como "Thought I was a spaceman", que oscila entre lo artificial y lo íntimo, y la menos estimulante "Pyongyang"

 

El compás robótico y ritual de "There are too many of us", con su tono grave y esa voz reverberante y creciente, consigue que aflore algo en nuestro pecho, a base de acordes asfixiados y trascendentes, y resuelve de manera formidable el discurso y la imaginería del disco, absolutamente imbuido por las experiencias de la banda en Ásia: Albarn alumbró la canción mientras era testigo de un atraco con rehenes desde su hotel. 

 

El resto de aciertos se encuentran a veces en un simple punteo que nos llega hasta el córtex, un cambio de ritmo que promueve un estremecimiento, o un estribillo estival como el de "The magic whip", que desata nudos adentro y adormece las tensiones, mientras la retina interna se llena de cosas que creíamos perdidas, imposibles de tener de vuelta, y en cambio, mira, aquí están. Tal vez tú dirás que no es lo mismo, pero yo hace rato que ando por aquí, descalzo y encantado .

 

 

 
Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com