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lanegan  

Mark Lanegan Band

A Thousand Miles of Midnight (Phantom Radio Remixes)

Heavenly / Nuevos Medios

6,2
Dust rock remixed

Albert Fernández 

 

Pobre ilusos, os pensáis que al Reverendo le importa. Creéis que Mr. Lanegan está pendiente de algún tipo de giro en el sonido que envuelve a lo que aflora de su garganta, que atiende a la hibridación de sus carraspeos versados con el krautrock, o que tiene algo qué decir sobre estos remixes crepusculares que se extraen de su último álbum en solitario, "Phantom Radio" (Heavenly, 14). Nada de eso.
 
La única verdad es que nada de eso le importa un bledo. Él solo quiere llevar cada sílaba hasta el final de la sala, asolar de vibraciones cavernosas el espacio; que le pongan un micrófono y le dejen hacer lo suyo, expirar lamentos con los pies inmóviles y los ojos apretados. Mark Lanegan solo quiere empujar y que te corras. La da igual lo que lleves puesto. Le da igual cómo vaya el mismo, los preliminares, o la luz que haya, no quiere estorbos, solo ir directo al tajo.
 
Lo mismo que le importó un bledo construir las pautas rítmicas de aquel "Phantom Radio" a partir de ritmos programados con una aplicación de su smartphone llamada Funkbox, y después envolver aquello de una pátina de sintetizadores, refiriéndose vagamente a la new wave y el post punk británico como referencia para todo aquello, poco o nada va a inquietarse nuestro vaquero hosco de Ellensburg con lo que se cueza en estas remezclas que firman figuras fulgurantes de la escena, nombres como Greg Dulli (The Afghan Whigs), Tom Furse (The Horrors), Moby, o Mikey Young (Total Control). "Son todos amigos míos, y los admiro": eso es todo lo que tiene que decir Lanegan. Casi podríamos pensar que ni siquiera ha escuchado este tracklist metamorfoseado, con canciones de "Phantom Radio" y el EP que lo acompañaba, "No bells on Sunday".
 
 
En "A Thousand Miles of Midnight (Phantom Radio Remixes)" se invierte todo. "Death trip to Tulsa", que cerraba el cancionero de su contrapartida orgánica, se reduce en su alternativa electrónica al simple ejercicio de freír la voz y retocar los tempos, ya de por sí vencidos en la pista original, a velocidad de trote cansado. Ésa es la fórmula que intentan gran parte de los cortes del disco: aplicar reverb, tejer aureolas translúcidas, alterar apenas el pitch, y confiar en que la estampida de ecos enrarecidos logren crear una sensación de otredad seductora. 
 
Caen las síncopas mortuorias de "I am the wolf", conjurafa para este cancionero, y nos damos cuenta de que Greg Dulli tiene alquimia de sobra para lograr hacer jugoso este brebaje. Dobles voces y coros espectrales cortesía del líder de The Afghan Whigs, reducción de elementos y repetición de pautas, el viejo vaquero arrastrando sus versos a través de un filtro con serrín, y las sombras se congregan para abrazarnos como el recuerdo desabrido de una pesadilla que se mezcla con el mal sabor de boca al despertar. Esta vez ha funcionado, pero no pasa lo mismo con el resto de las revisiones de un cancionero que ya ofrecía dudas por sí mismo. 
 
En todo caso, causan mayor simpatía las pistas que tratan de removerlo todo, agitar el corte originar hasta alcanzar una velocidad superior, y acompañarlo todo de elementos más excéntricos o ligeros, como es el caso de "Sad lover" o "Harvest home".
 
 
En todo caso, hay una sensación que permanece: Lanegan ha olvidado estas canciones, pide papeles con nuevas letras, quiere agarrar el pie de micro y estrangularlo de nuevo con cualquier excusa. Pero su voz sigue al frente, desafiando las texturas electrónicas, la granulación de pautas enfermizas, agitadas en un vértigo de síncopas sintéticas. Puedes tratarlo, samplearlo, deformarlo, tratar de engullirlo, pero no puedes deshacerte del abismo de la voz de Lanegan tan fácilmente. Remix o no, no puedes sacar de plano sus fraseos preponderantes, eso es imposible. Su presencia es demasiado imponente, aún cuando el Reverendo está empezando a perder las ganas. 
 
El experimento puede ser fallido en parte, airoso en algún tramo. Aunque se llegara a alcanzar alguna cúspide, la sensación que permanece es que se están manoseando cadáveres. Aquellas canciones ya murieron. Lanegan pasó por encima de ellas, las tragó, las escupió, y siguió cabalgando en busca de más madera. Qué hagan lo que quieran con aquello. Tú puedes hablar de hibridaciones sonoras, de permutas de estilo, de avance en su repertorio. Todo eso le da igual al viejo Lanegan, porque sigue allí donde se quedó hace tiempo: a miles de millas de todo. 
 
 
 

Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com