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Mount-Eeire  

Mount Eerie

Sauna

P.W. Elverum & Sun

8,5

Folk

 

Brais Suárez

 

Quizá lo más desacertado de este "Sauna" sea, precisamente, su nombre; lo más indicado, al contrario, que se publique en medio de una ola de frío siberiano totalmente acorde a las notas gélidas y al ambiente incierto de Mount Eerie.

 

Primero, por esa especie de viaje intergaláctico con que empieza el disco, que se antoja una introspección a través del octavo pasajero, hasta que Phil Elveron emite el primer atisbo de calidez con esos susurros desamparados entre sonidos guturales, fuego crepitante y vendavales desafiantes. Muy épico, después de tanto tiempo sin un disco. Algo se gesta en "Sauna" y es en "Turmoil" donde recibimos la parte más melódica y apacible del disco, un folk agradable, que no necesita aportar nada diferente ni característico para tener su propia personalidad. El sonido sucio de la guitarra, casi grunge, es suficiente para acompañar una voz tan personal como terrestre. Los coros, como procedentes de una estirpe divina, siguen dando algo de calidez en "Dragon", pero el ambiente continúa hostil, desolador. El disco es a estas alturas algo así como un cuadro de Rothko: se intuye que hay bondad y sentimiento, que algo humano se esconde, lejos, entre tanto desaliento, pero no llega a resultar suficiente como para que podamos aferrarnos a ello, lo que hace todavía más único el destierro al que conducen las asonancias de "Emptyness", de nuevo con una guitarra ronca y ásperos sintetizadores.

 

En este instante ya puede el oyente percatarse de hasta qué punto juega Everon con los significados más íntimos y connotativos, no solo de la música, sino de cada uno de sus sonidos. Tanto es así, que ni le hace falta recurrir a la voz en "Something", pero, como por contraste, ella protagonizará los dos temas siguientes, que otorgan al disco un tono casi épico, trascendental y carismático. Su sonido grunge se acentúa, la batería se enfurece y la voz, aguda y rasgada, tiene reminiscencias del Neil Young más nostálgico, entre aullidos y unos cambios de ritmo imprevistos, originales y adictivos.

 

Pumpkin recupera la cordura y, por ello, también la frialdad y lo intimidador de ese octavo pasajero de donde todo parte, aunque esta vez ya mucho más humanizado, cercano y delicado, tal y como se encamina hacia el final a través de "Spring". La música como concepto, se podría pensar en este diálogo entre guitarra y angustia, o cualquiera que sea ese instrumento que rasga la canción a lo largo de su ecléctico cuarto de hora. Una primavera cuyo calor solo nos aproxima al infierno.

 

Con "Books" todo cambia de tercio y la sauna se apaga con las mismas incógnitas con que empezaba, con dos canciones, "This" y "Youth", más convencionales pero también algo más acogedoras.

 

Brais Suárez

Brais Suárez (Vigo, 1991) acaba de estrellarse con su idea de vivir escribiendo aun sin ser escritor. Dos periódicos gallegos se encargaron de dejarle claro que mejor le iría si recordara mineralizarse y supervitaminarse, lo que intenta gracias a colaboraciones esporádicas con algunas revistas y otros trabajos más mundanos que le permiten pagarse su abono anual del Celta y un libro a la semana. Por lo demás, viajar, Gatsby y estroboscopia lo sacan de vez en cuando de su hibernación.