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Sufjan Stevens

Carrie & Lowell

Asthmatic Kitty

8,9

Folk

Albert Fernández 

 

La primera señal, primaria, intuitiva, que acude al sonar un solo trazo de esta música, es un estremecimiento; un temblor capaz de recorrer de pies a cabeza quienquiera que alcancen los acordes del último disco de Sufjan Stevens. Esa sacudida inicial, de alerta básica, es el anticipo de que aquí hay mucho, mucho más que canciones minimalistas: estamos ante el despliegue de todo un mundo de verdadera inspiración y referentes cruzados.

 

De principio a fin "Carrie & Lowell" alcanza con una intensidad sobrecogedora el fuero interno del que escucha, justamente porque proviene de las más íntimas entrañas de quien lo escribió y lo interpreta. Cada cuerda que suena, cada pequeño fraseo reverberante y aterido, cada arreglo sencillo de piano que sobrevuela una melodía ligera, sin percusiones, nos llega a la médula, y compone la sensación de estar ante un cancionero excepcional. 

 

Hay dos nombres en el título. La madre y el padrastro. Ella murió en 2012, y es el ovillo a partir del cual se extienden todas estas sinfonías de dolor y trascendencia. Él, Lowell Brams, fue el instigador de las últimas reuniones de la madre con sus hijos, y el procurador de algunos de los momentos más felices de la disfuncional familia. En torno a esas dos figuras, Sufjan Stevens expresa su pasmo ante el giro de la vida a la muerte, invoca sus habituales símbolos religiosos, y llora a sus difuntos, a los que se han ido y a los que se irán, recuperando el trazo de desiertos y bosques y ríos, territorios tan geográficos como personales, que evocan todos los paisajes que en una vida nos invaden para hacernos crecer, para permanecer en pie cuando todo se desmorona. 

 

 

Rememorando los derroteros de Stevens, encontramos la temprana cumbre en aquel poderoso "Illinois" (Asthmatic Kitty, 05), ese despistado itinerario de colecciones de caras B —"The avalanche" (Asthmatic Kitty, 06)—, esforzadas apreciaciones de la Navidad —"Songs for Christmas" (Asthmatic Kitty, 06)—, exploraciones sinfónicas de autopistas —"The BQE" (Asthmatic Kitty, 09)— o inesperados EPs que se bifurcan en posibilidades —"All delighted people" (Asthmatic Kitty, 10)—, hasta dar con la grandilocuencia creciente, de chapoteos de folk electrificado y futurista de "The age of Adz" (Asthmatic Kitty, 10), una composición alambicada y ambiciosa de la que, pasado un lustro y con el luto adentro del pecho, huye el compositor en "Carrie & Lowell". Su respuesta al oscuro lugar al que le llevó la muerte de su progenitora, entregado a accesos de fatalidad y desequilibrio mental, debía ser algo inmediato, compuesto de elementos mínimos, al alcance. Por eso aquí apenas escuchamos más que los teclados, el ukelele, el banjo, la guitarra, algunos coros eventuales y, sobre todo, la respiración dolida de un ser humano que trasciende con música, y demuestra, de nuevo, un talento fuera de lo común. 

 

El último disco del artista de Detroit contiene los alientos de infinidad de pulsos musicales a través del tiempo, se enraiza con el folk más puro y sensitivo, y a cada compás que avanza, con cada rasgueo de guitarra o ulular de la voz, se confirma una sensación de atemporalidad que vuelve estas canciones eternas. 

    

 
Se hace inútil tratar de escoger uno o dos cortes, y destacarlos, porque todo en este disco se sucede y funciona con una maestría mágica, irresisitible, y una capacidad emotiva que hace aflorar las lágrimas, retorcerse sobre las sábanas o los pasos, y cogerse los hombros para acariciarlos.
 
Los punteos de "Death with dignity" alumbran un primer gesto de nostalgia encandiladora, y desde ahí el manantial de belleza no hace más que crecer: "Should have know better" es una canción inmortal, de una hermosura que resiste cualquier despedida, y "All of me want all of you" cabalga sobre las líneas de un horizonte preñado de sentimientos y esperanzas jodidas. La delicadeza extrema con la que Stevens recita sus versos le confieren a pasajes como "No shade in the shadow of the cross" una categoría sobrenatural, "Drawn to the blood" es un crepúsculo en una habitación de infancia... Y así con todos y cada uno de estos adentramientos melódicos: poco a poco, pasa que las baldosas de Sufjan nos devuelven a los suelos de nuestra propia niñez, y se descorren velos por dentro de nuestros párpados,  y en la memoria; porque esta música nos lleva tan lejos como cuando ni siquiera alcanzábamos los cajones de la cocina, y abre arcones de recuerdos, los desparrama delante nuestro, y nos devuelve un poco a cómo éramos cuando no éramos tantas cosas. 
 

Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com